Guardapolvo
Abro el armario. El guardapolvo negro sigue al fondo.
Lo quise tirar hace años pero es el que llevaba puesto el día que conocí a Sergio. Sé que no me lo volveré a poner pero me cuesta deshacerme de él. Es como si al tirarlo renunciara a una parte de mi historia.
Lo descuelgo de la percha con torpeza y me siento en la cama arrebujándolo con fuerza entre las manos. Está descolorido, el negro es casi gris y se deshilacha por las mangas y los bajos. Aspiro con fuerza, todavía se respira algo de nuestro olor de entonces. El tiempo a su paso deja rastros para recordarnos lo que fue, como si quisiera evitar que nuestra memoria pudiera inventar el pasado. Una fotografía, una cicatriz, un olor guardado en un armario.
Me lo pongo sobre el pijama de elefantes y me miro en el espejo. Una solapa encima de la otra — ¿es posible que esté más delgada que entonces?—, paso el cinturón por las trabillas para hacerme un nudo plano en la parte delantera y me arreglo un poco el pelo con las manos. Improviso una cola de caballo, como las que se llevaban entonces. Me siento guapa.
Sergio no tardará en llegar.
Me desvisto, fuera guardapolvo y pijama. Enciendo el calentador y me meto en la ducha.
La primera vez que nos duchamos en esta casa lo hicimos juntos. Era difícil encajar cuatro piernas, cuatro brazos y dos culos en menos de un metro cuadrado. Esquivar el grifo empotrado procurando no alterar con el codo la temperatura del agua es trabajo de contorsionistas. Me pareció romántica la sugerencia: —Primero te froto yo y luego tú. Ahora entiendo que no había ninguna otra forma digna de enjabonarse en tan poco espacio. Nuestra ducha no se pensó para compartir, ahora cada uno nos duchamos por nuestro lado y nos juntamos en la habitación. Sentados en filos opuestos de la misma cama, dándonos la espalda, él se pone los calcetines y se los sube hasta casi las rodillas mientras yo, tumbada de cintura para arriba, hago ejercicios de equilibrio hasta que logro juntar las medias con la costura del sujetador.
Salgo de la ducha con restos de jabón, me paso la toalla y me unto la loción que me trajo de su último viaje a París. No lo hago a menudo pero hoy quiero estar guapa cuando vuelva a casa. Me seco un poco el pelo y decido dejármelo suelto. Me pongo el guardapolvo deshilachado, espero sentada en el sofá y dejo envolverme por el olor de entonces en el que amarnos todavía no era rutina.
Te quiero y sé que me quieres, pienso mientras suena el teléfono.
************
Sergio no volvió a casa. Llamó a Carla para decirle que quería hablar con ella y prefería no hacerlo en casa. Quedaron en una cafetería que había en la Rambla y allí le confesó que se había enamorado de otra mujer, que era mejor para los dos separarse en ese mismo momento.
También dijo que la seguía queriendo mucho, y Carla sabía que era verdad.
Abandonó el café, todo lo triste que se está cuando se sabe el amor se acaba y todo lo libre que se siente cuando se comprende que el amor se acaba. Herida pero sin lágrimas.
Dejó el guardapolvo en el perchero de la cafetería, sabiendo que no volvería a buscarlo.
Lo quise tirar hace años pero es el que llevaba puesto el día que conocí a Sergio. Sé que no me lo volveré a poner pero me cuesta deshacerme de él. Es como si al tirarlo renunciara a una parte de mi historia.
Lo descuelgo de la percha con torpeza y me siento en la cama arrebujándolo con fuerza entre las manos. Está descolorido, el negro es casi gris y se deshilacha por las mangas y los bajos. Aspiro con fuerza, todavía se respira algo de nuestro olor de entonces. El tiempo a su paso deja rastros para recordarnos lo que fue, como si quisiera evitar que nuestra memoria pudiera inventar el pasado. Una fotografía, una cicatriz, un olor guardado en un armario.
Me lo pongo sobre el pijama de elefantes y me miro en el espejo. Una solapa encima de la otra — ¿es posible que esté más delgada que entonces?—, paso el cinturón por las trabillas para hacerme un nudo plano en la parte delantera y me arreglo un poco el pelo con las manos. Improviso una cola de caballo, como las que se llevaban entonces. Me siento guapa.
Sergio no tardará en llegar.
Me desvisto, fuera guardapolvo y pijama. Enciendo el calentador y me meto en la ducha.
La primera vez que nos duchamos en esta casa lo hicimos juntos. Era difícil encajar cuatro piernas, cuatro brazos y dos culos en menos de un metro cuadrado. Esquivar el grifo empotrado procurando no alterar con el codo la temperatura del agua es trabajo de contorsionistas. Me pareció romántica la sugerencia: —Primero te froto yo y luego tú. Ahora entiendo que no había ninguna otra forma digna de enjabonarse en tan poco espacio. Nuestra ducha no se pensó para compartir, ahora cada uno nos duchamos por nuestro lado y nos juntamos en la habitación. Sentados en filos opuestos de la misma cama, dándonos la espalda, él se pone los calcetines y se los sube hasta casi las rodillas mientras yo, tumbada de cintura para arriba, hago ejercicios de equilibrio hasta que logro juntar las medias con la costura del sujetador.
Salgo de la ducha con restos de jabón, me paso la toalla y me unto la loción que me trajo de su último viaje a París. No lo hago a menudo pero hoy quiero estar guapa cuando vuelva a casa. Me seco un poco el pelo y decido dejármelo suelto. Me pongo el guardapolvo deshilachado, espero sentada en el sofá y dejo envolverme por el olor de entonces en el que amarnos todavía no era rutina.
Te quiero y sé que me quieres, pienso mientras suena el teléfono.
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Sergio no volvió a casa. Llamó a Carla para decirle que quería hablar con ella y prefería no hacerlo en casa. Quedaron en una cafetería que había en la Rambla y allí le confesó que se había enamorado de otra mujer, que era mejor para los dos separarse en ese mismo momento.
También dijo que la seguía queriendo mucho, y Carla sabía que era verdad.
Abandonó el café, todo lo triste que se está cuando se sabe el amor se acaba y todo lo libre que se siente cuando se comprende que el amor se acaba. Herida pero sin lágrimas.
Dejó el guardapolvo en el perchero de la cafetería, sabiendo que no volvería a buscarlo.

