Costa Rica: paraíso de sensaciones

Después de nueve meses, finalmente he recopilado algunas de las impresiones de nuestro viaje a Costa Rica. Siempre es culpa del tiempo que me absorbe.

Al haber pasado tantos meses entre el hecho y el resultado, es casi seguro que hay alguna laguna temporal, algo que debió ser y que ahora es olvido. Pero todo lo narrado es fiel y real. El diario de viaje lo demuestra. Si faltan detalles, son detalles que ya no están en mi memoria, así que no existen.

Costa Rica es un país precioso. Cuando pienso en él se me agolpan imágenes. El recuerdo me rebota playas de arena beige, blanquecina por el coral, el agua más limpia que he visto jamás. El Caribe, furioso. Cahuita y la ciudad de Limón, el agua del río Tortuguero y los monos congo, el perezoso, el caimán. Tucanes, nutrias y delfines. Guillermo y su hijo, el volcán.
Piñas, bananas, azúcar de caña, iguanas. Verde, rojo, azul. Mar, cielo. Mar.

No creo que esta colección de impresiones tenga nada de interesante para alguien que no seamos los protagonistas del viaje y nuestra nostalgia. Así que no recomiendo su lectura. Pero es necesario darles un espacio aquí y una voz. Para que permanezcan.


Doce días de diciembre del 2005

El despertador ha sonado a las cinco esta mañana. Nuestro primer vuelo, IB 2715 Origen Barcelona- Destino Madrid, salía a las ocho pero facturábamos nuestro equipaje hasta San José y hemos tenido que estar en el aeropuerto dos horas antes.

El verdadero principio de la aventura fue ayer, al darnos cuenta a las nueve de la mañana – de un sábado –, de que nuestros pasaportes caducaron el doce de octubre.

Todas las comisarías cerradas, por supuesto. Después de mucho buscar sólo encontramos una en Barcelona desde la que nos pudieran hacer pasaportes de urgencia. Y ni siquiera nos aseguraron que consiguiéramos convencer al oficial de turno.

Prudencia y sonrisas por doquier. Derrochamos simpatía y dimos con un funcionario agradable, o no demasiado desagradable. Que nos estafó ocho euros sin contemplación ni remordimientos.

Cuando pensábamos que ya estaba todo arreglado, el nacional informó a T.de que también tenía su DNI caducado. Más carreras, más nervios, tensión rozando el latir desmesurado. Llegamos a tiempo de renovarlo antes de que cerraran.

Es en situaciones como esta en las que empiezo a creer en la divinidad divina. Que nada pasa porque sí, que siempre hay una razón. Aunque no alcancemos a entenderla del todo. Si nos damos cuenta a media mañana o por la tarde, habríamos perdido el viaje.

Once horas de avión, el gigante que hay delante de mí estira su sillón hacia atrás y consigue que doble mis rodillas hasta casi rozarme la barbilla con ellas.

Son las 17.00 hora local cuando aterrizamos en San José. Vamos en autocar por la intercontinental hasta el Hotel Europa Centro, que como su nombre indica está en el centro de la ciudad.

El bullicio de las calles oscureciéndose es comparable al de cualquier gran ciudad en hora punta. Y a una semana de Navidad.

Según nos explica el chico que nos acompaña, esa semana los Ticos cobran su paga extra y todas las calles están saturadas de gente que compra regalos navideños para la familia.

El hotel es muy básico pero está bien situado. Y después de una ducha, que nos destensa los músculos y el habla, salimos a dar una vuelta.

Estamos muy cansados y reconozco que yo algo asustada. Siempre me pasa los primeros días cuando estoy tan lejos de casa. Hasta que me reubico. Aunque en cierto modo me gusta sentir esa sensación de destete territorial. Es una distancia necesaria.

Paseamos un poco, sin dirección fija. En las calles más céntricas hay gente que tira puñados de confeti blanco que se venden en bolsas de plástico. Por lo visto es una tradición de estas fechas. Imagino que por simular la Navidad nevada de las postales, aunque sólo es una suposición.

Hay una diferencia horaria con Barcelona de siete horas. Y aunque sólo son las seis y media cuando decidimos entrar en un bar a tomar la primera cerveza, nosotros ya llevamos más de veinte horas despiertos.

