veintinueve días de enero
Me prometieron que las condiciones cambiarían. Me lo creí, a pesar de que son promesas antiguas que nunca se cumplen. A pocos días de mi regreso, todo sigue igual. No hay noticias, no hay cambios. Y yo sigo desencantada, más si cabe. Siento que me toman el pelo. Una vez más. Y es que, esa manía mía de entender lo que sucede a mi alrededor, de no exigir lo que creo que merezco por «comprender», me ha conducido a un punto de inflexión peligroso. Del que ya no sé si podré volver. Sí, el desengaño.
Por eso no quiero seguir trabajando allí, por eso y por un montón de cosas más. Sin pensar en mi bebé y en que no quiero dejar de compartir con él el espacio que hasta ahora nos hemos dedicado en exclusiva, se me ocurren ciento un motivo por los que dar por cerrada esta etapa de mi vida. O por los que volver sólo de forma provisional, con calendario de cese definitivo. Y es que, las etapas caducan, como los yogures. Y llega un momento en la vida de cada rutina en el que sientes que ya no tienes nada que aportar, y que nada de lo que recibas tendrá un nuevo valor. Ya no queda NADA que hacer allí que quiera hacer.
Es difícil, cuando el amor propio convalece, encontrar el camino de regreso justo al momento anterior al desagravio. Y hacer como si no hubiera pasado nada.
Por eso vuelvo a ponerme delante de mi futuro, una vez más, con la cara entre las manos y sentada a lo indio, dispuesta a tomar la decisión que más miedo me da. Porque es una decisión importante: qué será de mí el resto de mi vida. Y decido que, como mínimo, sé que no quiero que sea lo que es. O no, más bien lo que no quiero es que se estanque aquí. He aprendido mucho, es cierto, pero llegó la hora de recoger mis bártulos, de iniciar un nuevo viaje. Quiero nuevos retos, nuevos incentivos, aprender, enfrentarme a situaciones desbordantes, conocer otra gente que siga enriqueciéndome. Quiero volver a sentir ese gusanillo de alerta cuando suene el despertador. Ponerme a prueba. No bajar la guardia.
Ayer, cuando entré en aquél edificio con mis papeles bajo el brazo, sentí, como no había sentido desde hacia muchos años (ocho para ser exactos) que allí había un sitio para mí. La puerta de la entrada, giratoria al estilo aeropuerto, el guarda de seguridad, la recepción, todos aquellos hombres trajeados, el ascensor. No sé, todo me resultaba pre-familiar. Y en ese momento creo que decidí que sí de antemano. Que si me llaman, que si mi perfil esta a la altura, que si llegan a entrevistarme y le gusto a mi entrevistador/a tanto como para darme el trabajo, diré que sí. Sin dejar que los susurros en la oreja del ángel, o el demonio, den la vuelta a la tortilla de mi decisión. En definitiva, sin miedo.
¿Qué podría pasar? Arrepentirme, equivocarme. ¿Y qué? En el camino que lleva hacia la risa siempre encuentras algunas lágrimas. No sería ninguna tragedia, simplemente me vería obligada a seguir tomando decisiones. Poco más. Y la vida seguiría avanzando hacia mi final inexorable. Sin opción de conocer qué habría pasado si hubieran sido otras las decisiones tomadas.
Aunque sentir miedo sea inevitable y forma parte de nuestro ancestral bagaje genético para sobrevivir, no quiero saberme su esclava.
Ya, ya paro. No voy a darle más vueltas hasta que llegue el momento decisivo. Por ahora, tomar un té, seguir contemplando opciones. Dejarme llevar por mi intuición, desentrenada pero eficaz. Seguir escribiendo poemas. De amores, de cuerpos, de adioses. Y perderme en sus imágenes. Relajarme. Dejarme llevar por el ritmo y el paladar.

