un día de mayo
Últimamente tengo la sensación de ser provisional. Es como si mi vida se hubiera parado en algún momento, hace unos meses, y todo lo que ha sucedido desde entonces fuera “al margen” de mí y mi camino hacia ninguna aparte. Como si todo este tiempo no fuera del todo real, como aparcarme en el arcén.
Y es que hago poco a casi nada de lo que antes hacia de forma habitual: trabajar fuera de casa, amigos, museos, conciertos, charlas, sexo —¡es tan difícil coincidir en tiempo, espacio y libido!— y es que, se han mezclado compuestos explosivos: mucho trabajo extraordinario, disfunción trascendental, reestructuración profesional, y… procesar, asimilar, organizar, ¡disfrutar! de la experiencia más dulce y compleja que se nos puede ofrecer como seres vivos.
Sí, estoy desbordada, saturada, superada.
Todo me viene grande: demasiada responsabilidad, demasiado miedo, demasiado trabajo. El listón está alto y, aunque he empezado a coger carrerilla, esta vez no sé si podré saltar. Me empeño en ponerme objetivos excéntricos. Aunque, tal vez no sea cosa mía fijar metas, la vida me sucede así, toda de golpe. En estos casos no hay opción.
No es dramático el resultado —ya no estoy triste— sólo que ahora tengo esa extraña sensación de estar en modo “provisional”. Y seguramente lo estoy. T., y su trabajo —de siete días nos vemos cuatro—, E., creciendo y absorbiendo toda mi energía —es tan guapo, tan simpático, tan divertido, tan, tan, tan. ¡Oye!, que es verdad, que no es pasión subjetiva, nos ha salido un hijo encantador. Como me dijo una amiga: “para el ser el primero te ha salido muy bien, parece que lo hayas hecho muchas veces”—, yo y mi trabajo, y mis emociones y mi futuro y mis planes.
Había dicho demasiado que, a veces, tenía la sensación de tenerlo todo hecho, de que ya no habría ni sorpresas ni nada nuevo en mi vida. Todo esto ha debido pasarme por eso, por bocazas.
En fin, sobreviviendo. Aguantando el temporal bajo un paraguas de plástico. A veces, incluso disfrutando maravillada del espectáculo.