Hemos cenado en el bar del hotel. T pescado al ajillo, yo ternera al vino tinto. La comida es buena. Y la cerveza nacional también, hemos probado la Pilsen y la Imperial.

A las ocho y media me hacía un hueco entre las sábanas.

Doce días de diciembre – otra vez – del 2005

Nos hemos despertado a las cuatro de la mañana (¡!). Supongo que por el jetlag. O porque ya hemos dormido las ocho horas de rigor.

Descubrimos que la vida en este país empieza muy temprano. Aunque su rutina laboral empiece más o menos a la misma hora que la nuestra, se levantan mucho antes. También se acuestan mucho antes.

Es otra forma de empezar el día. Disfrutar de tiempo libre antes de ir a trabajar. A mí, que calculo el minuto exacto antes de poner el despertador, me parece asombroso.

Según nos han contado, emplean esas horas en preparar un buen desayuno. Su primera comida del día también es en familia. Frijoles, arroz, fruta. Desayuno de cuchillo y tenedor, sentados en una mesa, mientras charlan. Genial, envidiable.

Es mi primer contacto con un país que, a estas alturas, ya sé que no me va a dejar indiferente.

Hemos salido de la capital en dirección al Caribe Sur. La región de Cahuita. A las ocho de la mañana nos han venido a buscar Marlon y Frida para llevarnos a hacer un descenso en rafting por el río Sarapiqui.

Ha estado toda la noche lloviendo y casi hay que suspenderlo porque el río estaba demasiado crecido pero Marlon ha confiado en nuestra forma física y ha insistido en que, si lo hacíamos a conciencia, no era peligroso.

Me he partido una uña de raíz, desde el nacimiento. Hemos parado a curar la herida a medio descenso porque el dedo no dejaba de sangrarme. Pero era tal el desgaste de adrenalina que no he sentido dolor hasta que no hemos acabado el descenso.

A pesar de la cantidad de rápidos y la fuerza con la que bajaba el río, la experiencia ha sido genial. El Sarapiqui es ancho y no hemos atravesado ningún cañón, por lo que no he sentido la claustrofobia que sentí al descender el Ésera, en Huesca. Ha sido una experiencia distinta. Más salvaje.

Mientras bajamos no deja de llover, la sensación de todo mi cuerpo bajo la lluvia tan lejos de cualquiera de mis realidades es mágica. Y sólo me apetece gritar. De hecho T lo ha hecho justo cuando entrábamos en un remolino y ha dado un buen trago de río. Ha sido divertido ver como se dejaba llevar por sus emociones sin pensar en el resto de la gente que iba en la barca. Él siempre tan prudente, ha sido impulsivo, y eso me gusta especialmente.

Doce días de diciembre del 2005 – mucho más tarde –

Llegamos al caribe.

El hotel está formado por muchas cabañas distribuidas por el jardín alrededor de una piscina. Es un hotel encantador. Y hacen unos Caipiriñas deliciosos. Los primeros que bebo desde que llegamos a Costa Rica.

El camarero del bar es un hombre peculiar. Cubano, de unos cincuenta años, muy delgado y con canas. Parece salido de una película.

Nos explica que en esas fechas no es frecuente el turismo europeo pero que aquí hay mucho turismo nacional. Y más ahora, que es cuando hacen los Ticos sus vacaciones de verano.

Nos acostamos pronto – y sin cenar – después de habernos bebido las suficientes cervezas y haber intercambiado las impresiones necesarias.

Trece días de diciembre de 2005

Los mosquitos de esta noche me destrozan las piernas. Hace demasiada humedad y estamos muy cerca del mar. Hemos visitado el Pueblo de Limón y su mercado. Especias, fruta verdura. Nos maravillan sobre todo colores y olores, no sé decir en qué orden. He comprado unas sandalias azules.

Los sentidos archivan imágenes. Richard, el chico Jamaicano que nos acompaña, saluda a todo el mundo. Es un pueblo pequeño y la gente se conoce. Me gustaría quedarme aquí. Sin ser una forma de tomar distancia, sólo por el gusto de vivir aquí.

