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...de julio
Después de tanto tiempo hoy he podido recordarlo. Difuminado eso sí. Sin poder distinguir muy bien que hay de real y que de fantasía. Pero ahora sé que eso es exactamente lo( único) que quiero. Palabras, besos, roces, gestos. El temblor que sólo pueden dar los juegos prohibidos. O los sueños.
Y también sé que no es malo quererlo.
Camisa blanca, con ese aire autosuficiente que te da el blanco. Aún en invierno, cuando eres pálido y tienes ojeras. Yo vestido negro, de raso caído y con escote. Era verano.
Recuerdo haber esperado tu llegada sin confiar demasiado. Sabía que si venías quería decir que sabías a lo que venías y no estaba segura de que quisieras saberlo. Es ese lenguaje secreto que mantengo, al margen de tu razón, con tus pupilas y tus pestañas.
Llegaste tarde pero al verte entrar supe que sería esa noche. Tu forma de mirarme, sin complejos. Tu forma de acercarte, valiente, no-sujeto a esas estrictas normas a las que te sometes, por capricho o debilidad.
Me encanta cuando me cuidas. Cuando me llenas, atento, el vaso del que bebo. Me gusta cuando me ves despistada y me preguntas qué pasa o qué quiero, con esa media voz que no te acaba de salir de la garganta pero que me llega justo al punto débil del pensamiento.
No planeé nada, cuando algo tiene que pasar sólo hay que dejar que actúe el tiempo. Tu coche aparcó al lado, mi bolso, algún baile, mil miradas, sonrisas, «¿me llevas a casa?».
Recuerdo haberte pedido tiempo para fumar antes de despedirnos. Tu voz hablando, contradiciendo a tus gestos. Tenía la garganta seca, pasear descalza, la noche, el mar, demasiadas cervezas. Bucólica la escena, casi parecía soñada. El chiringuito abierto, dos botellas de agua.
Creo que no acabé de fumarme el porro, la hierba estaba muy seca y me empastaba la lengua, no era capaz de seguir hablando con coherencia. La maría, el alcohol, el mar, tu olor. Todo se mezclaba demasiado cerca.
Dejé de escuchar lo que decías y me puse delante de ti, muy cerca. Recuerdo haber pensado que encontraría resistencia, por eso fue todo tan rápido. Pensamientos, sensaciones, todo se encontró en la misma décima de segundo y desbordó mi pulso. Latir como hacia tiempo que no latía.
No fue de aquellos besos lentos, de miradas intensas y palpitantes. Más bien fue un beso terremoto, de los que se encuentran de pronto enredados entre labios y lenguas y lenguas y dientes. Confundidos, sorprendidos y estremecedoramente templados.
Abrir los ojos y tenerte delante. Pude ver de cerca el perfil de adonis que siempre me ha fascinado de ti. Ojos rasgados, tal vez grandes, nariz armónica, labios secos, escuchar como se te aceleraba la sangre.
Recuerdo el momento en el que tus manos, suaves como siempre, se acercan a mi hombro, en un momento desapasionado después de decenas de besos prohibidos, y con delicadeza me bajan el tirante del vestido. No levantas la vista de mi escote y me apartas el pelo y el tirante del sujetador hasta dejar mi hombro desnudo por completo. En tus ojos se lee el deseo, en tu pantalón abulta el deseo.
Ver tus ojos nublados en mí también era nublarme yo. Querer estar más cerca, más dentro. Sólo contacto, sentir mi pecho y el tuyo latiendo a la vez, juntarlos o fundirlos. No sé que quería, no parar de besarte, tocarte, recorrerte con todos los poros de mi piel. Desabrocharte la camisa y el pantalón.
Y se acaba. Y no sé porqué, porque podría haber estado allí eternamente.
Me mojo los pies en el agua mientras me miras desde la orilla. Necesito des-nublarme los sentidos para recuperar el ritmo de mi respiración.
Me coges la mano y la acaricias con el pulgar. Te beso los dedos. Tus dedos me fascinan. Cuando me rozas la mejilla y me miras, con la dulzura extrema del que mira más allá de lo que ve, me rasgas. Deseo, lujuria, pasión, dulzura. Emoción, afecto, complicidad, sexo.
