doce días de mayo
Seguramente si mi cobertura emocional estuviera controlada, si yo tuviera cerrojo y llaves, me dejaría llevar de un modo más natural. Pero dadas mis últimas experiencias me vigilo de cerca. No voy a permitirme más juegos, con nadie. Además él no forma parte de mi savia coronaria, no está arraigado. No quiero doler, ni que me duelan.
Alguien con quien charlar de vez en cuando, alguien que me mime desde fuera, que me conozca a medias, sólo donde hasta mí me apetezca dejarme conocer. Mantener una de esas relaciones empáticas en las que se da y recibe por placer, sin compromiso ni obligación. Sentirme especial gracias a sus halagos y consideraciones. Alguien que dice, justo cuando más lo necesito, lo fascinante que es mi forma de mirar, lo enigmática que resulta mi media sonrisa, o la alegría que transmiten mis carcajadas.
Reconozco que no puedo resistirme a sonreír, a inflarme como un globo, aunque me asuste y dé un paso hacia atrás. Soy así, el ombligo de mi universo. Y, hay ratos en los que quiero sentirme sólo así, ombligo-ombligo.
un día de mayo
Últimamente tengo la sensación de ser provisional. Es como si mi vida se hubiera parado en algún momento, hace unos meses, y todo lo que ha sucedido desde entonces fuera “al margen” de mí y mi camino hacia ninguna aparte. Como si todo este tiempo no fuera del todo real, como aparcarme en el arcén.
Y es que hago poco a casi nada de lo que antes hacia de forma habitual: trabajar fuera de casa, amigos, museos, conciertos, charlas, sexo —¡es tan difícil coincidir en tiempo, espacio y libido!— y es que, se han mezclado compuestos explosivos: mucho trabajo extraordinario, disfunción trascendental, reestructuración profesional, y… procesar, asimilar, organizar, ¡disfrutar! de la experiencia más dulce y compleja que se nos puede ofrecer como seres vivos.
Sí, estoy desbordada, saturada, superada.
Todo me viene grande: demasiada responsabilidad, demasiado miedo, demasiado trabajo. El listón está alto y, aunque he empezado a coger carrerilla, esta vez no sé si podré saltar. Me empeño en ponerme objetivos excéntricos. Aunque, tal vez no sea cosa mía fijar metas, la vida me sucede así, toda de golpe. En estos casos no hay opción.
No es dramático el resultado —ya no estoy triste— sólo que ahora tengo esa extraña sensación de estar en modo “provisional”. Y seguramente lo estoy. T., y su trabajo —de siete días nos vemos cuatro—, E., creciendo y absorbiendo toda mi energía —es tan guapo, tan simpático, tan divertido, tan, tan, tan. ¡Oye!, que es verdad, que no es pasión subjetiva, nos ha salido un hijo encantador. Como me dijo una amiga: “para el ser el primero te ha salido muy bien, parece que lo hayas hecho muchas veces”—, yo y mi trabajo, y mis emociones y mi futuro y mis planes.
Había dicho demasiado que, a veces, tenía la sensación de tenerlo todo hecho, de que ya no habría ni sorpresas ni nada nuevo en mi vida. Todo esto ha debido pasarme por eso, por bocazas.
En fin, sobreviviendo. Aguantando el temporal bajo un paraguas de plástico. A veces, incluso disfrutando maravillada del espectáculo.
treinta días de abril
Doy vueltas por la casa, pongo una lavadora, recojo una secadora y veo que el cubo de reciclaje de vidrio está lleno. Ups, ¡la comida del niño! ahora vuelvo al cubo, pienso. Me voy a triturar la comida, veo el lavavajillas listo, me pongo a colocar los platos y al abrir el armario de las copas recuerdo que ayer ya pensé en apuntar en la lista de la compra polvos para lavar, busco un bolígrafo, lo apunto. Me voy a doblar la secadora que he recogido y vuelvo a ver el cubo del vidrio, cuando recoja la secadora, me digo. Pero antes de recoger la secadora salgo a la terraza a recoger las toallas que recuerdo haber tendido ayer, con las toallas también está el bañador del gimnasio, lo cojo, voy a la habitación a guardarlo en la bolsa, vuelvo a por las toallas, recojo la secadora. Suena el teléfono, el niño grita, ya se ha enfriado la papilla, pienso. Me siento a dársela y aprovecho para ir terminando de hacer la lista de la compra. Tengo que llamar a hacienda, me digo, también lo apunto.