La influencia Jamaicana es muy importante en esta zona y se ve como conviven diferentes culturas. Barrios étnicos, igual que en cualquier otra parte del mundo. Se dedican a la pesca y al turismo.

En Limón se encuentra uno de los puertos más importantes del país. Exportación principal, la piña.

Hacemos una visita a la reserva indígena de los Bri-Bri. Cuidadores de iguanas. Actividad por la que reciben una subvención de Canadá – ¿por que Canadá? – encargándose de asegurar así la no-extinción de esta especie.

Tienen incubadoras donde las alimentan hasta los tres meses. En edad adulta las dejan libres en la selva pero vuelven a poner sus huevos a la reserva. Completando así el círculo.

La iguana macho es de color anaranjado y mucho más grande que la hembra, que es verdosa. Y la danza de apareamiento del macho, subiendo y bajando la cabeza, es espectacular.

Ha llovido toda la noche y podemos ver animalitos que se desperezan. Richard localiza una rana venenosa, verde con manchas negras. Es curioso ver de cerca imágenes que hasta ahora sólo podíamos ver en fotografías o documentales. Tan de cerca. Poder respirarlas.

Nos acercamos a un serpiente. Le va dando con un palo para conseguir que abra la boca, dispuesta al ataque, para que podamos hacerle alguna fotografía. No es venenosa. Con tanta tensa quietud hipnotiza a pesar de ser pequeña.

Continuamos la excursión hacia Cahuita. Desde el pueblo, en lancha a través de un Caribe embravecido y turbio, vamos a Punta Cahuita, que es donde acaba el Parque Nacional. Desde allí hacemos el recorrido inverso. Desde el final del parque a la entrada. Tres horas de paseo agradable en el que, gracias a Richard, observamos una naturaleza para nosotros desconocida, exótica y sorprendente.

No hemos podido hacer snorkel como estaba previsto porque debido a la lluvia de ayer el mar estaba muy revuelto y no se veía nada. La comida ha sido un picnic de sandwich fríos, coca-cola y mucha fruta. Mango, sandía, piña.

Hemos visto serpientes venenosas, entre ellas una mortífera Oropel amarilla. Organizadas termitas, arañas de dimensiones sobrenaturales, monos congo y monos capuchino, osos perezosos, variadas y coloridas especies de aves, iguanas gigantes.

Todo es desproporcionado, inmenso. Árboles, plantas, flores. El color. El color de las flores es casi irreal. Una selva mágica, a escasos metros del mar.

Trece días de diciembre de 2005, más tarde

Esta noche sí hay cena. Ya sabemos qué es aquél sabor tan peculiar que nos sorprendió la primera noche. Una hierba llamada cilantro y que aquí se usa para condimentarlo todo. Es parecido en apariencia a nuestro perejil aunque su sabor es más intenso y aromático.

Coincidimos con una cena de empresa en el restaurante y nos divierte jugar a imaginar. Como aquél pasatiempos de los siete errores, jugamos a buscar diferencias o similitudes. O a inventarlas.

Nos sentamos en la terraza del restaurante, en una mesa cerca del mar. El Caribe sigue bravo pero apenas huele a mar. Debe tener menos sal. No sé.

Catorce días de diciembre de 2005

Para llegar a Tortuguero hemos cogido coche, autobús y barco. Coincidiendo con un grupo entre los que había tres o cuatro parejas de luna de miel, una pareja de profesores navarros, otra de ornitólogos londinenses y una familia cubana de Florida. Las hijas son una réplica de las cuñadas de Bart Simpson.

Aquí los hoteles están dentro del parque nacional, justo en los márgenes del río. El Pachira tiene un pequeño embarcadero que a nuestra llegada está inundado por la crecida del río. Descargamos las maletas como podemos y nos reciben con un cóctel de bienvenida. Las habitaciones son pequeñas cabañas de madera distribuidas por la selva. Literal, esto es la selva.

Me aterroriza pensar cómo estaré mañana de picaduras de mosquitos. Y me embadurno de repelente tropical de varias marcas y clases. En spray, loción, crema.

Hacemos la tirolina que nos han propuesto. No estamos seguros de tener más oportunidades de hacerla porque no pasaremos por Monteverde, que es donde nos han dicho que están las más altas, así que aprovechamos.

