de sueños y sueños
“Por fin soy eterno presente”
Ese es el epitafio que me sugirió la vieja Sandra de moño gris y vestido oscuro que miraba por la ventana de una sala de estar situada en el segundo piso de una vieja casa, en algún lugar que no consigo identificar. Una vieja a la que no le asustaba la muerte. Una vieja preparada para dejar de existir – ¡qué entereza! –. Una vieja elegante, serena, de mirada irónica, amante dulce de la soledad y el silencio. Una vieja que ya no luchaba porque sabía que las guerras ni se ganan ni se pierden. Que estaba tranquila y feliz en su sosiego. Una vieja que miraba con dulzura extrema y amorosa condescendencia. Una vieja sabia.
La vieja Sandra me dio un beso al despedirse y me acarició la cara. Un beso posando sus labios en mi mejilla, un beso de profundo amor, respetuoso. En su mirada un cariño extremo. O infinito. La Vieja Sandra me robó el alma con la profundidad de su presencia.
Antes de irme, me alargó un reloj de cadena dorado. El reloj tenía grabadas unas figuras, como lazos que se cruzaban entre sí. La esfera blanca, con grandes números árabes de color negro. Quería que recordara que el tiempo no existe. Que el tiempo es algo inherente a nuestro paso por este estado, dada la evolución – ¿degradación? – física a la que somete a nuestros cuerpos. Pero que no debo dejarme presionar por sus agujas. Algo tan insignificante como un reloj. Algo tan grande como un reloj.
Y entendí de pronto lo del epitafio: “Por fin soy eterno presente”
La vieja Sandra sabía que el tiempo es una atadura de la que es difícil librarse en vida. La única cadena que todavía la ataba a ella. ¿Quiso deshacerse de su grillete traspasándome la custodia del reloj o regalarme la clave de su sabiduría?
La vieja Sandra sabía que no hay verdadera liberación hasta el momento de cada muerte. Es sólo a partir de entonces que ya siempre somos momento presente. Del todo libres.

