perdiendo el tiempo
Encontrándose en la calle, saludándose de lejos, como si se conocieran de lejos también. Un brazo doblado con la mano a la altura del hombro y la palma extendida, un movimiento de cabeza por respuesta. Siguen andando, cada uno sumido en sus pensamientos, que no son más trascendentales que por qué motivo el vecino no habrá aparcado bien el coche, o intentar recordar la fecha exacta del concierto de The Police en Barcelona.
Ninguno de los dos ha dedicado al otro ni un solo segundo en sus pensamientos, son más importantes las trivialidades que los envuelven que todo lo que compartieron años atrás, ni siquiera formalismos, ya no se interesan en absoluto. Y es mutuo.
A veces pasa, de pronto alguien con quien compartías inquietudes, que era el eje del mundo, deja de interesarte. “Escogimos caminos distintos”, decimos. En realidad sería más acertado decir “Crecimos de modos distintos”. No somos inmutables, nuestro carácter es el reflejo de días y situaciones, crece, o madura, con cada instante. Por eso ningún momento es igual que el momento siguiente, aunque a veces lo parezca porque el cambio es gradual. Por eso no es lo mismo que algo pase hoy o pase mañana. Siendo inequívocamente nosotros, somos distintos. Porque nunca somos del todo, no llegamos al final del camino de ser y nos esperamos a que la vida pase, siendo simplemente, sino que vamos siendo cada día un poco más, en dirección correcta o equivocada. De ahí que al ser humano deberían llamarlo ser que evoluciona, no ser evolucionado. Porque el proceso nunca se acaba, porque es eterno mientras hay consciencia.
Cada día más llenos, en el sentido de completos, porque lo que ya ha sido siempre sigue siendo aunque a veces sólo sirva como referente antagónico de lo que iremos siendo después.
Doblan la esquina con paso firme y la cabeza llena de pensamientos con forma de pájaro. Van a atrabajar, uno de ellos se enfrentará a un trabajo que ralentiza su crecimiento, porque lo atrasa, lo atrapa, le aburre. Un trabajo que le monitoriza, convirtiéndolo en pantalla que refleja por dinero. Mientras teclea el ordenador irá cerrando su pensamiento hasta que consiga que cualquier razonamiento pase desapercibido, casi en blanco. Y así pasará día tras día, año tras año, con su tiempo hipotecado y dejando que su mente se hipoteque con él. Hasta que un día se jubile y otro se muera. O tal vez no se jubile.
El otro llegará a un local con luz artificial, se doblará hasta que la espalda le reviente y una hernia le destroce la columna vertebral, pero con cada pieza que monte será pieza y sus manos se moverán con la agilidad del que sabe lo que hace y sabe lo que le gusta. Su pensamiento estará allí, donde están sus manos, en su cuerpo, acompañando cada movimiento de sus dedos. El también tiene hipotecado su tiempo pero su mente es libre porque es él a cada momento. La historia acaba igual, se morirá un día cualquiera, aunque tal vez el fin no sea el mismo.
El sentido a la vida se lo damos cada uno, esa es la verdad que asusta, esa es la única y oscura verdad a la que nos acerca el crecimiento: somos libres de elegir. Tan libres que la mayoría de las veces preferimos no hacerlo.