Catorce metros de tirolina y puente tibetano entre los árboles. Un poco tarzán. Instalaciones demasiado seguras para sentir miedo. Pero suficiente para probar, reírnos un rato y hacernos una idea.

De regreso, aunque es de noche, probamos la piscina del hotel. Maravilloso bañarse en pleno diciembre – ¿a qué temperatura estarán en Barcelona? –.

La pareja de Sevilla se acerca y tomamos algo juntos. Intercambiando, que es el sentido de las relaciones sociales. Entablamos una charla con los monos congo. Estamos en su hábitat, esta es su casa. En su forma de desplazarse por los árboles y los alrededores de la piscina se desprende que los extraños aquí somos nosotros.

Cenamos y volvemos al bar del muelle. El río está tranquilo, la noche es calurosa y los mosquitos continúan el trabajo que empezaron en Cahuita. Estoy hecha un cromo.

Bebo dos caipiriñas más antes de ir a dormir, charlamos un poco con la gente. Estamos sociables, divertidos, cansados. Pero sobre todo satisfechos.

Quince días de diciembre de 2005

Nos levantamos temprano para hacer una excursión en barca por el parque. No imaginaba lo excitante que puede ser observar animales en su hábitat, siendo tú la intrusa. Aves exóticas, este país es una maravilla para los amantes de las aves, caimanes, nutrias, monos a docenas, osos perezosos.

Dos historias grabadas a fuego, para siempre. El caimán, para mí el cocodrilo más enorme que jamás haya existido en el mundo, – poco más de un metro medio – a tres palmos de mí.

La barca parada a su lado. Todo el mundo opina que es imposible que esté vivo y no se haya movido al acercarnos. «Debe ser de plástico o estar muerto» comentamos.

Confiados recuperamos nuestros asientos, el mío justo al lado del lagarto. La gente se acerca a mí para verlo más de cerca, la barca se descompensa y se tambalea rozando al caimán con el movimiento. De pronto éste, abre los ojos, saca la cola del agua y agitándola nervioso levanta su cuerpo a un palmo del agua. Y se aleja nadando.

El pulso acelerado es inevitable. Pero es esa clase de miedo-emoción la que hace que te hagas consciente de la situación sintiéndote vivo.

La otra imagen es más tranquila. Un oso perezoso baja de un árbol a escasos dos metros de nuestra barca, se acerca al agua, nos observa. Presumido, y con la lentitud de movimientos característica de un perezoso, suelta una de sus manos de la rama y se refresca.

Nos hace algunas poses de documental para que podamos inmortalizar la imagen y se tira al agua exhibiendo su destreza como nadador despistado. Poco consciente del peligro que le mira ávidamente desde la otra orilla con forma de caimán.

Fernando, lleva diez años pasando por este río un mínimo de cinco veces a la semana y asegura que nunca había visto desde tan cerca. Los osos bajan del árbol una vez a la semana para hacer sus necesidades. Así que si ya es difícil verlo abajo, mucho más haciendo una exhibición de higiene y baño.

No dejamos de repetirnos lo espectacular de la naturaleza en este país, la extraña sensación de tranquilidad que da sentirnos tan lejos de lo que somos. Sin obligación de aparentar. Disfrutando lo que nos apetece disfrutar. Sin etiquetar, ni juzgar. Sólo dejando lugar para el asombro. Aprendiendo, mirando, dejándonos llevar.

De regreso en la barca tengo unos minutos de silencio para reflexionar en la gente que se ha quedado allá, en el mundo al que pertenezco. Familia, amigos, compañeros, gente especial con la que comparto y a la que quiero. Todo me parece lejano, hay cosas que incluso sin sentido. O poco reales. Es como si este viaje tuviera la capacidad de crear un paréntesis emocional. Como un sueño. Como si esto fuera de verdad vivir y lo que hago el resto del año seguir un guión. Aquí sí tengo la sensación de decidir yo, sin condiciones ni condicionamientos. Siento que tengo las riendas.

Por eso me debe gustar tanto viajar. Porque sólo me da tiempo a reconocer la belleza de lo que me rodea – que siempre es lo primero que veo – obviando lo que no es bello.

