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Chile II

Valparaíso es pintoresco, con un punto bohemio. Calles llenas de gente haciendo las últimas compras de Navidad. Caótico. Mientras un compañero va a una reunión con los militares yo voy a buscar un permiso al centro. Espero sentada en un escalón. Justo delante de unos grandes almacenes. El tráfico es insoportable, me quedo en la sombra. Y observo.

Me gusta inventar historias. Esté donde esté. Mirar lo que me rodea. Dejar a la imaginación desordenar la realidad, o darle otro sentido. Me gusta imaginar la gente que pasa, inventar de donde vienen, a donde van, por qué están serios, de qué ríen. Miles de historias se entremezclan. Posibilidades infinitas. Algunas personas me sonríen al pasar como si supieran que, detrás de mi mirada despistada, se está rescribiendo su historia de forma paralela. Al final siempre es lo mismo. Todos los lugares son nosotros, a través de nuestros ojos. Concluyo que la realidad no es un concepto general ni objetivo. Tantas realidades como seres. Más complejo, porque son realidades que se entremezclan.

Los genes indígenas favorecen sus rasgos. Perfiles rectos, el color de la piel, la estatura, ojos sesgados. Y cuando hablan, tan dulces que parece que van a empezar a cantar en cualquier momento.

Taxis blancos y negros. Hoy me han dicho que los blancos tienen tarifas reguladas y son más baratos. Pero claro, me lo ha dicho un taxista de taxi blanco.

En el puerto se empieza a ver el resultado de días de trabajo. Levanto la cabeza, es la brisa marina la que hace que me entre el yodo por los poros. Decepcionada con ciertas actitudes. Feliz con otras. Lo que importa es tener claro donde están los límites. Normalmente no hay culpables, sólo circunstancias.

Se calman los ánimos por un lado, se templan por otro. Todo es siempre justo en potencia.

24/12/2006 01:27 Autor: voces. #. Tema: Cuaderno de Bitácora Hay 1 comentario.

Chile I

La mañana ha empezado temprano, teníamos una reunión a las ocho pero ha ido rápido y luego he podido despistarme un poco. Cinco minutos de respiro. He cogido el coche y he estado comprando unos materiales que necesitaba, pero he aprovechado para pasear. Hacía sol, aunque no calor y la chaqueta apetecía. En este país, a diferencia de otros en los que he estado, puedes pasear por la calle sin sentirte demasiado observado. Y eso hace que te sientas como en casa.

Se me está pelando la nariz del sol. Sólo la nariz.

Más tarde hemos ido a recibir a los compañeros que llegaban hoy. La casa en la que están alojados es bonita, está un poco lejos del lugar de trabajo pero tiene una terraza que da directamente a Cala Amarilla. Unas vistas preciosas. Y piscina y barbacoa y jacuzzi. La tarde ha sido para disfrutarla entre gente conocida. Y risas. Y bromas. Todo el mundo estaba de buen humor. Ha sido bonito encontrarlos aquí. Tal vez sea el perfil que da el contexto.

La gente que se encarga del servicio de la casa nos han preparado una comida típica chilena en la terraza de la piscina. Hasta casi el anochecer. Ya era tarde para empezar a trabajar y hemos salido a comprar luces de Navidad para adornar la casa. La verdad es que me ha sorprendido la iniciativa pero ha sido muy divertido pasear por el mercado viendo como regateaban por una cinta navideña o una caja de luces intermitentes. Como estar de excursión con el colegio. Nueve extranjeros de buen humor paseando por un mercado de adornos navideños, en pantalón corto y con gafas de sol. La estampa era curiosa.

Suena el teléfono, una invitación a cenar que me sorprende. Sobre todo por lo secreto. La condición es que vaya sola. Tiene su gracia pero me sabe mal tener que decir que me voy a la habitación a dormir y luego salir a hurtadillas. Hubiera preferido decir la verdad aunque entiendo que no habría sido políticamente correcto. Me ha costado lo suyo que X. se despegara de mí un rato.

La cena está estupenda, lo paso bien. Me llevan a un sitio precioso en un cerro de Valparaíso desde el que se ve toda la costa. Me han sorprendido las tablas de la persona que me acompañaba, nunca lo habría dicho. De hecho nos conocemos hace mucho pero creo que es la primera vez que comemos juntos los dos. Y aunque me preocupaba un poco encontrar conversación para tantas horas, al final incluso nos ha faltado tiempo y hemos quedado en recuperarlo.

