esperaba
Te esperaba.
En la luz de las luciérnagas, en la sombra del gran roble a la entrada de la aldea, en el silencio sobrecogedor de tu respiración al otro lado del atlántico. Te esperaba buscando el sueño en la habitación de detrás de la cocina, dejando pasar los días huérfanos de viejos pensamientos. Oasis lejano de paz, de calma. Un descanso de tu presencia pragmática, un deseo de espacio y lejanía huyendo de ti. Por fin atreverme a dar un paso en soledad, un destete necesario.
En el fondo sólo te estaba esperando. Una vez más.
Esperaba, en el olor a maíz. En el sonido rítmico de quien ha amasado miles de tortitas, en la leña al arder, en el agua hirviendo en el cazo metálico. Cal blanca en las paredes de adobe y zinc. En el olor mojado del agua que huele a agua, el sabor amargo de las juñapas, el ácido de la lima y la naranja, el paladar rebosante de humedad seca al sol de octubre. Esperaba en la música que proviene de las entrañas de la tierra, en la respuesta a la pregunta divina. Tu medianía, horma perfecta a mi no querer necesitar nada, ni a nadie.
Sabor a plátano frito, frijoles con queso de cabra. Los platos sin cubiertos rebosantes de arroz, comer con los dedos, con la lengua. Volver a confiar en mi capacidad de decidir una dirección.
Pero en el fondo sólo te estaba esperando. De nuevo, una vez más.
Desorientada, tomando decisiones en firme, sabiendo que echar de menos no es sólo ocupar el pensamiento, ni las horas. Ni siquiera formar parte en exclusiva de una imagen. Echar de menos. Oler a cada instante, el tacto, la piel, sobre todos los ojos. Ojos grandes, almendrados. La expresión cerrándose en la circunferencia de tus pupilas. Apagándose la última vez que las vi.
Te esperaba. Una vez más.
En el fondo sólo era eso, pero tú nunca acabaste de venir del todo. Siempre a medio camino, agitando el pañuelo. Deshaciéndote en una lágrima hasta desaparecer por completo. Siempre estático, sin moverte del umbral.