Somos conscientes del privilegio que tenemos de poder estar aquí y nos lo repetimos constantemente. A veces sólo con gestos. También cierta añoranza primitiva al calor conocido, hay que reconocerlo. Hablamos y coincidimos en que aquí, lejos, nos sentimos más cerca el uno del otro. No más amor, simplemente más uno.

Por la tarde vamos al parque nacional de Tortuguero. Me dejan un insecticida por ondas que parece funcionar, tanta humedad hace de este parque un paraíso para los insectos.

Damos un paseo por la playa en la que desovan las tortugas marinas del Caribe, pero no es temporada y sólo podemos ver miles de pequeñas huellas que se pierden en el mar. Sólo huellas, está lleno. También encontramos algún armazón vacío de tortugas que no han llegado a su destino, el mar. Es la ley natural. Sobrevive el más fuerte.

Esta playa es especial. El sol ya no abrasa y el mar aquí tampoco huele. El desorden natural de palmeras, piedras, cocos, le da un encanto salvaje difícil de explicar.

El pueblo de Tortuguero, pequeño, vive exclusivamente del turismo. No debe haber muchas familias aquí. Damos un paseo por la calle principal. Las puertas de las casas están abiertas. De una casa sale música, en la puerta dos vecinos bailan y cantan rodeados de niños que bailan a su alrededor. Inmortalizo la imagen como símbolo de alegría perenne.

Compramos un álbum de fotos, unas pulseras y collares y volvemos al muelle a esperar la barca que nos devolverá al hotel. Es como un autobús. Aquí la carretera es el río. Cena y más Caipiriñas junto al muelle.

Mañana salimos hacia Arenal.

Dieciséis días de diciembre de 2005

El viaje hasta Fortuna, la ciudad que hay a los pies del volcán, ha sido duro. Barco, autobús y furgoneta. En la furgoneta ya volvíamos a quedarnos solos con el conductor. Cinco horas para hacer doscientos cincuenta kilómetros. Carreteras asfaltadas pero con más baches que hormigón.

Al llegar tenemos la certeza de acercarnos al norte del país. Se nota en las infraestructuras, en el tipo de viviendas, en los campos de piñas que rodean el pueblo. Pequeño, pero con el movimiento de un pueblo que produce y consume.

Fortuna nos recuerda a un pueblo de alta montaña en verano.

Hemos dejado las maletas y dado una vuelta por el hotel. Está situado en la ladera del volcán. Pese a no estar acostumbrados a dormir a los pies de un volcán activo, no sentimos miedo. Supongo que es ese extraño resorte mental que nos tranquiliza asegurándonos que «a nosotros» no nos puede pasar nada malo. Debe ser ego.

Nos explican que la última erupción con víctimas mortales fue en el año 2000. Desde entonces se han vuelto a construir hoteles en el lugar del accidente. Un hotel con vistas al volcán es demasiado rentable como para no reconstruirlo. Cual ave Fénix.

Desde la ventana de nuestra cabaña podemos ver rodar la lava encendida. Y escuchar como ruge. Hasta que hemos entendido que era el volcán han pasado unas horas. Al principio pensábamos que eran truenos.

Finalmente voy a urgencias. Las picaduras de los mosquitos se me están infectando y tengo algo de fiebre. Me dan antibiótico y me recetan una pomada. Volvemos al pueblo y buscamos una farmacia.
De regreso al hotel, ya de noche, nos metemos en la piscina de agua caliente y tomamos una copa. Siempre había querido pedir algo en un bar acuático. Como en las películas.

La cena es excelente. Un lomito a la brasa para chuparse los dedos y un vino bastante correcto. También chileno.

Diecisiete días de diciembre de 2005

Antes de irnos de excursión, después de desayunar, hemos dado una vuelta por la granja de caimanes del hotel. También hay una granja de mariposas, pero debían estar durmiendo porque era muy temprano y no hemos visto ninguna.

Hemos pasado la mañana en un centro de recuperación de especies autóctonas en peligro de extinción. Tanto vegetales como animales.

No me gusta ver animales cautivos, me deprime. Pero nos explican que todos los que hay en el centro son animales dañados o enfermos que, una vez recuperados, se vuelven a soltar a su entorno natural. Es como un hospital.