Suena el teléfono pero yo aún estoy sintiendo tus besos en mi piel y ni siquiera me importa que lo cojas. Me sabe peor pensar cómo te sentirás tú al tener que cogerlo.
Y salgo del coche, como flotando. No sé si voy a evaporarme antes de subir las escaleras o llegaré entera a casa. No me giro, soy incapaz de distinguir de lejos.
Nunca esperas cuando me dejas en casa, pero ese día lo hiciste y tuve que fingir que abría la puerta y entraba. Recibo tu insistente mirada en mi nuca como un adiós para siempre y me entristezco lo justo. Sin dejar que esa sensación de violenta despedida arruine la noche.
Esperé el tiempo justo para desperezarme y sonreír. Se oía el motor de tu coche alejarse rápido.
No hay duda, el blanco es tu color.
Ibiza
día de diciembre
Desde la cubierta de un barco, ver una ciudad alejarse, es de nostalgia sensual. Te encoges un poco, la brisa, el aire, la mirada posada en un horizonte inmóvil. Las luces de una Barcelona que recibo más mía que nunca. Preciosa en su vista desde el puerto.
Imagino los barcos que han zarpado para meses de viaje. Pienso en la guerra de Cuba. Fueron nuestros abuelos. Es toda una reflexión que se entremezcla con sensaciones que me conducen a un estado de lágrima fácil. Y pido un abrazo. Tengo frío, es la excusa. Y las luces se convierten en cristales apunto de escurrirse de mis ojos. Que no llegan a hacerlo porque enseguida señalas algo que te ha llamado la atención y me despistas con tu conversación.
Nunca había hecho un viaje en barco, alguna golondrina por el puerto de Barcelona aquellos domingos en los que mis padres nos llevaban a comer al Rompeolas. Con dos coletas, vestido de vuelo y lazos de raso.
No me apetecía coger más aviones y nos pareció bien viajar en barco esta vez. Hemos escogido a propósito el más lento. Para llegar a Eivissa, doce horas y una escala en Mallorca.
Me ha gustado encontrarme las luces de navidad por todas partes. Más por el ambiente cálido y festivo que por el referente. La Navidad este año no me apetece mucho. El parquet reluciente, miles de espejos. La verdad es que esperaba algo más austero.
Una colección de óleos de Murillo adorna los pasillos centrales, los tripulantes vestidos de marineros, impecables. He tenido la sensación de formar parte de aquella serie de televisión, “Vacaciones en el mar”. Dos bares, un pub y un self service. Una tienda de souvenirs, varias máquinas de marcianitos y algunas tragaperras. La sensación de amplitud casi compensa el vaivén de mis ideas.
Dos cervezas antes de irnos a dormir, un paseo por cubierta. El cosquilleo de estar haciendo algo nuevo, juntos, nos trae risas escandalosas.
otro día de diciembre
Pisar suelo ibicenco ha sido como llegar a un pueblo de la costa brava. Los mismos edificios, muchas grúas, muchas obras. El mismo mediterráneo, los mismos pinos, el mismo olor. Es invierno, eso sí, a pesar de los veintidós grados. Y muchos bares cerrados.
Una cerveza de domingo, el periódico y una guía. Una comida improvisada en un restaurante cerca del centro. Comida ligera, el mejor tiramisú que he probado hasta ahora. Un camarero especialmente agradable nos recomienda un tinto. Después una siesta, claro. Pero dormimos poco.
más días de diciembre
A veintiún grados en pleno diciembre. Sentada en la terraza de un apartamento en el sexto piso. Se ven las luces de Dalt Vila y las estrellas. Como si fuera verano. Un verano dentro de un invierno que no acaba de despertar.
El día empieza temprano por Sant Antoni de Portmany, llamado “Portus Magnus” por los romanos debido a la amplitud de su bahía. Algo desangelado en estas fechas. Pero la dignidad también es bella.
De la visita a las calas me quedo con la intimidad de Cala Bassa, el oleaje de cala Tarinda y los contrastes de azul de Cala Comte desde donde, caminando un poco hacía el norte, se puede ver Sa Conillera.
