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no reconocer (me)
De pronto un día no me busco ni me encuentro. Me miro, desde fuera.
Bebo un vaso de agua en una cocina que no es la mía aunque es la única que tengo. No
reconocerme sabiéndome, tiene un punto cómico. O demente.
Es cuestión de segundos encontrarme de nuevo y volver a mi misma pero, durante ese tiempo, nada es real. Soy una farsa. Yo, mi cocina, esa ropa que llevo. Nada parece ser yo.
Delante del espejo, parpadeo, —¡quién soy?— durante un tiempo indefinible me siento extraña dentro de mi imagen. Un cuerpo con tres décadas que, de pronto, me resulta inhabitable. Es como si yo, —siendo "yo" algo abstracto—, llevara conmigo muchísimo más tiempo que mi cuerpo.
Alguien me llama, escucho mi nombre pero me resulta raro. Lo repito en voz baja y mientras más lo repito más se aleja de mí. Más deja de ser yo.
Son situaciones de no–reconocimiento con las que me tropiezo. Curioso que, durante esos inesperados lapsus de mi mente, se me antoje desmesurado el absurdo de mi realidad. Mi forma de hablar, mis obsesiones, mi forma de amar o no amar, mis preocupaciones, vivir a medias entre la razón y la pasión, el deber y el querer, o el poder. El Poder.
Absurdo disimular, hablar a medias y no entender casi nunca. Todo banal, superficial y secundario. Infantil. Una interpretación de la vida, no una vida verdadera.
Lo que más me maravilla de esta enajenación mental esporádica, momentánea y transitoria es la convicción con la que vuelvo a asumir mi papel de absurda como incuestionable y único. Con más pasión que nunca, con verdadera fe.
Bebo un vaso de agua en una cocina que no es la mía aunque es la única que tengo. No
reconocerme sabiéndome, tiene un punto cómico. O demente.
Es cuestión de segundos encontrarme de nuevo y volver a mi misma pero, durante ese tiempo, nada es real. Soy una farsa. Yo, mi cocina, esa ropa que llevo. Nada parece ser yo.
Delante del espejo, parpadeo, —¡quién soy?— durante un tiempo indefinible me siento extraña dentro de mi imagen. Un cuerpo con tres décadas que, de pronto, me resulta inhabitable. Es como si yo, —siendo "yo" algo abstracto—, llevara conmigo muchísimo más tiempo que mi cuerpo.
Alguien me llama, escucho mi nombre pero me resulta raro. Lo repito en voz baja y mientras más lo repito más se aleja de mí. Más deja de ser yo.
Son situaciones de no–reconocimiento con las que me tropiezo. Curioso que, durante esos inesperados lapsus de mi mente, se me antoje desmesurado el absurdo de mi realidad. Mi forma de hablar, mis obsesiones, mi forma de amar o no amar, mis preocupaciones, vivir a medias entre la razón y la pasión, el deber y el querer, o el poder. El Poder.
Absurdo disimular, hablar a medias y no entender casi nunca. Todo banal, superficial y secundario. Infantil. Una interpretación de la vida, no una vida verdadera.
Lo que más me maravilla de esta enajenación mental esporádica, momentánea y transitoria es la convicción con la que vuelvo a asumir mi papel de absurda como incuestionable y único. Con más pasión que nunca, con verdadera fe.