Es cierto que hay algunos que no se han recuperado de su lesión y no podrán volver a vivir en la selva porque morirían la primera noche.

Guillermo – o William como prefiere que lo llamemos – ha parado en la carretera para comprarnos agua de pipa (de coco). Esta buena, pero no es dulce. También hemos ido a comprar fruta para comer en el parque. Aprovechando las compras nos ha regalado azúcar de caña. Sirve para endulzar, igual que el azúcar refinado. Pero nos explica que es muy dulce y basta con rascar un poco para endulzar cualquier cosa.

Llegamos a un balneario de aguas térmicas volcánicas. Es temprano y no hay gente. Varias piscinas naturales, agujeros excavados en la falda del volcán a diferentes temperaturas. Algunas piscinas a más de sesenta grados.
Guillermo os prepara una bandeja de frutas. La piña está deliciosa. Y la sandía. El mango no me gusta demasiado. Y el pomelo es agrio.

Estamos más de una hora en remojo. Admirando nuestro entorno sin acabar de dar crédito. Dejando que los sentidos procesen. Por los ojos, el verde, la vegetación, los pájaros. El oído, el tacto, el olfato, el gusto. Un éxtasis completo y primitivo. Cierras los ojos y oyes selva. La oyes, la hueles.

De regreso hemos estado en casa de Guillermo. Nos ha presentado a su familia. Durante la semana vive en el hotel y sólo ve a su mujer y sus hijos un día entre semana.

Conocemos a su mujer, una tica guapísima, y a su hijo, y a su nieta. Y nos da una lección de mimos y cuidados. Qué pareja más entrañable.

Por la tarde quedamos de nuevo con Guillermo que nos acompaña a un mirador desde el que podemos ver más de cerca el volcán. Hemos tardado media hora en subir andando desde donde nos ha dejado el coche pero ha merecido la pena.

Contento por la bolsa de caramelos que le hemos regalado a su nieta, nos ha llevado a un mirador que ya no se visita porque está un poco más lejos pero desde el que la visión del volcán es mucho más buena. Y además, no hay nadie.

Al ver el volcán tan de cerca he sentido una extraña calma que no había sentido jamás. Estoy segura de que la emana el volcán. Es una paz distinta a la que he sentido otras veces ante cualquier otro entorno natural. Sé que parece estúpido pero es como si el volcán, consciente de su superioridad, emanara una seguridad contagiosa. Propia del que es fuerte y consciente.

Los rugidos – literalmente rugidos – de la lava cayendo por la ladera roja-ardiente es un espectáculo para el que dispongo de pocas palabras. Excepcional. Majestuoso.

No podemos ver la cumbre de la montaña esta noche. Está nublado.
Después de tomar unas cervezas, probar el jacuzzi que hay justo delante de nuestra cabaña, tumbarnos en unos bancos de piedra y observar la cantidad de estrellas que hay en este cielo, hemos ido a cenar y enseguida a dormir. Cansados y satisfechos. Ha sido un viaje muy largo.

Antes de meterme en la cama me doy cuenta de que hemos perdido la cámara de video. Mañana, antes de que venga a buscarnos el taxi hay que encontrarla. Sería una pena perder todas las imágenes que hemos registrado hasta hoy de este sobrenatural país.

Dieciocho días de diciembre de 2005

El viaje de Arenal a Papagayo ha sido, sin ninguna duda, el más pesado de todos. También llevamos una semana de kilómetros acumulados y los músculos lo notan. La carretera está casi intransitable, llena de baches. La conducción es muy lenta.

Esta es la zona del país más turística, macro-complejos hoteleros por todas partes, sólo extranjeros, sobre todo americanos. Y mucho sol.

Nunca hemos estado en un hotel de estos en los que tienes que ponerte una “pulserita” para poder acceder a todos los servicios pero, aunque nos sentimos algo ridículos al principio, nos acostumbramos al apéndice que nos cuelga y decidimos disfrutar de los tres días de relax, sol y playa que nos hemos regalado.

El hotel es tan grande que tienes que moverte con cochecitos.