Un azul tan claro que transparenta el fondo de un mar en el que se distinguen piedras y peces. Y de pronto otro azul, casi negro. Como de alta mar a escasos cien metros de la orilla. Es curioso que la emoción siempre llegue a través de los mismos canales. Olores, colores.
Consigo quedarme quieta, con los ojos cerrados, oliendo. Y regreso a lugares en los que nunca he estado. Reminiscencia platoniana de la belleza más primaria.
Una cerveza en Sant Josep de Sa Talaia. Y llegamos a Es Bordadó en Cala d’Hort, el lugar más maravilloso que existe. Al menos hoy. Un restaurante a los pies de un acantilado, en una cala que presume de tener la vista más inquietante de toda Eivissa. Es Vendrà y Es Vendranell, dos islotes agudos, quebrados en su silueta oscura.
Atravesamos las cabañas de los pescadores para subir al restaurante. Nos habían recomendado Roja al horno. Sin palabras. De postre algo que se puede compartir. El café, caliente, flambeado con brandy, limón y canela. Un licor de hierbas ibicencas acaba de rematar el pecado.
Decidimos quedarnos en la cala para ver la puesta de sol. No hace frío por eso no es atrevido desnudarme por completo y meterme en el agua. Ni siquiera es atrevido que fotografíes mi cuerpo a la inquieta sombra de los islotes.
Y se pone el sol.
Comparable a aquella puesta de sol del Sahara. El desierto y el mar tienen algo en común además de la arena. Tal vez sea la fuerza.
También hoy hay risas. Risas antes y risas después. Volvemos a la ciudad con la música del coche alta, la luna llena. Un baño caliente, un masaje en los pies, una infusión.
Y dormir hasta que salga el sol.
día de diciembre
Nos levantamos temprano y salimos a dar una vuelta. El paseo Juan Carlos I nos lleva al puerto de Eivissa. Atravesamos el puerto deportivo y los muelles pesqueros. Hace buen día.
Nos adentramos en el barrio de la Marina, antiguo barrio de marineros y comerciantes. Sigue siendo uno de los principales centros comerciales de la ciudad, aunque en invierno casi todas las tiendas y bares están cerrados. Es agradable perderse por sus callejuelas, que casi siempre desembocan en alguna plaza.
En el Mercat Vell paramos a comprar tomates, mandarinas, cebolletas y pepinillos. Hoy haremos la comida nosotros. Champiñones con calabacín revueltos con ajo y cebolleta. Un poco de jamón y una ensalada de tomates con aguacates. Vino tinto.
Queríamos parar en una panadería de repostaría francesa que nos han recomendado pero está cerrada, así que me quedo con el antojo de comer dulce.
Por la tarde hace más frío, el tiempo está empeorando. Era previsible. Me apetece estar en un sitio cerrado. Vamos al cine que hay en la ronda, esperando poder ver una película pero acabamos viendo otra.
Tarde relajada. Buscamos una cena improvisada de pan y cerveza en un bar en el que podamos ver el fútbol.
Barça 2, Werder Bremen 0.
día de diciembre
Queríamos ir a Formentera pero ha amanecido lloviendo y con frío.
Nos decidimos por una excursión en coche por el norte de la isla. Nuestra primera parada es Sant Llorenç de Balàfia, un pueblo rural del interior en el que se pueden apreciar las típicas construcciones ibicencas. Casas bajas y encaladas, sin tejas y de una sola altura. Es bonita la iglesia, tenebroso, en un día como hoy, el cementerio que hay en la entrada.
Hacia el norte llegamos a Sant Joan de Labritja, pero llueve demasiado, así que no bajamos del coche. No se ve nadie por las calles y al ser festivo todo está cerrado.
En la Cala Sant Vicenç nos acercamos a ver el azul del mar. El mediterráneo tiene aquí otros tonos de azul que relajan. Se ve el islote de Tagomago y dos pesqueros parecen flanquear el peñasco. Que se percibe casi movible entre el oleaje.
Cala Boix, salvaje y silenciosa. Sant Carles de Peralta, algo más grande que los anteriores pero que conserva el aire rural que parece distinguir a los pueblos del norte.
De regreso a Eivissa pasamos por Santa Eulàlia des Rius, bordeando el único río de la isla.