Copas, verano, risas. Me divierto lejos de casa. Descubro que tengo recursos para sobrevivir lejos de todo lo que quiero. Antes pensaba que el cordón umbilical se rompía si estabas lejos, ahora creo que el amor, verdaderamente, es ajeno a distancias. Y eso me da la seguridad que necesito para platearme o replantearme. Hoy no he pensado en nada ni en nadie, completamente lejos de todo lo que me preocupa, ata o molesta. Me digo que la vida es algo más que una rutina, un pueblo, un trabajo y un juego en el que sólo apuesto yo. Algo más grande, menos complicado.

Al final he entrado a la farmacia esta mañana y lo he comprado. Me da miedo probarlo, ¿y si es que sí?, qué responsabilidad. Tan lejos de casa, sin poder compartirlo con nadie. Creo que me esperaré a regresar. También puede ser la alimentación, el cambio de clima, los nervios de estos días.

21/12/2006 14:17 Autor: voces. #. Tema: Cuaderno de Bitácora No hay comentarios. Comentar.

Chile

día primero

Era de madrugada cuando llegué a Valparaíso. Seis horas de retraso y un vuelo desastroso me presentan cansada. Cansa volver a atravesar medio mundo. Han sido muchos los viajes este año. Ocio, placer, huidas, trabajo. Costa Rica, Asturias, Londres, Huesca, San Sebastián, Honduras, Ibiza. Y no olvido las escapadas a Benasque, Panillo, Jaca, Andorra, La Garrotxa.

P. me ha llamado para ver cómo había ido el viaje, siempre tan pendiente, y me ha confirmado que no tengo vuelo de regreso. La compañía con la que he viajado ha dejado de operar, así que no sé cuando volveré. Insiste en que buscará una solución rápido, no vaya a ser que me dé tiempo de encontrar excusas para quedarme. Dos largas cenas hasta altas horas de la madrugada en los últimos quince días le dan seguridad para decir que me echará de menos. A pesar de que sabe que los límites establecidos no permiten ese tipo de susurros. Hago como que no oigo nada. Y pienso en lo que me habría gustado que esa voz fuera otra. Envío un mensaje a esa otra voz. Hay respuesta, que ya es extraordinario. Pero nada que implique la más mínima proximidad. Vamos en el coche y me entretengo mirando el paisaje. Y pensado.

No sé si fueron las mil y una luces que iluminaban los cerros a la entrada de Valparaíso. El olor intenso del Pacífico, o el pisco y la empanada de pino en aquél bar de carretera, pero lo cierto es que me sentí como en casa desde el primer momento.

Acostarme de día, dormir dos horas y aparecer en el puerto de la ciudad. Treinta y cinco hombres siguiendo mis pasos sin disimulo mientras trabajo en el muelle. Desnudándome con sus gestos, haciéndome sentir violenta pero a la vez deseada. Es como un certificado de existencia. Un sentimiento tan incómodo como necesario.

Los colores de las casas en los cerros, verde, amarillo, azul, rojo. Paseo por el mercado, oliendo el marisco recién pescado, buscando un restaurante para comer. Unas machas a la parmesana, reineta y vino blanco. Frambuesas con nata y licor digestivo, bajativo que dirían aquí.

Me ha sorprendido el movimiento constante del puerto. No paran de llegar barcos, camiones, toros que cargan y descargan. Y el mar cada vez se huele más intenso, se ve más azul, se oye más tremendo. Hace frío para ser verano. Los pelícanos vuelan bajo, como despistados. Les oigo cortar el viento con sus alas y casi me rozan las pestañas.

De camino a Con-con paramos a ver los lobos de mar. Las olas son tremendamente blancas. No sé porqué llaman pacífico a este océano. Es bravo, valiente. Soy una mujer rodeada de mar últimamente, y eso me hace pensar una vez más lo difícil que me resultaría vivir lejos del agua. Soy como un pez, que a veces incluso se muerde la cola.

Busco en mis pensamientos una imagen que me dé la paz que merece este paisaje. Pero el lugar me recuerda a alguien que, por mucho que intento despistar de mi mente, insiste en estar presente. Es como si hubiera dejado algo nuestro cuando estuvo aquí y yo lo reconociera ahora, en este rincón en el que no coincidiremos nunca. O como si, desde allí, estuviera más cerca de mí que nunca. Pero enseguida vuelvo a la realidad.

Aceptamos una invitación para cenar y se convierte en una cena mágica, como de cuento. Una casa a pie de mar, con el olor que tienen las casas a pie de mar. Una casa con un gato. Queso con semillas de sésamo y salsa de soja. Más pisco y más pisco. Charlas sobe los edificios neoclásicos que dan forma a estas dos maravillosas ciudades. Intercambios interesentes con personas que escuchan con atención y hablan con propiedad. Hablo de liberalismo económico, de la influencia de la privatización, de educación.

