dos días de abril
Cansada. Con ganas de escribir pero sin tiempo para pensarme. Mucho menos para inventar. Más tranquila, menos palpitante, recuperando un sitio que me pertenece. Lo único que complica la situación es que son demasiadas cosas para hacer y el día es demasiado corto. Mi día es demasiado corto. Tengo todo atrasado. Incluso el reloj, que ni siquiera me he parado a poner en hora. Y juro que no es un motivo filosófico-trascendental. Pocas cosas son filosóficas ahora. Entre tanta trascendencia no hay tiempo que perder en la teoría. Y es que, un bebé, te enreda en una espiral por la que te deslizas, te dejas caer, te pierdes. Y el reloj pierde importancia. Da igual si marca la hora o una hora menos.
E. ha visitado por segunda vez la playa en lo que va de año. Hemos merendado oliendo a sal y comiendo arena. Bueno en realidad la arena sólo la ha comido él, que se ha empeñado en llenarse los puños y metérselos en la boca para luego empezar a escupir entre carcajadas.
También hemos hecho otro avance vital: la fuerza de la gravedad. Hasta ahora tiraba los juguetes y era como si éstos desaparecieran, pero hoy se ha dado cuenta de que: ¡ostras, si los suelto, caen al suelo! Y… ¡mamá siempre está ahí para recogerlos! Lo que les divierte este juego suele ser proporcional a lo que a ti te fastidia agacharte.
Cada día le quiero más. Sin duda nada comparable al resto de amores que pueda sentir. Es mi responsabilidad (casi exclusiva en estos momentos) y eso hace que lo sienta más mío que nada. De hecho, es mío. Soy yo. Es parte de mí. Un trozo de mi carne.

