Honduras

Ocho días de octubre

Empieza la aventura. Aún no puedo creerme que mañana a estas horas estaré al otro lado del Atlántico. Tengo la sensación de haberme olvidado algo importante pero no me agobia demasiado. Cualquier cosa que haya podido olvidar al hacer el equipaje podrá ser sustituida.

Nueve días de octubre

He cogido los dos primeros vuelos dentro del horario previsto. En estos momentos hace una hora que cogí el IB6301 dirección San José, después de pasar casi de puntillas por Madrid.

El vuelo dura diez horas y media con lo que calculo que calculo llegar a Costa Rica cuando en Barcelona sean las once de la noche.

He tenido mucha suerte con los asientos. Tanta, que me lo planteo como la primera señal de que voy hacia el lugar correcto. Soy la única pasajera del avión que va sola en una fila de dos. Podré escribir, leer, dormir, estirarme sin molestar a nadie. El viaje será cómodo. Y eso me pone de buen humor.

Sonrío cada vez que me reconozco desde fuera. No lo puedo evitar. Estoy asustada, la incertidumbre me hace cosquillas, pero por primera vez me siento valiente. Por primera vez en mucho tiempo me siento responsable de haber tomado una decisión. Pese a la incomodidad que siempre provoca la ruptura de rutinas.

Puede parecer insignificante para alguien que esté acostumbrado a vivir improvisando pero para mí, que cargo con la losa de sentirme responsable de todo lo que sucede a mi alrededor, ser capaz de anteponerme, como prioridad, es todo un logro.

Las emociones son intensas, es cierto, pero cuando las proceso siempre me devuleven sonrisas.

Me he sentido algo desorientada en algún momento. Cuando he sido de verdad consciente de que T. no me acompañaba esta vez, por ejemplo. Cuando él se ha ido y he tenido que asumir los roles de los que siempre me libro en su compañía. Acostumbrada a ser complementarios ha sido como si me hubieran mutilado. Somos parte de la misma cosa. Me siento incompleta. Le echaré de menos.

Por otro lado, sentir que debo cuidar de mí misma me hace consciente de una cierta prudencia hasta ahora desconocida en mí. Él es siempre el que prevé los posibles contratiempos. Pepito Grillo. La voz de nuestras conciencias. Es curioso pero al no estar, yo he asumido de forma automática esa responsabilidad. Y me gusta la sensación de ser quien decide hasta dónde estoy dispuesta a asumir riesgos.

No sé qué voy a encontrar, ni siquiera qué me gustaría encontrar. Desconexión, supongo. Una opción. Descanso, capacidad para mirar y descubrir la ubicación exacta. Me siento dueña de mi propio destino. Alejándome de todo lo que de verdad me importa, de la gente a la que quiero, para poder encontrarme en el mundo. En el lugar que sea, pero encontrarme de una vez. Sensación que hace que me sienta poderosa. Y sobre todo libre.

Me he quedado esperando una llamada. Esperaba un “buen viaje”. Ni siquiera sé si se lo ha planteado. Aunque pensar en él ahora no tiene sentido. No pensar tampoco. Echarle de menos es absurdo. No pienso hacerlo. No se puede echar de menos algo que no se ha tenido del todo nunca. Algo que ni siquiera estas segura de querer tener para siempre.

Me he ido en el momento emotivo más intenso y no sé qué repercusiones tendrá. Puede servir para desbordar más, si eso es posible. Para enfriar, o para seguir exactamente igual.

Nueve días de octubre, todavía

Sigo volando, por fin a cuatro horas de San José.

En este justo momento, me siento desubicada. Apunto de llegar a mi destino, me asusto. Desde que decidí hacer este viaje no había sentido tanto miedo al pensar en lo que me espera, y aunque entiendo que es natural sentirlo, resulta incómodo. Hasta ahora eran otro tipo de miedos los que tenía. Miedos que ahora se difuminan. Es como si todo este tiempo hubiera estado tan preocupada por huir que no hubiera sido capaz de ver el horizonte de la huída. Ahora me asusta lo desconocido. La experiencia a la que he decidido enfrentarme. Un mes puede ser mucho tiempo si las cosas no van bien. Tengo miedo de no saber estar a la altura de esta aventura.

Es como si sólo en este momento, cruzando el atlántico, haya entendido de verdad dónde voy.

A diferencia de hace unas horas, en este momento, el miedo es recurrente y me repite constante que debería haberme quedado en casa. Al menos allí me sentiría segura. El miedo es muy jodido cuando se pone pesado.
Pero vuelvo la cabeza, miro por encima del hombro y me recuerdo cansada, infinitamente cansada. Y triste. Era el momento de salir. Necesito este espacio. Así que voy a respirar hondo y voy dejarme llevar.

Todo esto sólo puede ir bien. No cabe otra posibilidad.

Diez días de octubre

Ya estoy en San Pedro Sula. En casa de la teniente alcalde del municipio de Santa Rita. Álvaro y Noemí han venido a buscarme al aeropuerto. Aún no he visto la ciudad porque era de noche cuando he llegado. Pero la primera impresión ha sido, como en otras ocasiones, la fuerza de los olores. Muy cansada del viaje, eso sí.

Me han explicado el proyecto. Mañana iremos a la comunidad en la que trabaja Noemí y me enseñarán el programa escolar que tengo que seguir. Estaré una tarde con ella y su grupo y el mañana me llevarán a la comunidad de Teoxinte donde daré las clases.

Una comunidad es un grupo de casas situadas en la montaña y de difícil acceso. A veces hay que caminar más de una hora para poder llegar. En la mayoría no hay corriente eléctrica, los niños no tienen posibilidad de seguir estudiando cuando salen de sexto grado, con doce años, así que su única posibilidad de futuro se reduce a sin son mujeres, casarse a los catorce años y ser madres y si son hombres, irse a trabajar a la milpa. Son las áreas más pobres del país. Y lo triste es pensar que no hay perspectivas de que esto pueda cambiar a corto plazo.