Se hace de noche y los ojos parpadean muy rápido. Es hora de irse a dormir.

día segundo

Después de dormir y desayunar, vuelvo al puerto. Me he despertado sin saber donde estaba, desubicada por completo, sin acabar de creerme la lejanía. Trabajo poco, pero demasiado para ser domingo.

Nos han invitado a comer a Quintero, comidas de aquellas que se juntan con la cena. Comidas en las que oscurece sin darte cuenta. Historias de marineros, de porteños, de chocolaterías extraordinarias. Sopa de marisco excepcional. Paseo en barca por el puerto de Quintero. Mucho aire, poco frío. Las imágenes se graban en mi retina y se archivan con los recuerdos bellos.

Refino mi paladar y me dejo llevar por la amabilidad de la familia que nos acompaña. Sonrío, y pienso que es fácil sonreír en un lugar como este. Comparto un licor en la humilde casa de los abuelos. Y me encanta sentir su sencillez, su cordialidad. Me gusta que me sonrían, me den la mano, me miren a los ojos cuando me hablan. Ojos rasgados por la sabiduría, y los años.

Me pica una avispa en la mano. No me había picado ninguna desde que tenía cinco años. No recordaba lo que duele cuando te clavan el aguijón. Pero ese tipo de dolores es pasajero.

La gastronomía de este país es espectacular. No sé si aguantaré este ritmo de comer mucho, dormir poco, beber demasiado. Necesito descansar. Vuelvo pronto al hotel pero ya están apagadas las luces. Vuelve a ser tarde.

Mañana tenemos otra invitación para comer. Y esta vez me han prometido un paseo por Valparaíso. Subir en ascensor hasta uno de los cerros y bajar caminando. La excursión promete, aunque mañana será un día de intenso trabajo. Comienza la cuenta atrás.

día tercero y cuarto

Días de trabajo hasta altas horas de la noche. Muy cansada, arrastrando ya el cansancio. Las comidas y las cenas, espectaculares. Ayer en Con-Con, con alguien que hablaba de Neruda y me llevó a comer a una marisquería con una terraza que daba directamente al mar. Pelícanos comieron en mi mano. El mar huele como casi en ningún otro lugar aquí.

No se debería escribir un diario de impresiones cuando se te cierran los ojos y se ha trabajado más de quince horas en un día. Pero es bonito intentar recordar lo vivido estos dos últimos días y ver pasar decenas de imágenes por mi mente, como si fuera una película de cine mudo. Casi irreal.

Desde el mirador al que me acompañó Ricardo en el barrio más humilde de Viña del Mar, Miraflores, se divisa toda la costa del Valparaíso, Viña y Con-Con.

Los lobos de mar tirándose al agua, como suicidándose entre las rocas. La brisa helada de un mar embravecido, las risas y los resbalones, los piscos antes de subir a dormir. Las largas conversaciones. El buen rollo y el mal rollo, y el a­rrollo.

Voy a seguir soñando en este país. No acabo de creerme que estoy al otro lado del océano. Tal vez porque nunca se puede estar al otro lado del océano de uno mismo. O sí. No debería cerrar los ojos al tiempo que escribo. Pensar, soñar, me voy a dormir.

Mañana será otro día.

20/12/2006 05:10 Autor: voces. #. Tema: Cuaderno de Bitácora No hay comentarios. Comentar.

Ibiza

día de diciembre

Desde la cubierta de un barco, ver una ciudad alejarse, es de nostalgia sensual. Te encoges un poco, la brisa, el aire, la mirada posada en un horizonte inmóvil. Las luces de una Barcelona que recibo más mía que nunca. Preciosa en su vista desde el puerto.

Imagino los barcos que han zarpado para meses de viaje. Pienso en la guerra de Cuba. Fueron nuestros abuelos. Es toda una reflexión que se entremezcla con sensaciones que me conducen a un estado de lágrima fácil. Y pido un abrazo. Tengo frío, es la excusa. Y las luces se convierten en cristales apunto de escurrirse de mis ojos. Que no llegan a hacerlo porque enseguida señalas algo que te ha llamado la atención y me despistas con tu conversación.

Nunca había hecho un viaje en barco, alguna golondrina por el puerto de Barcelona aquellos domingos en los que mis padres nos llevaban a comer al Rompeolas. Con dos coletas, vestido de vuelo y lazos de raso.

No me apetecía coger más aviones y nos pareció bien viajar en barco esta vez. Hemos escogido a propósito el más lento. Para llegar a Eivissa, doce horas y una escala en Mallorca.