Sigue lloviendo.
más días
Poco frío, algo más de lluvia. Días lentos repletos de actividad. Visitamos Sant Rafel, Sant Miquel, Sant Vicenç. A Santa Agnés no podemos llegar porque han cortado la carretera, y aunque es evidente que debe haber otra forma de acceder al pueblo, no la encontramos.
Las cenas la mayoría en el apartamento, ligeras. Las comidas en restaurantes del camino. Es Trull, cerca de la Cala de Sant Vicenç un restaurante rural perdido en las montañas del norte de la isla. Después un paseo por la Cala Albarca, uno de los acantilados más quebrados y boscosos que hemos visto. El verde de los pinos era un verde especial. No sé si fue la tarde nublada, o los tonos del atardecer, pero los árboles eran fosforescentes y parecía que iban a salir volando de un momento a otro.
El mejor restaurante “Sal i Pebre”, valió la pena. Cocina de autor, que dicen. De un lugar así sales con la reafirmación de que comer (y beber) es de los placeres multisensoriales más sublimes a los que el cuerpo se puede entregar. Comentamos lo mucho que nos satisface poder compartir esas sensaciones, sabiendo que los dos disfrutamos de lo mismo a la vez, sin demasiados remilgos.
El regreso en barco más movido que la ida. Menos mal que conoces mi tendencia a perder el norte si levanto los pies del suelo y me compras chicles para el mareo.
Recomendaciones: Probar las hierbas ibicencas y la greixoneda, postre típico de Eivissa.
Chile
día primero
Era de madrugada cuando llegué a Valparaíso. Seis horas de retraso y un vuelo desastroso me presentan cansada. Cansa volver a atravesar medio mundo. Han sido muchos los viajes este año. Ocio, placer, huidas, trabajo. Costa Rica, Asturias, Londres, Huesca, San Sebastián, Honduras, Ibiza. Y no olvido las escapadas a Benasque, Panillo, Jaca, Andorra, La Garrotxa.
P. me ha llamado para ver cómo había ido el viaje, siempre tan pendiente, y me ha confirmado que no tengo vuelo de regreso. La compañía con la que he viajado ha dejado de operar, así que no sé cuando volveré. Insiste en que buscará una solución rápido, no vaya a ser que me dé tiempo de encontrar excusas para quedarme. Dos largas cenas hasta altas horas de la madrugada en los últimos quince días le dan seguridad para decir que me echará de menos. A pesar de que sabe que los límites establecidos no permiten ese tipo de susurros. Hago como que no oigo nada. Y pienso en lo que me habría gustado que esa voz fuera otra. Envío un mensaje a esa otra voz. Hay respuesta, que ya es extraordinario. Pero nada que implique la más mínima proximidad. Vamos en el coche y me entretengo mirando el paisaje. Y pensado.
No sé si fueron las mil y una luces que iluminaban los cerros a la entrada de Valparaíso. El olor intenso del Pacífico, o el pisco y la empanada de pino en aquél bar de carretera, pero lo cierto es que me sentí como en casa desde el primer momento.
Acostarme de día, dormir dos horas y aparecer en el puerto de la ciudad. Treinta y cinco hombres siguiendo mis pasos sin disimulo mientras trabajo en el muelle. Desnudándome con sus gestos, haciéndome sentir violenta pero a la vez deseada. Es como un certificado de existencia. Un sentimiento tan incómodo como necesario.
Los colores de las casas en los cerros, verde, amarillo, azul, rojo. Paseo por el mercado, oliendo el marisco recién pescado, buscando un restaurante para comer. Unas machas a la parmesana, reineta y vino blanco. Frambuesas con nata y licor digestivo, bajativo que dirían aquí.
Me ha sorprendido el movimiento constante del puerto. No paran de llegar barcos, camiones, toros que cargan y descargan. Y el mar cada vez se huele más intenso, se ve más azul, se oye más tremendo. Hace frío para ser verano. Los pelícanos vuelan bajo, como despistados. Les oigo cortar el viento con sus alas y casi me rozan las pestañas.
De camino a Con-con paramos a ver los lobos de mar. Las olas son tremendamente blancas. No sé porqué llaman pacífico a este océano. Es bravo, valiente. Soy una mujer rodeada de mar últimamente, y eso me hace pensar una vez más lo difícil que me resultaría vivir lejos del agua. Soy como un pez, que a veces incluso se muerde la cola.