El niño come, le cambio el pañal, lo dejo en la cuna. Me preparo mi comida, coloco cervezas en la nevera porque al abrirla veo que casi no quedan, pongo los trapos y delantal a lavar, friego los cacharros del niño y mi comida ya vuelve a estar fría. La caliento de nuevo. Mientras estoy sentada en la mesa aprovecho para llamar a mi cuñada que ayer fue su cumpleaños, cuando acabo de hablar, la comida vuelve a estar fría. Ya no la caliento más.
…
En fin, cosas del ritmo frenético de un hogar en activo.
Y no sé si en todos los hogares pasa lo mismo, o soy yo, que no sé organizarme.
Pero llega la noche, y después de baño y cena infantil, es como si el tiempo se parara de golpe. Me relajo, me pongo el pijama, preparo la cena. Ya destensando, recuerdo que he olvidado, un día más, llamar a hacienda, apuntar el café en la lista de la compra, y por supuesto, recoger las botellas de vidrio. En ese momento suena el teléfono, es mi hermano, mi madre o mi prima con la frase de moda “oye, tú que ahora tienes tiempo, podrías hacerme el favor de…”.
diecisiete días de abril
Hace mucho que no escribo nada. El diario, porque me obligo un poco, pero cada vez lo hago menos. Y no es que la vida no me suceda, que me sucede a gran velocidad, es que ahora estoy latiendo. Y cuando eso pasa, cuando amanecen rachas de intensidad coronaria, todo se desborda y yo sólo puedo levantarme cada mañana y dejarme arrastrar. No puedo escribir poemas, ni cuentos, ni divagar sobre el sentido que tiene divagar. Y es un poco paradójico porque ahora, que derrocho vida (para lo bueno y para lo malo), es cuando debería estar más productiva. No es mi caso. La intensidad me bloquea.
Decidida a no equivocarme del todo, busco con la razón a cuestas. Y es que hoy vuelve a ser un momento triste, de cucharadas de azúcar que endulzan poco y engordan demasiado. Es lo que tiene preferir el océano calzando un barco con grietas. Debo pagar por aquello que le aposté al diablo. Entre el dolor y la nada, me quedo con el dolor, aun a riesgo de perder la poca (c)alma que me queda.
“Ganas mucho en las distancias cortas, seguro que mañana consigues hechizarles”, me dice P., mi antiguo jefe, orgulloso de mí y atento a mis necesidades de calor. Él sabe que ahora necesito atención por encima de cualquier otra cosa. Habría sido fácil enamorarme de él, pero llegó tarde. Yo ya amaba en aquél momento, aún sin saberlo, y amaba a alguien que aún amándome (tal vez nunca supo que me amó) me desa(r)maba gesto sí, gesto no.
J. sabía lo que quería pero sobre todo hasta dónde estaba dispuesto a dar. Y si algún día traspasó el límite, dio marcha a tras a tal velocidad que atropelló cualquier duda que pudiera haberme quedado en el aire. J., desde mi perspectiva, siempre estancado en un limbo incierto. No hubo principio, ni siquiera hubo fin. Con J. será aliento contenido por los siglos de los siglos.
Y decirme en voz alta que me enamoré de él, no es fácil. En realidad tampoco puedo estar segura de si llegué a enamorarme o no, siempre tuvo más de espejismo que de huesos y carne. Una de cal, dos mil de arena. Todo fue esperar demasiado por demasiado poco. No me dio tiempo para entender desde el fondo. Yo habría necesitado más contacto, palabras, roces y puntos suspensivos sobre mi piel. Habría necesitado mirarle más de cerca, más de lejos, habría necesitado más frecuencia, y más seguido, más. Más y menos. Menos dudas, menos bloqueos, menos decepciones, menos contradecir voz con gestos. Menos templanza y más locura. Menos reflexión y más lujuria.
Creo que ya no importa demasiado. Aunque…no sé, tal vez importe todavía. Porque como dijo el poeta en la noche más triste “Ya no le quiero, es cierto, pero tal vez le quiero. Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido”.
Creo que.
de besos y recuerdos
El primer beso. Yo debía tener trece años. Fue en diciembre, en la puerta de “El Arlequín”, bar de cervezas y amigos. Xavier no era mi primer novio, pero sí el primero que me dio un beso en los labios.
Las sensaciones siguen limpias, incluso me (re)sube el calor desde el estómago al recordarlo.
Yo llevaba puesto un pantalón marrón de pierna ancha, de los que se llevaban entonces, y una camisa blanca. Él vestía de negro. Serían las ocho de un sábado por la tarde.
X. era bastante mayor que yo (nunca le dije mi edad), así que, después de su declaración de amor, sabía que habría beso.
Se acercó despacio, yo, apoyada en la pared, esperaba. Era la primera vez que alguien introducía su lengua en mi boca.
