Al olor de la pobreza

Los pobres huelen diferente.

Será el champú barato, la colonia con pretensiones, o el poco sol que cabe
entre balcón y balcón, que no seca bien la ropa.

La pobreza con su densidad traspasa la barrera de los sentidos. Adopta cuerpo, forma y aroma. Se deriva en una noción casi tangible.

No huele a indigencia sudorosa –nada más lejos de la realidad–, la pobreza huele a barrio, con niños que van solos al colegio y no siempre entran a clase. Huele a ausencia de Dior y Raban. A cocido de sábado, a patio de luces, chabola, a la humedad de un plato de ducha oxidado.

A pesar de lo que pueda parecer, desde dentro, la pobreza no suele ser triste. Es consecuencia frecuente la no–plena conciencia de su realidad marginal. Como si corrigiera su miopía con lentes de contacto que le protegen los ojos. Pero, cuando hay conciencia plena, sí lo es. Es muy triste. Y es tristeza engañosa, falsa, pero también demasiado miserable. Capaz de desmembrar cualquier cordura.

El olor a pobreza no–consciente es humilde, honesto. Un olor tan verdadero
que, cada vez que me cruzo con él inspiro largo y cierro los ojos, como queriendo absorverlo del todo. Aunque me deje un regusto amargo, inevitable porque abre y salpimenta recuerdos, me gusta inundarme de su autenticidad.

La pobreza existe, está ahí. No es momento para discursos, ni demagogia. No voy a hablar de impotencias, de utopías, ni si quiera de victorias y derrotas. Entiendo que hay nociones tan densas, como la pobreza, que persistirán a mi muerte, a la muerte de todas las muertes.

Sólo quiero hablar de su olor, sin dramatismo. Un olor como de escarcha por la mañana, pero muy de mañana, sabañones, humo de hoguera, mortadela.

A veces la pobreza es alegre, tampoco siempre. Esos días el olor es más intenso, huele como a flor de campo, violeta tal vez. Huele a beso, a tortilla de cebolla, a una mezcla de sol y lluvia. O a sol tras la lluvia, a campo recién llovido.

Los sentidos nos colapsan, son tantas las nociones que procesamos que tardaríamos siglos en razonarlas todas. Olores, sabores, sensaciones en la piel. Sonidos de palabras. Palabras.

Palabras como "pobreza" que se entremezclan con olores a pobreza y nos dan una imagen más real y, por fortuna, mucho menos desgarradora.

Hay que oler las cosas, pienso. Es una buena forma permanecer inmersos.
12/05/2005 20:11 #. Tema: De estar por casa.

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