Me ha gustado encontrarme las luces de navidad por todas partes. Más por el ambiente cálido y festivo que por el referente. La Navidad este año no me apetece mucho. El parquet reluciente, miles de espejos. La verdad es que esperaba algo más austero.

Una colección de óleos de Murillo adorna los pasillos centrales, los tripulantes vestidos de marineros, impecables. He tenido la sensación de formar parte de aquella serie de televisión, “Vacaciones en el mar”. Dos bares, un pub y un self service. Una tienda de souvenirs, varias máquinas de marcianitos y algunas tragaperras. La sensación de amplitud casi compensa el vaivén de mis ideas.

Dos cervezas antes de irnos a dormir, un paseo por cubierta. El cosquilleo de estar haciendo algo nuevo, juntos, nos trae risas escandalosas.

otro día de diciembre

Pisar suelo ibicenco ha sido como llegar a un pueblo de la costa brava. Los mismos edificios, muchas grúas, muchas obras. El mismo mediterráneo, los mismos pinos, el mismo olor. Es invierno, eso sí, a pesar de los veintidós grados. Y muchos bares cerrados.

Una cerveza de domingo, el periódico y una guía. Una comida improvisada en un restaurante cerca del centro. Comida ligera, el mejor tiramisú que he probado hasta ahora. Un camarero especialmente agradable nos recomienda un tinto. Después una siesta, claro. Pero dormimos poco.

más días de diciembre

A veintiún grados en pleno diciembre. Sentada en la terraza de un apartamento en el sexto piso. Se ven las luces de Dalt Vila y las estrellas. Como si fuera verano. Un verano dentro de un invierno que no acaba de despertar.

El día empieza temprano por Sant Antoni de Portmany, llamado “Portus Magnus” por los romanos debido a la amplitud de su bahía. Algo desangelado en estas fechas. Pero la dignidad también es bella.

De la visita a las calas me quedo con la intimidad de Cala Bassa, el oleaje de cala Tarinda y los contrastes de azul de Cala Comte desde donde, caminando un poco hacía el norte, se puede ver Sa Conillera.

Un azul tan claro que transparenta el fondo de un mar en el que se distinguen piedras y peces. Y de pronto otro azul, casi negro. Como de alta mar a escasos cien metros de la orilla. Es curioso que la emoción siempre llegue a través de los mismos canales. Olores, colores.

Consigo quedarme quieta, con los ojos cerrados, oliendo. Y regreso a lugares en los que nunca he estado. Reminiscencia platoniana de la belleza más primaria.

Una cerveza en Sant Josep de Sa Talaia. Y llegamos a Es Bordadó en Cala d’Hort, el lugar más maravilloso que existe. Al menos hoy. Un restaurante a los pies de un acantilado, en una cala que presume de tener la vista más inquietante de toda Eivissa. Es Vendrà y Es Vendranell, dos islotes agudos, quebrados en su silueta oscura.

Atravesamos las cabañas de los pescadores para subir al restaurante. Nos habían recomendado Roja al horno. Sin palabras. De postre algo que se puede compartir. El café, caliente, flambeado con brandy, limón y canela. Un licor de hierbas ibicencas acaba de rematar el pecado.

Decidimos quedarnos en la cala para ver la puesta de sol. No hace frío por eso no es atrevido desnudarme por completo y meterme en el agua. Ni siquiera es atrevido que fotografíes mi cuerpo a la inquieta sombra de los islotes.

Y se pone el sol.

Comparable a aquella puesta de sol del Sahara. El desierto y el mar tienen algo en común además de la arena. Tal vez sea la fuerza.

También hoy hay risas. Risas antes y risas después. Volvemos a la ciudad con la música del coche alta, la luna llena. Un baño caliente, un masaje en los pies, una infusión.

Y dormir hasta que salga el sol.

día de diciembre

Nos levantamos temprano y salimos a dar una vuelta. El paseo Juan Carlos I nos lleva al puerto de Eivissa. Atravesamos el puerto deportivo y los muelles pesqueros. Hace buen día.

Nos adentramos en el barrio de la Marina, antiguo barrio de marineros y comerciantes. Sigue siendo uno de los principales centros comerciales de la ciudad, aunque en invierno casi todas las tiendas y bares están cerrados. Es agradable perderse por sus callejuelas, que casi siempre desembocan en alguna plaza.

En el Mercat Vell paramos a comprar tomates, mandarinas, cebolletas y pepinillos. Hoy haremos la comida nosotros. Champiñones con calabacín revueltos con ajo y cebolleta. Un poco de jamón y una ensalada de tomates con aguacates. Vino tinto.

Queríamos parar en una panadería de repostaría francesa que nos han recomendado pero está cerrada, así que me quedo con el antojo de comer dulce.