Busco en mis pensamientos una imagen que me dé la paz que merece este paisaje. Pero el lugar me recuerda a alguien que, por mucho que intento despistar de mi mente, insiste en estar presente. Es como si hubiera dejado algo nuestro cuando estuvo aquí y yo lo reconociera ahora, en este rincón en el que no coincidiremos nunca. O como si, desde allí, estuviera más cerca de mí que nunca. Pero enseguida vuelvo a la realidad.
Aceptamos una invitación para cenar y se convierte en una cena mágica, como de cuento. Una casa a pie de mar, con el olor que tienen las casas a pie de mar. Una casa con un gato. Queso con semillas de sésamo y salsa de soja. Más pisco y más pisco. Charlas sobe los edificios neoclásicos que dan forma a estas dos maravillosas ciudades. Intercambios interesentes con personas que escuchan con atención y hablan con propiedad. Hablo de liberalismo económico, de la influencia de la privatización, de educación.
Se hace de noche y los ojos parpadean muy rápido. Es hora de irse a dormir.
día segundo
Después de dormir y desayunar, vuelvo al puerto. Me he despertado sin saber donde estaba, desubicada por completo, sin acabar de creerme la lejanía. Trabajo poco, pero demasiado para ser domingo.
Nos han invitado a comer a Quintero, comidas de aquellas que se juntan con la cena. Comidas en las que oscurece sin darte cuenta. Historias de marineros, de porteños, de chocolaterías extraordinarias. Sopa de marisco excepcional. Paseo en barca por el puerto de Quintero. Mucho aire, poco frío. Las imágenes se graban en mi retina y se archivan con los recuerdos bellos.
Refino mi paladar y me dejo llevar por la amabilidad de la familia que nos acompaña. Sonrío, y pienso que es fácil sonreír en un lugar como este. Comparto un licor en la humilde casa de los abuelos. Y me encanta sentir su sencillez, su cordialidad. Me gusta que me sonrían, me den la mano, me miren a los ojos cuando me hablan. Ojos rasgados por la sabiduría, y los años.
Me pica una avispa en la mano. No me había picado ninguna desde que tenía cinco años. No recordaba lo que duele cuando te clavan el aguijón. Pero ese tipo de dolores es pasajero.
La gastronomía de este país es espectacular. No sé si aguantaré este ritmo de comer mucho, dormir poco, beber demasiado. Necesito descansar. Vuelvo pronto al hotel pero ya están apagadas las luces. Vuelve a ser tarde.
Mañana tenemos otra invitación para comer. Y esta vez me han prometido un paseo por Valparaíso. Subir en ascensor hasta uno de los cerros y bajar caminando. La excursión promete, aunque mañana será un día de intenso trabajo. Comienza la cuenta atrás.
día tercero y cuarto
Días de trabajo hasta altas horas de la noche. Muy cansada, arrastrando ya el cansancio. Las comidas y las cenas, espectaculares. Ayer en Con-Con, con alguien que hablaba de Neruda y me llevó a comer a una marisquería con una terraza que daba directamente al mar. Pelícanos comieron en mi mano. El mar huele como casi en ningún otro lugar aquí.
No se debería escribir un diario de impresiones cuando se te cierran los ojos y se ha trabajado más de quince horas en un día. Pero es bonito intentar recordar lo vivido estos dos últimos días y ver pasar decenas de imágenes por mi mente, como si fuera una película de cine mudo. Casi irreal.
Desde el mirador al que me acompañó Ricardo en el barrio más humilde de Viña del Mar, Miraflores, se divisa toda la costa del Valparaíso, Viña y Con-Con.
Los lobos de mar tirándose al agua, como suicidándose entre las rocas. La brisa helada de un mar embravecido, las risas y los resbalones, los piscos antes de subir a dormir. Las largas conversaciones. El buen rollo y el mal rollo, y el arrollo.
Voy a seguir soñando en este país. No acabo de creerme que estoy al otro lado del océano. Tal vez porque nunca se puede estar al otro lado del océano de uno mismo. O sí. No debería cerrar los ojos al tiempo que escribo. Pensar, soñar, me voy a dormir.
