diecisiete días de abril
Hace mucho que no escribo nada. El diario, porque me obligo un poco, pero cada vez lo hago menos. Y no es que la vida no me suceda, que me sucede a gran velocidad, es que ahora estoy latiendo. Y cuando eso pasa, cuando amanecen rachas de intensidad coronaria, todo se desborda y yo sólo puedo levantarme cada mañana y dejarme arrastrar. No puedo escribir poemas, ni cuentos, ni divagar sobre el sentido que tiene divagar. Y es un poco paradójico porque ahora, que derrocho vida (para lo bueno y para lo malo), es cuando debería estar más productiva. No es mi caso. La intensidad me bloquea.
Decidida a no equivocarme del todo, busco con la razón a cuestas. Y es que hoy vuelve a ser un momento triste, de cucharadas de azúcar que endulzan poco y engordan demasiado. Es lo que tiene preferir el océano calzando un barco con grietas. Debo pagar por aquello que le aposté al diablo. Entre el dolor y la nada, me quedo con el dolor, aun a riesgo de perder la poca (c)alma que me queda.
“Ganas mucho en las distancias cortas, seguro que mañana consigues hechizarles”, me dice P., mi antiguo jefe, orgulloso de mí y atento a mis necesidades de calor. Él sabe que ahora necesito atención por encima de cualquier otra cosa. Habría sido fácil enamorarme de él, pero llegó tarde. Yo ya amaba en aquél momento, aún sin saberlo, y amaba a alguien que aún amándome (tal vez nunca supo que me amó) me desa(r)maba gesto sí, gesto no.
J. sabía lo que quería pero sobre todo hasta dónde estaba dispuesto a dar. Y si algún día traspasó el límite, dio marcha a tras a tal velocidad que atropelló cualquier duda que pudiera haberme quedado en el aire. J., desde mi perspectiva, siempre estancado en un limbo incierto. No hubo principio, ni siquiera hubo fin. Con J. será aliento contenido por los siglos de los siglos.
Y decirme en voz alta que me enamoré de él, no es fácil. En realidad tampoco puedo estar segura de si llegué a enamorarme o no, siempre tuvo más de espejismo que de huesos y carne. Una de cal, dos mil de arena. Todo fue esperar demasiado por demasiado poco. No me dio tiempo para entender desde el fondo. Yo habría necesitado más contacto, palabras, roces y puntos suspensivos sobre mi piel. Habría necesitado mirarle más de cerca, más de lejos, habría necesitado más frecuencia, y más seguido, más. Más y menos. Menos dudas, menos bloqueos, menos decepciones, menos contradecir voz con gestos. Menos templanza y más locura. Menos reflexión y más lujuria.
Creo que ya no importa demasiado. Aunque…no sé, tal vez importe todavía. Porque como dijo el poeta en la noche más triste “Ya no le quiero, es cierto, pero tal vez le quiero. Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido”.
Creo que.