Por la mañana trabajaré con la maestra de la comunidad en la escuela y por la tarde empezaré a desarrollar un proyecto de educación secundaria con adultos. Tiene buena pinta. Aunque me da algo de vértigo el reto.

El viernes por la tarde, cuando acaben las clases, volveré a Santa Rita a pasar el fin de semana con Noemí, será cuando aproveche para bajar a Santa Bárbara. Llamar por teléfono y conectarme a Internet.

Así que este es el plan. Dar clases, sin presión, porque el nivel aquí está muy por debajo del nuestro. Mi exigencia personal de hacerlo lo mejor posible. Y mucha ilusión. Este sí que es un proyecto de inmersión.

Noemí es una tía maja y Álvaro, el responsable de la fundación aquí en Honduras, un tío muy comprometido con su causa. A primera vista parece una fundación auténtica. Y eso me relaja. Hemos hablado de la realidad del país, de cómo trabajan la mayoría de oenegés y de lo difícil que es en realidad hacer algo por la causa. Porque la dificultad no sólo es económica. Hay una tendencia natural del pueblo a no hacer esfuerzos, que dificulta cualquier acción.

Relajada, tranquila. Ilusionada.

Sé que es muy pronto para sacar conclusiones pero me siento abierta por completo a esta experiencia. Libre.

Diez días de octubre, más tarde

Después de dormir cuatro horas me encuentro mejor. Tengo hambre, eso sí, no sé desde cuando no como nada. Me duele la cabeza y el bochorno es insoportable. Ahora es época de lluvias, debería empezar a acostumbrarme a este calor infernal.

Me he metido en la ducha - por lo visto no lo haré a menudo - y no me he llevado la toalla al baño, así que me he tenido que secar con la ropa sucia. Está claro, soy un desastre para la logística. A T. jamás le habría pasado algo así.

Ahora me doy cuenta de que he hecho la bolsa tan mal como he podido. Lo he puesto todo al revés. El jabón, al fondo. Las toallas, también. He tenido que deshacer la mochila para coger el neceser. Total, para luego meterme en la baño sin toalla. En fin. Sólo puedo reírme.

Aquí la vida empieza a las cinco o las seis de la mañana. Noemí me ha dicho que en las comunidades es incluso antes.

No estoy en la ciudad más segura del mundo. La gente anda con armas de fuego por la calle y no es extraño encontrarse algún decapitado tirado en un arcén. De todas formas creo que, sabiendo que hay cosas que por ser mujer no debo hacer aquí, no tengo porque tener problemas.

Es difícil imaginar qué estoy viendo, sintiendo, asimilando. Todo es demasiado intenso.

Hoy el día será largo. Cinco horas de coche hasta llegar a nuestro destino

Diez días de octubre, noche

Ya he llegado a Santa Rita, un pueblo de Santa Bárbara. Aquí se encuentra la comunidad de El Plan. He hecho una clase con Noemí y hemos estado mirando el programa de estudios. Son unos libros de texto, divididos en cinco bloques: población, ambiente, salud, ciudadanía-democracia y comunicación. Además hacen otro bloque de inglés. Todo acompañado por un soporte de audio. El programa no es muy bueno en contenido, la verdad. Está hecho por los gringos, muy de su estilo, pero es bastante mejor de lo que se ve por aquí.

Desde el fondo cristiano, que es la sala en la que están nuestros colchones, a la escuela de El Plan, hay más de media hora caminando a través de la montaña.

Las comidas son un poco caos. Desde la mañana que he desayunado un capuchino y una galleta a las nueve y media no he comido nada hasta las siete de la tarde. Unas rodajas de plátano frito, frijoles y un trocito de pollo.

Hoy he conocido a los niños de la comunidad y a sus familias. “Es bien guapa la españolita”. He probado la caña de azúcar, que sólo se chupa, no se traga. He llevado un cuatro por cuatro por la ciudad más peligrosa de Honduras, en la que a la puerta de cada comercio hay un guardia de seguridad con una metralleta y las maras se pasean casi con impunidad, y los niños me han enseñado a hacer pulseras de lana.

Demasiadas experiencias para un sólo día.

Once días de octubre

Me he lavado con un cubo y me he puesto la ropa de ayer. Hoy dejo a Noemí en Santa Rita y me voy a Teoxinte, con Carmen, la profesora de primaria. Álvaro me ha dicho que el nivel de los profesores es muy bajo, apenas saben las cuatro reglas. Poco más.

No tengo tiempo de nada, ni de pensar. Me gustaría escribir muchas cosas porque son intensas las sensaciones pero estoy cansada y apenas me queda tiempo para poder dedicarme a analizar. No quiero perderme nada y cada vez que pasa algo extraordinario me gustaría poder registrarlo, pero aquí es difícil encontrar un espacio de tiempo en soledad.

Supongo que todo irá ocupando su lugar. Que iré acostumbrándome a todo lo que me descoloca.

Álvaro es un tipo raro, muy comprometido -tal vez demasiado- pero con un humor especial. No me gusta mucho cómo trata a Noemí pero no nos veremos demasiado. Mejor.

Llevo sólo tres días y ya parece que lleve media vida aquí.

Ahora mismo ha venido a verme José, el hijo de la dueña de la pulpería, me ha explica cómo se hace la recogida del café. Se percibe cierta inseguridad en este pueblo. La gente anda con pistolas y de vez en cuando se oyen tiros por la noche.

05/11/2006 19:40 Autor: voces. #. Tema: Cuaderno de Bitácora.

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