Todos hemos pensado alguna vez cómo sería nuestro primer beso, si estaríamos a la altura, si sabríamos besar. Con el tiempo nos damos cuenta de que no requiere técnica, ni siquiera práctica, besar es dejarte llevar, cerrar los ojos. Besar es amar con la lengua y la respiración.
Ha sido el beso más dulce de mi vida. No el más apasionado, ni el más salvaje, ni siquiera el mejor. Ha sido, es, el beso caramelo por excelencia. Recuerdo la textura de aquellos labios, blanditos, suaves, tibios. Como se entreabrían buscando el camino hasta rozar mi lengua. Recuerdo que fue un beso largo, rodeado de afecto.
Aquella historia duró poco. Ni siquiera le sirvió de nada ser el guapo del grupo, o que mis amigas estuvieran loquitas por él. Un día, con música de Presuntos Implicados de fondo (¿Alma de Blues?), le dije que no quería volver a verle. Y así ha sido.
Vinieron otros besos, (¿demasiados?), algunos tan especiales como el primero.
Y es que, el beso no se distorsiona con los años. El beso arrancado del alma, es tan visceral, tan poco fabricado, animal, instinto, irracional, tanto, que desarma. Por muchas veces que hayas besado. El beso es limpio, sentimiento desnudo, el beso es esperanza, despedida, reencuentro. El beso, el contacto íntimo de dos labios, hace feliz.
Por eso no quiero renunciar a besar o ser besada. Besada de verdad, ese roce que te tiembla en los labios y te late en la garganta.
No quiero renunciar al calor que me trepa, ni a los tres días de felicidad absurda y anestésica que suceden a dos besos tuyos. Por eso no quiero renunciar a sentir tu olor tan cerca, ni a dejarme latir desbocada. Por eso sigo dejándome besar, aunque me sorprenda, aunque no entienda nada. Por eso me dejo acariciar con el recuerdo de dos castos besos, que, seguramente fueron un impulso intrascendente. Por eso me revuelvo por el contacto pasado, piel con piel, recordándolo vívido y presente. Por eso me alejo en mente y alma, y me quedo como ausente reviviendo tus escasos besos. Por eso recuerdo tu lengua-esponja. Y recuerdo haber pensado en alguna ocasión que tuyos son los besos más dulces de los últimos años. Lengua, dientes, labios.
Eres tan distante en presencia que tu esencia, apasionada, esa que tanto te obligas a evitar, me vuelve loca.
dos días de abril
Cansada. Con ganas de escribir pero sin tiempo para pensarme. Mucho menos para inventar. Más tranquila, menos palpitante, recuperando un sitio que me pertenece. Lo único que complica la situación es que son demasiadas cosas para hacer y el día es demasiado corto. Mi día es demasiado corto. Tengo todo atrasado. Incluso el reloj, que ni siquiera me he parado a poner en hora. Y juro que no es un motivo filosófico-trascendental. Pocas cosas son filosóficas ahora. Entre tanta trascendencia no hay tiempo que perder en la teoría. Y es que, un bebé, te enreda en una espiral por la que te deslizas, te dejas caer, te pierdes. Y el reloj pierde importancia. Da igual si marca la hora o una hora menos.
E. ha visitado por segunda vez la playa en lo que va de año. Hemos merendado oliendo a sal y comiendo arena. Bueno en realidad la arena sólo la ha comido él, que se ha empeñado en llenarse los puños y metérselos en la boca para luego empezar a escupir entre carcajadas.
También hemos hecho otro avance vital: la fuerza de la gravedad. Hasta ahora tiraba los juguetes y era como si éstos desaparecieran, pero hoy se ha dado cuenta de que: ¡ostras, si los suelto, caen al suelo! Y… ¡mamá siempre está ahí para recogerlos! Lo que les divierte este juego suele ser proporcional a lo que a ti te fastidia agacharte.
Cada día le quiero más. Sin duda nada comparable al resto de amores que pueda sentir. Es mi responsabilidad (casi exclusiva en estos momentos) y eso hace que lo sienta más mío que nada. De hecho, es mío. Soy yo. Es parte de mí. Un trozo de mi carne.
veinticuatro días de marzo
Volvemos a las rutinas. Dejando que el día impuesto nos devuelva algo de automatismo reparador. Los días no-rutina tenemos que tomar muchas más decisiones que los días rutina, y eso cansa. Dónde vamos, dónde comemos, qué hacemos, vienen o vamos, subimos o bajamos.
Creo que este punto de inflexión vacacional marca, definitivamente, el fin del fin. Y el comienzo de una nueva conciencia de etapa.
Ahora sí estoy preparada para soltar amarras, izar velas y esperar que el viento sople. Esperemos que a favor.

