Ella

Recuerdo nuestro primer encuentro.

Cada tarde, cuando la siesta se desperezaba, iba a sentarme al parque que hay delante de los Franciscanos. Entre sus sombras, mientras sostenía un libro de Julio Llamazares en mis manos y en mi gesto se adivinaba la avidez de un clímax perpetuado en sus renglones, la vi por primera vez.

Descarada, barroca en su figura, observando de frente mi tedio con el desafío de todo lo que es bello a secas.

Conmocionado la vi deslizarse ante mis ojos, majestuosa su traza, no podía dejar de mirarla. Sentí como se incrustaba en mi piel, como rozaba mis labios, como se trasformaba en aire volviéndose siseo para mí. Mi voz se fue fundiendo en ella.

La repetí en voz baja una y otra vez. Me dejé cautivar por su musicalidad, violé sus sílabas, las despedacé con dulzura y, allí mismo, la desnudé y me guardé en un pliegue del alma.

Se dejaba tocar. Juguetona se colaba entre mis dientes, se pronunciaba, me envolvía la lengua con sus redondeces hasta que conseguía que la nombrara una y otra vez, sin sentido, como un poseso quebrando el silencio del parque.

Fue entonces cuando supe que no sería capaz de vivir sin ella.

La buscaba a todas horas, libros, revistas, diccionarios, enciclopedias, en la lista de la compra. La invocaba en todos mis escritos y, cada vez que el azar la cruzaba ante mis ojos, mis agallas se removían feroces. Sudaban mis manos, se erizaban mis pestañas, los nudillos de mi corazón se adueñaban de su imagen, la convertían en poesía. El simple hecho de pronunciarla, la trasformaba en Arte.

Cuando el destino, en un descuido, me la retornaba en otros labios, sufría. Tan voluptuosa, carente de la sensibilidad con la que yo la pronunciaba, rota por los extremos y mutilada por voces que no eran la mía.
Me desesperaba cada vez que la sentía lejana. La empecé a escribir en pequeños trozos de papel que guardaba en mi bolsillo para llevarla siempre conmigo. Más tarde utilicé folios, pancartas, sábanas, las paredes de mi cuarto, me la tatué.

Se derramaba en mí.

La convertí en verbo y la conjugué, la adjetivicé, la articulicé, la conjuncioné. Dejé de utilizar el resto de palabras. Todo mi vocabulario se convirtió en ella derivada.

Crucé la frontera de la cordura.

Y, poco a poco, me fui convirtiendo en sílaba, me fui haciendo a su semejanza.

Ahora soy una palabra, sin rostro ni conciencia ni matiz.

No puedo explicar cómo sucedió, cada vez me cuesta más razonar porque implica dejar de ser ella unos instantes pero, antes de que esta metamorfosis sea irreversible, quiero dejar testimonio de esta locura de amor, de este sentir desesperado.

Al fin soy en ella. La palabra más bella del mundo.

Y soy feliz.
22/04/2004 21:26 #. Tema: Voz.

Comentarios » Ir a formulario


Autor: Gabriela

Me gusta, bastante

Fecha: 22/04/2004 18:21.



Autor: jmaznar

Estoy muy contento, desde mi ex-presidencia, que te hayas animado a realizar una bitácora de tus impresiones vitales. Sin más tiempo desde Georgetown, te deseo lo mejor
para tí y para tu deseo lo mejor para ti y para te deseo lo mejor para tí y para te deseo lo mejor para tí y para te deseo lo mejor...

Fecha: 23/04/2004 17:48.


gravatar.com
Autor: Sonia

Hola Sandra¡,

Por fin he encontrado un momento para poder visitar tu webblog :) y me encanta.
No sé si es un relato o ... pero mi texto preferido es Ella, me musta mucho :)).

Espero q tengas mucho éxito.

Besitos

Sonia

Fecha: 29/04/2004 16:45.


Añadir un comentario




No será mostrado.






Suscrí
bete a este blog. RSS 2.0 Este Blog ha sido creado con Blogia. Ver derechos de autor . Estadísticas. Admin. [Blogia colabora con 1001 relatos.]