Por la tarde hace más frío, el tiempo está empeorando. Era previsible. Me apetece estar en un sitio cerrado. Vamos al cine que hay en la ronda, esperando poder ver una película pero acabamos viendo otra.

Tarde relajada. Buscamos una cena improvisada de pan y cerveza en un bar en el que podamos ver el fútbol.

Barça 2, Werder Bremen 0.

día de diciembre

Queríamos ir a Formentera pero ha amanecido lloviendo y con frío.

Nos decidimos por una excursión en coche por el norte de la isla. Nuestra primera parada es Sant Llorenç de Balàfia, un pueblo rural del interior en el que se pueden apreciar las típicas construcciones ibicencas. Casas bajas y encaladas, sin tejas y de una sola altura. Es bonita la iglesia, tenebroso, en un día como hoy, el cementerio que hay en la entrada.

Hacia el norte llegamos a Sant Joan de Labritja, pero llueve demasiado, así que no bajamos del coche. No se ve nadie por las calles y al ser festivo todo está cerrado.

En la Cala Sant Vicenç nos acercamos a ver el azul del mar. El mediterráneo tiene aquí otros tonos de azul que relajan. Se ve el islote de Tagomago y dos pesqueros parecen flanquear el peñasco. Que se percibe casi movible entre el oleaje.

Cala Boix, salvaje y silenciosa. Sant Carles de Peralta, algo más grande que los anteriores pero que conserva el aire rural que parece distinguir a los pueblos del norte.

De regreso a Eivissa pasamos por Santa Eulàlia des Rius, bordeando el único río de la isla.

Sigue lloviendo.

más días

Poco frío, algo más de lluvia. Días lentos repletos de actividad. Visitamos Sant Rafel, Sant Miquel, Sant Vicenç. A Santa Agnés no podemos llegar porque han cortado la carretera, y aunque es evidente que debe haber otra forma de acceder al pueblo, no la encontramos.

Las cenas la mayoría en el apartamento, ligeras. Las comidas en restaurantes del camino. Es Trull, cerca de la Cala de Sant Vicenç un restaurante rural perdido en las montañas del norte de la isla. Después un paseo por la Cala Albarca, uno de los acantilados más quebrados y boscosos que hemos visto. El verde de los pinos era un verde especial. No sé si fue la tarde nublada, o los tonos del atardecer, pero los árboles eran fosforescentes y parecía que iban a salir volando de un momento a otro.

El mejor restaurante “Sal i Pebre”, valió la pena. Cocina de autor, que dicen. De un lugar así sales con la reafirmación de que comer (y beber) es de los placeres multisensoriales más sublimes a los que el cuerpo se puede entregar. Comentamos lo mucho que nos satisface poder compartir esas sensaciones, sabiendo que los dos disfrutamos de lo mismo a la vez, sin demasiados remilgos.

El regreso en barco más movido que la ida. Menos mal que conoces mi tendencia a perder el norte si levanto los pies del suelo y me compras chicles para el mareo.

Recomendaciones: Probar las hierbas ibicencas y la greixoneda, postre típico de Eivissa.

13/12/2006 10:45 Autor: voces. #. Tema: Cuaderno de Bitácora No hay comentarios. Comentar.

Honduras VI

Dos días de noviembre

Esta mañana ha amanecido lloviendo. Chepa tenía que ir a Santa Rita al cementerio, así que, aunque al principio no nos parecía muy buena idea caminar por la montaña más de dos horas con este tiempo, hemos preferido irnos con ella a tener que irnos solos más tarde.

Hemos cruzado quebradas, esquivado desprendimientos, puesto al límite nuestra resistencia física pero… hemos llegado. En las últimas, eso sí. Gerardo –me marcho siendo capaz de distinguir a los guachos– no me ha dejado cargar con mi bolsa. Me sabía mal porque realmente pesaba mucho y él es muy delgadito pero no ha consentido que yo la llevara. “Yo camino más ligero que usted y estoy más acostumbrado a estas montañas”, me decía. Pero se le veía arrastrarla con esfuerzo.

Hemos llegado sin mojarnos demasiado y en la pulpería que hay a la entrada del pueblo, me he despedido de Chepa, Elmer, los guachos y Narcisa. Otro momento emotivo. Decir adiós a personas que han formado parte de mi vida, que formarán parte siempre, y a las que sé que es más que probable que no vuelva a ver nunca más.