La habitación está en la parte alta de la montaña, tiene bonitas vistas. Es grande y con mucha luz. Desde allí a las piscinas hay más de diez minutos andando. Aunque los cochecitos paran justo enfrente y cada tres o cuatro minutos pasa uno por la puerta.

Nos instalamos y bajamos a la playa. Decidimos cenar en el restaurante de comidas internacionales que hay justo al lado de la piscina. Y resulta que esta noche toca “spanish-food”.
Después de la cena vamos al teatro, hacen un espectáculo de bailes típicos costarricenses. Nos entretenemos y nos dejamos llevar hasta que el sueño nos puede.

Es lo que tienen estos sitios, siempre hay algo para hacer que te evada del mundo. Que te aísle hasta de ti mismo.

Diecinueve y veinte días de diciembre de 2005

Dos días más en el Golfo de Papagayo nos dan para hacer una excursión a caballo de más de dos horas por el PN de Santa Rosa.

Un masaje en un entarimado con dosel situado en medio de una cala. Mirando el Pacífico y escuchando el vaivén de las olas. Sintiendo todo lo externo como lejano y primitivo. T.un masaje con aromaterapia, yo uno de piedras volcánicas calientes. No sólo sentir tu cuerpo relajado, sino poder alejar lo suficiente tu mente como para sumergirte en una angelical calma.

Finalmente, a pesar de mi pánico a los peces, consigo hacer snorkeling y maravillarme con su colorido y diversidad. Peces blancos a rayas negras, azules y amarillos, rojos, algo parecido a un lenguado. Angustiada al principio, ganando confianza poco a poco.

Piragüismo, un partido de tenis, piscina, cócteles veraniegos, playa, sol. Todo está permitido estas vacaciones. Incluso comerme cuatro tipos de pasteles distintos para el postre.

La última excursión en moto acuática, recorriendo las playas del Golfo de Papagayo. El último regalo: los delfines.

Ver a esos animales a medio metro de ti, acompañando la moto y cruzándose delante de ella. Como indicándote el camino. Como queriendo guiarte. Para ellos es un juego, de pronto se aburren y se van. Y me dejan parada mirando el horizonte y sabiendo que ya para siempre añoraré esa sensación.

Me llevo la imagen guardada en algún rincón abstracto cercano al corazón. Además del recuerdo. Es una impresión demasiado intensa, tanto que resulta misteriosa, como el episodio del volcán. Como si se te escapara algo profundo entre tanta magnificencia. Algo que no acabas de entender con la mente, sólo puedes entenderlo con las emociones.

La última noche cenamos en “El Dorado” el restaurante más elegante del hotel. Está bien poder beber un vino tinto en condiciones y dejar por una noche la cerveza. Tres botellas en todo el viaje, creo.

Descansar dos días en un sitio así después de haber estado tantos días madrugando y extenuando el cuerpo, está bien. Tal vez más de dos días habría sido demasiado.

Veintiún días de diciembre de 2005

Regresamos a San José para pasar la noche. Mañana por la noche cogemos el avión de vuelta.

Aprovechamos el último día en la ciudad para pasear, ver los parques hacer las últimas compras, comemos un helado en la célebre y atiborrada heladería de la calle 4.

Entramos en el mercado central. Impresionados por sus estrechos pasillos, la cantidad de gente, el jaleo, los olores y colores. Los sentidos disfrutan cada segundo como si fuera un festival. Para ellos no hay descanso en un país en el que todo es olor, sabor, color, sonidos.

Nos sentamos en el Parque Morazán, donde hay un templo para la música. El rojo, el azul y el amarillo toman vida en autobuses, letreros, carteles y convierten el gris asfalto de cualquier otra ciudad en una triste y apagada imagen. La alegría vive en este país.

Y mientras el autocar nos lleva al aeropuerto pensamos que siempre querremos volver. Que no queremos irnos. Pero no lo decimos, queremos guardar todas las imágenes que podamos antes de subirnos en el avión de vuelta al frío. Y devuelta a las navidades.


30/08/2006 16:23 Autor: voces. #. Tema: Cuaderno de Bitácora.

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Autor: Marvin Blanco

Gracias por la linda dscripción de mi país. Si regresan contacteme y les recomendaré otros destinos.

Saludos

Marvin

Fecha: 19/02/2007 23:22.


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