Mañana será otro día.
Chile I
La mañana ha empezado temprano, teníamos una reunión a las ocho pero ha ido rápido y luego he podido despistarme un poco. Cinco minutos de respiro. He cogido el coche y he estado comprando unos materiales que necesitaba, pero he aprovechado para pasear. Hacía sol, aunque no calor y la chaqueta apetecía. En este país, a diferencia de otros en los que he estado, puedes pasear por la calle sin sentirte demasiado observado. Y eso hace que te sientas como en casa.
Se me está pelando la nariz del sol. Sólo la nariz.
Más tarde hemos ido a recibir a los compañeros que llegaban hoy. La casa en la que están alojados es bonita, está un poco lejos del lugar de trabajo pero tiene una terraza que da directamente a Cala Amarilla. Unas vistas preciosas. Y piscina y barbacoa y jacuzzi. La tarde ha sido para disfrutarla entre gente conocida. Y risas. Y bromas. Todo el mundo estaba de buen humor. Ha sido bonito encontrarlos aquí. Tal vez sea el perfil que da el contexto.
La gente que se encarga del servicio de la casa nos han preparado una comida típica chilena en la terraza de la piscina. Hasta casi el anochecer. Ya era tarde para empezar a trabajar y hemos salido a comprar luces de Navidad para adornar la casa. La verdad es que me ha sorprendido la iniciativa pero ha sido muy divertido pasear por el mercado viendo como regateaban por una cinta navideña o una caja de luces intermitentes. Como estar de excursión con el colegio. Nueve extranjeros de buen humor paseando por un mercado de adornos navideños, en pantalón corto y con gafas de sol. La estampa era curiosa.
Suena el teléfono, una invitación a cenar que me sorprende. Sobre todo por lo secreto. La condición es que vaya sola. Tiene su gracia pero me sabe mal tener que decir que me voy a la habitación a dormir y luego salir a hurtadillas. Hubiera preferido decir la verdad aunque entiendo que no habría sido políticamente correcto. Me ha costado lo suyo que X. se despegara de mí un rato.
La cena está estupenda, lo paso bien. Me llevan a un sitio precioso en un cerro de Valparaíso desde el que se ve toda la costa. Me han sorprendido las tablas de la persona que me acompañaba, nunca lo habría dicho. De hecho nos conocemos hace mucho pero creo que es la primera vez que comemos juntos los dos. Y aunque me preocupaba un poco encontrar conversación para tantas horas, al final incluso nos ha faltado tiempo y hemos quedado en recuperarlo.
Copas, verano, risas. Me divierto lejos de casa. Descubro que tengo recursos para sobrevivir lejos de todo lo que quiero. Antes pensaba que el cordón umbilical se rompía si estabas lejos, ahora creo que el amor, verdaderamente, es ajeno a distancias. Y eso me da la seguridad que necesito para platearme o replantearme. Hoy no he pensado en nada ni en nadie, completamente lejos de todo lo que me preocupa, ata o molesta. Me digo que la vida es algo más que una rutina, un pueblo, un trabajo y un juego en el que sólo apuesto yo. Algo más grande, menos complicado.
Al final he entrado a la farmacia esta mañana y lo he comprado. Me da miedo probarlo, ¿y si es que sí?, qué responsabilidad. Tan lejos de casa, sin poder compartirlo con nadie. Creo que me esperaré a regresar. También puede ser la alimentación, el cambio de clima, los nervios de estos días.
veintiún días de diciembre
Especialmente sensible. Me pasan cosas por la cabeza, no sé si es porque hoy ha sido un día de trabajo difícil o porque las hormonas están revolucionadas. He tenido algunas diferencias con alguien, nada grave, pero noto que me han afectado más de lo que lo me habrían afectado en otro momento. Necesito un abrazo cercano.
Tal vez sean las fechas que se acercan, porque aunque en este país el Viejito Pascuero vaya en manga corta y lleve minifalda, también da caramelos y dice “jo,jo,jo jooooo”. Ya hace años que la Navidad perdió para mí su magia. Soy incoherente. Debe ser el cansancio.
Terminaré de contestar algún correo y voy a prepararme un baño caliente. No creo que baje a cenar esta noche. Prefiero quedarme escuchando música, leyendo. O me pondré una película de lágrima fácil en el portátil y mañana estaré como nueva.