La verdad es que en casa de Chepa y de Joel he estado realmente bien. Y ellos también conmigo, esas cosas se sienten. Me han preparado una bolsa de cereales prensados para que me lleve a casa y pueda hacer leche allí. Y ayer, como algo extraordinario, prepararon para comer pastelitos. Unas tortas de maíz especiadas y rellenas de arroz. Querían que las probara antes de irme.

Joel ha venido hasta Santa Rita en mula sólo para despedirse de mí, cuando he salido de casa él ya no estaba y no nos hemos podido decir adiós. Pensaba que ya no lo vería y me ha hecho muy feliz poder darle un último abrazo. Dice que esta mañana ha amanecido lloviendo porque Dios me estaba mandando una señal, que no debía irme. En cierto modo he sabido que tenía razón.

Esta noche llegará Álvaro y mañana por la mañana saldremos para Trujillo. Cuatro días en la playa. Esperemos que no siga lloviendo.

Tres días de noviembre

Hoy ha sido uno de los mejores de mi vida. O uno de los más intensos, sin duda. No es que haya sido un día de mucha actividad, en realidad hemos estado viajando doce horas hasta llegar a Trujillo. Pero ha sido “el día”. Me extrañaba que el golpe emocional no llegara, casi había empezado a pensar que ya no llegaría. Pero en el momento más inesperado me he sorprendido ante mi límite emocional. En la cumbre de la plenitud. O la alegría infinita. Es difícil de explicar con palabras.

Hemos hecho el viaje lloviendo casi todo el camino. Álvaro, Noemí, Jesús y yo, cuatro desconocidos unidos de forma casual por una situación desbordante. Cantando a pleno pulmón, sin vergüenza ni prejuicios, como antes sólo podría haberlo hecho en la más absoluta intimidad. Sintiéndome del todo libre para expresar, sin condiciones.

Hemos parado en la carretera a comprar lichas y magustines. Deliciosos. Hemos visto dos arco iris paralelos, intensos. Como jamás los había visto, comido en una pulpería entrañable, me he sentido una con las calles, los caminos, los pueblos que hemos cruzado. Entrado sola, sintiéndome parte absoluta de este lugar, a comprar en lugares en los que en otro momento no me habría atrevido a entrar por sentirme insegura. O demasiado diferente. He descubierto una Honduras mágica, embrujada. Una Honduras que hasta hoy no había podido imaginar.

Me he sorprendido sonriendo por dentro. Incansable, como nunca hasta hoy. Y he sido consciente, por primera vez, de que este viaje no acaba con mi regreso, que en realidad el regreso es sólo el principio. ¿Podré volver a ser la misma después de todo esto?, es muy pronto para estar segura, tal vez todo se difumine cuando haya descruzado el charco. Lo que esta claro es que algo ha cambiado en mi forma de procesar. Me voy infinitamente más llena y eso sólo puede repercutir. No cabe la posibilidad de indiferencia. Explicar cómo me siento en este momento es imposible. Feliz, en todas sus acepciones. Y esto, es lo que tengo que esforzarme por experimentar todos y cada uno de mis días. La infelicidad ya no tiene sentido.

Ha sido un día muy largo, cansada en cuerpo y agotada en mente. Las imágenes que se han ido cruzando durante todo el camino ante mí, impagables. Pero ha sido al llegar a Trujillo que he sentido que mi corazón daba un brinco. Éste es el lugar más bello del mundo. Un pueblo de indígenas garífunas, descendientes de los esclavos negros que trajeron los colonizadores, a orillas del Caribe. El ritmo, la gente bailando, los sonidos. Me ha parecido entrar a formar parte de un mundo irreal, de instalarme en un sueño. A pesar de ser de noche, nada más bajar del coche he sabido que éste es el lugar en el que me gustaría pasar el resto de mi vida. Jamás lo había sentido así. Los olores, los colores, la gente de la calle. No sé qué ha sido exactamente pero el pulso se ha vuelto loco de pronto. ¿El indicador inequívoco de que éste es el lugar? También cabe la posibilidad de que sólo sea una idealización extasiada.

Hemos cenado con Álvaro en su casa pero dormiremos en unas habitaciones que tiene al final de la calle. La cena ha sido estupenda y la charla, después de una botella entera de ron, me ha dejado pensativa. Una valoración de lo que he vivido estos meses, reflexiones sobre esta situación y esta realidad me han arrastrado a necesitar exigirme implicación con este proyecto, tan duro como real. Y no hablo sólo a nivel material, tal vez eso es lo de menos. Implicación real, de la de trabajar.

Si hay algo que me ha quedado claro es que esta fundación está comprometida como pocas, hasta la médula. A nivel emocional y personal siento la necesidad de seguir involucrada en una causa que a partir de ahora, y ya para siempre, tendrá cara y nombres. Una causa no-altruista porque, egoístamente, me da mucho más de lo que yo jamás les podré devolver.

