Se muestran los artículos pertenecientes a Abril de 2005.
El reclamo obsesivo: la dependencia a la carne
Espárragos con salmón y una copa de vino tinto. Sola, nada vivo a mi alrededor. Entiendo de pronto la absurda querencia de los hombres a la soledad. Es la confirmación inevitable de la dependencia a la carne.
Sensaciones troceadas, filetes de emociones que regalamos —a veces vendemos— porque nos pesa el sentimiento condensado en el pecho. Reparto de emociones turbadas, que sonríen o guiñan los ojos, y escupen. Que a través de nuestra carne se expresan, presumen, se estiran y encogen, piden atención. Reclamo obsesivo, primario, de roce o intercambio.
Cada uno a nuestra forma aullamos carne ajena. Anacoretas, célibes y promiscuos. Carne, sólo carne–compañía. Solitarios que observan el reclamo de la carne ajena. O inventan el propio.
No lo eliges. Tu carne llama a su carne porque son la misma carne y en si misma quiere fundirse.
Nada más sencillo, ni más complejo.
Hay cosas que tu empeño no podrá cambiar. El reclamo obsesivo de tus oídos a sus pasos, de tu olfato a su aroma, de tu calma a sus palabras o de tu tacto a su roce. El reclamo de tu cuerpo a su cuerpo es algo que se escapa de la lógica racional. Impuesto por la condición de ser gotas de la misma agua.
Gotas que se evaporarán, no a voluntad, sí cuando llegue el momento.
No hay prisa, somos carne y en ella nos fundiremos. Carme-compañera, carne-amiga, carne-padre, carne-amante.
Respiro hondo. Acepto este reclamo como una forma más de consumar la vida.
Sensaciones troceadas, filetes de emociones que regalamos —a veces vendemos— porque nos pesa el sentimiento condensado en el pecho. Reparto de emociones turbadas, que sonríen o guiñan los ojos, y escupen. Que a través de nuestra carne se expresan, presumen, se estiran y encogen, piden atención. Reclamo obsesivo, primario, de roce o intercambio.
Cada uno a nuestra forma aullamos carne ajena. Anacoretas, célibes y promiscuos. Carne, sólo carne–compañía. Solitarios que observan el reclamo de la carne ajena. O inventan el propio.
No lo eliges. Tu carne llama a su carne porque son la misma carne y en si misma quiere fundirse.
Nada más sencillo, ni más complejo.
Hay cosas que tu empeño no podrá cambiar. El reclamo obsesivo de tus oídos a sus pasos, de tu olfato a su aroma, de tu calma a sus palabras o de tu tacto a su roce. El reclamo de tu cuerpo a su cuerpo es algo que se escapa de la lógica racional. Impuesto por la condición de ser gotas de la misma agua.
Gotas que se evaporarán, no a voluntad, sí cuando llegue el momento.
No hay prisa, somos carne y en ella nos fundiremos. Carme-compañera, carne-amiga, carne-padre, carne-amante.
Respiro hondo. Acepto este reclamo como una forma más de consumar la vida.