Estoy contenta de estar aquí, sólo que hoy es un día de querer afecto. Mimos, arrullos, alguien que me cuente un cuento mientras me acaricia la nuca. Y cerrar los ojos con una respiración conocida rozándome la mejilla.
Algo decepcionada por una situación absurda. Me planteo que el género humano es capaz de las cosas más maravillosas y a la vez de las más rastreras. Intento ser racional, procesar el comportamiento inadecuado y siempre buscar las justificaciones lógicas que lo expliquen. Pero me jode que no hagan ese esfuerzo por mí. Ser razonable, pensar en las consecuencias de mis actos y palabras. Aunque no pueda controlar el impulso ni disimular un enfado, la visceralidad me dura poco. Acabo buscando explicaciones que me lleven a entender. Tengo fe de género pero a veces me asombra nuestra bajeza.
Pero no me gusta estar triste, por eso voy a recordar cosas que me alegren.
Me gusta que la gente sonría, que me guiñen un ojo o me miren directamente. Me gustan los paisajes en los que la naturaleza se desborda, me gusta el mar, los animales en libertad, la brisa marina, fría y cálida, el olor a hierba mojada y el verde intenso. Me gusta conversar hasta altas horas de la madrugada, que se acuerden de mí y me lo digan, me gusta pasear los días sin nubes. De cielo azul. Pensar en el sentido que tiene mi vida. La vida.
Me gusta recordar a mis padres cuando eran más jóvenes. Me gustan mis amigos. Las películas de los sábados por la noche sentada en el sofá de casa, me gustan los labios de T. Y sus besos en los ojos, cuando los tengo cerrados. Leer y que me sobrecoja la genialidad. Interiorizar la belleza de una pintura. Me gusta estar viva. Conocer gente nueva, intercambiar puntos de vista. Descubrir pequeños callejones en ciudades nuevas. Sorprender y que me sorprendan. Aprender.
Me gustan las flores, chupar los sobres de café descafeinado, el vino tinto. Me gusta el color naranja, las mandarinas. Me gusta bailar. Arroparme hasta las orejas, el té con canela, los huevos fritos y la paella. Me gusta ser traviesa, sincera, las carcajadas.
Me gusta gustarme. Y reconciliarme conmigo misma.
Chile II
Valparaíso es pintoresco, con un punto bohemio. Calles llenas de gente haciendo las últimas compras de Navidad. Caótico. Mientras un compañero va a una reunión con los militares yo voy a buscar un permiso al centro. Espero sentada en un escalón. Justo delante de unos grandes almacenes. El tráfico es insoportable, me quedo en la sombra. Y observo.
Me gusta inventar historias. Esté donde esté. Mirar lo que me rodea. Dejar a la imaginación desordenar la realidad, o darle otro sentido. Me gusta imaginar la gente que pasa, inventar de donde vienen, a donde van, por qué están serios, de qué ríen. Miles de historias se entremezclan. Posibilidades infinitas. Algunas personas me sonríen al pasar como si supieran que, detrás de mi mirada despistada, se está rescribiendo su historia de forma paralela. Al final siempre es lo mismo. Todos los lugares son nosotros, a través de nuestros ojos. Concluyo que la realidad no es un concepto general ni objetivo. Tantas realidades como seres. Más complejo, porque son realidades que se entremezclan.
Los genes indígenas favorecen sus rasgos. Perfiles rectos, el color de la piel, la estatura, ojos sesgados. Y cuando hablan, tan dulces que parece que van a empezar a cantar en cualquier momento.
Taxis blancos y negros. Hoy me han dicho que los blancos tienen tarifas reguladas y son más baratos. Pero claro, me lo ha dicho un taxista de taxi blanco.
En el puerto se empieza a ver el resultado de días de trabajo. Levanto la cabeza, es la brisa marina la que hace que me entre el yodo por los poros. Decepcionada con ciertas actitudes. Feliz con otras. Lo que importa es tener claro donde están los límites. Normalmente no hay culpables, sólo circunstancias.
Se calman los ánimos por un lado, se templan por otro. Todo es siempre justo en potencia.