En este país todo sigue siendo del único modo en el que nunca habías imaginado que podría ser. Así que no cabe pensar en mañana. Sólo esperar que llegue y disfrutar la intensidad del momento. En silencio.

Ocho días de noviembre

Se acabo el viaje. Esperando poder embarcar para Guatemala. Estos últimos días han pasado en una Honduras distinta de la que había conocido hasta ahora. Como de vacaciones, relajada.

Cada noche hemos tenido charlas de las que intentan, no salvar el mundo, pero sí entenderlo un poco mejor. Es muy difícil desde nuestra perspectiva occidental entender consecuentemente. Por eso, la gente como Álvaro, aunque peculiar con una implicación y compromiso tan grande, merecen mi total admiración.

Pasar la vida luchando para que los más desfavorecidos vivan mejor supone un sacrificio que la mayoría no estamos dispuestos a hacer. Conseguimos inmunizarnos a la desgracia ajena, o lavar nuestras conciencias con aportaciones económicas que… ¡están muy bien!, pero lo que más se necesita es nuestro trabajo. No dinero para que lo mal-administren las grandes “oenegés”, empresas que comercian con la solidaridad, sino TRABAJO.

En realidad nuestro dinero exculpa nuestro innato egoísmo. No somos capaces de anteponer nada que no afecte directamente a nuestro círculo diario. Somos incapaces de regalar nuestro tiempo y donar esfuerzo. Nada dispuestos a renuncias.

Tampoco participo de la opinión de que la poca gente que sí lo hace son altruistas desinteresados o benditos. Creo que hay algo en algunas personas que hace que su felicidad sólo se pueda alcanzar a través del servicio al prójimo. Por tanto no deja de ser una forma de alcanzar la propia felicidad. Y eso tampoco es desinteresado. De todas formas sería genial si todos pudiéramos alcanzar nuestra felicidad así. El mundo sería un lugar mejor.

Demasiadas cosas deberían cambiar, siempre. Por eso es una utopía creer que todo se puede solucionar de forma permanente. Lo que no deberíamos permitirnos ningún ser humano es vivir en la apatía social que vivimos. Si cada uno de nosotros hiciera un pequeño esfuerzo desinteresado por una causa justa, la vida tendría mucho más sentido. Para todos.

Y no hablo sólo de implicarnos con causas de las que nos separan miles de kilómetros. Hablo de anteponer, una hora al día, no más, algo que no seamos nosotros mismos y nuestro ombligo, a favor de un mundo más justo. Que aunque suene a rollo panfletario deberíamos intentar no pasarlo por alto, repensar en ello en silencio, sacar nuestras conclusiones. .

En fin, me he comprometido a emprender una serie de acciones y tengo intención de cumplir mi palabra. Esta experiencia no puede dejarme indiferente. No tendría sentido que así fuera.

Ocho botellas de ron en cuatro días. Playa, buena comida. Incluso me hicieron cocinar una tortilla de patata. Que a pesar de mi incertidumbre inicial, sobre todo por el aceite, fue todo un éxito.

Dos galletas de canela con pasas y un café con leche en mi primera escala en San José de Costa Rica. El retorno es una realidad inminente. Tranquila, relajada, sonriente. Y aquí cierro este cuaderno, incompleto, en el que se han olvidado tantas cosas y se han obviado tantas otras. Cosas que formarán parte a partir de ahora de mi mirada, de mi gesto.

Sólo una cosa tiene sentido ahora mismo, yo. Desnuda ante mí y ante el mundo. Mirando de frente y respirando despacio. Con la mente disfrutando de algunas sonrisas y los ojos deshaciéndose con alguna lágrima.

Inmensamente feliz.

15/11/2006 00:15 Autor: voces. #. Tema: Cuaderno de Bitácora No hay comentarios. Comentar.

Honduras V

Treinta días de octubre

Ya hemos llegado a Teoxinte. La gente de la comunidad me ha recibido con abrazos y besos. “Nos hace mucha falta porque es usted muy alegre. No sé que vamos a hacer cuando se vaya”, me dicen. Y yo pienso que tampoco sé que voy a hacer cuando me vaya, que tampoco quiero irme. Aquí me siento útil.

El viaje a través de la montaña ha sido divertido. He perdido una zapatilla al cruzar el río y he tenido que continuar con una chancleta de cada clase. Me he reído mucho con Jesús. Tiene un sentido del humor muy ácido y eso aquí es necesario. Aunque sólo haga unas semanas que nos conocemos hemos compartido situaciones muy intensas. Este aislamiento une mucho. Me he escuchado reír a su lado como hacía años que no lo hacía.

