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El reclamo obsesivo: la dependencia a la carne

Espárragos con salmón y una copa de vino tinto. Sola, nada vivo a mi alrededor. Entiendo de pronto la absurda querencia de los hombres a la soledad. Es la confirmación inevitable de la dependencia a la carne.

Sensaciones troceadas, filetes de emociones que regalamos —a veces vendemos— porque nos pesa el sentimiento condensado en el pecho. Reparto de emociones turbadas, que sonríen o guiñan los ojos, y escupen. Que a través de nuestra carne se expresan, presumen, se estiran y encogen, piden atención. Reclamo obsesivo, primario, de roce o intercambio.

Cada uno a nuestra forma aullamos carne ajena. Anacoretas, célibes y promiscuos. Carne, sólo carne–compañía. Solitarios que observan el reclamo de la carne ajena. O inventan el propio.

No lo eliges. Tu carne llama a su carne porque son la misma carne y en si misma quiere fundirse.

Nada más sencillo, ni más complejo.

Hay cosas que tu empeño no podrá cambiar. El reclamo obsesivo de tus oídos a sus pasos, de tu olfato a su aroma, de tu calma a sus palabras o de tu tacto a su roce. El reclamo de tu cuerpo a su cuerpo es algo que se escapa de la lógica racional. Impuesto por la condición de ser gotas de la misma agua.

Gotas que se evaporarán, no a voluntad, sí cuando llegue el momento.

No hay prisa, somos carne y en ella nos fundiremos. Carme-compañera, carne-amiga, carne-padre, carne-amante.

Respiro hondo. Acepto este reclamo como una forma más de consumar la vida.
22/04/2005 10:08 #. Tema: De estar por casa No hay comentarios. Comentar.


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