Por la tarde hemos estado con los guachos (gemelos), Gerardo y Lelis, en la quebrada bañándonos. Y hemos hecho pichingos, que son unos muñecos de barro blanco. Esa especie de lodo ha servido también para jugar a embadurnarnos toda la cara y el cuerpo. Hacía tiempo que no me sentía tan bien guarreándome. Como volver a tener siete años.

Hemos tomado jugo de caña y jugado un partido de fútbol, yo en una portería y Jesús en otra. Empate a uno. De un balonazo en la cara me han tirado de culo. Tengo el cuerpo lleno de morados, arañazos, heridas y ronchas. Hecha un cromo, vamos.

Las clases, igual de divertidas que siempre. Soy incapaz de ponerme seria con ellos, lo saben y aprovechan cualquier ocasión para charlar, intentando además que yo entre al trapo. Han empezado a programar mi fiesta de despedida, qué emoción. Adalid, me ha dicho que cuando yo no esté dejará de ir a clase. Son así de zalameros. Sabía que después de esa afirmación vendría una charla mía sobre lo importante que es la educación y perderíamos al menos cinco minutos de clase. Pero esta vez no he caído en su juego. Sólo me he reído y le he dicho: “Dejo a Jesús encargado de ir a buscarle a su casa si no viene. Es usted el mejor alumno de la clase”. Se ha sabido descubierto, y también ha reído. Ya empezamos a conocernos todos. Aunque al acabar la clase se ha acercado a mí, que estaba acabando de recoger los libros, y me ha dicho casi al oído para que Jesús no lo oyera: “Es cierto Sandra, me va a hacer usted mucha falta. Es la mejor maestra que he tenido nunca”. A mí sí que me van a hacer falta ustedes, pienso. Cuando vuelva a esa realidad de la que vengo, y nadie vuelva a decirme que “le hago falta”.

He bajado con Jesús y Nolvis a pasear al prado. Me he sentado a leer mientras ellos jugaban a hacer puntería. He levantado un momento la vista del libro y he sentido una punzada de ternura. Ver cómo trataba al niño, con qué dulzura. He sentido admiración. Por su renuncia, por el sacrificio que ha hecho dejándolo todo para venirse aquí. Por su valentía. He admirado su sentido del humor, me ha sobrecogido su capacidad de dar. Ha sido un momento mágico.

He estado mirando en silencio un buen rato. En una situación como esa, de plenitud extrema, la reflexión ha llegado inevitable. Me he dado cuenta de cómo me gustaría estar compartiendo ese momento con otra persona. De cómo me gustaría compartir mi vida con alguien que fuera capaz de poder vivir así, siempre.

He imaginado que era él quien jugaba con Nolvis. Porque en el fondo es él, la persona que me espera al otro lado del océano, con la que me gustaría compartir esta paz, estas risas, esta complicidad. Y he estado segura, en ese mismo momento, de que jamás me acompañará en algo así. Si decido quedarme a su lado tendré que seguir haciendo este tipo de cosas sola. Esa certeza me ha desgarrado un poco. Ahora que ya empezaba a regenerar tejidos.

También he pensado en otra persona con la que me gustaría estar compartiendo este momento. Alguien que no me parece tan improbable que quisiera acompañarme en algo así, pero con el que sé que jamás compartiré nada. Furtividad y algunas risas, como mucho. Y también he sentido algo de desgarro. Tal vez deba emprender una aventura sin fecha de retorno sola, olvidando y en el olvido. Permitiendo que todos los tejidos, no sólo el mío, se regeneren.

Pero enseguida he dejado de forzar la toma de decisiones y me he acercado a ellos. Sonriendo, como siempre últimamente, he tirado al palo con una piedra. Para no darle, claro. Mi puntería sigue igual de desafinada.

Uno día de noviembre

Día intenso, de despedidas y lágrimas contenidas. Y alguna no-contenida.

Esta mañana ha sido la última clase con los niños. Mañana es feriado y no habrá clase, y el viernes me voy para Trujillo a conocer a la familia de Álvaro y descansar unos días antes de volver para casa.

Jesús y yo hemos enseñado a los niños a jugar el pañuelo, ha sido difícil transmitir el concepto de que lo importante no era coger el pañuelo lo antes posible, sino ser capaz de volver a la fila sin que te alcanzaran.

Ha sido un día distendido en la escuela. Teniendo en cuenta que la semana que viene ya acaban las clases y de que hoy es mi último día con ellos, la maestra nos ha dejado vía libre para jugar con ellos. Hemos hecho clase de inglés y luego les hemos enseñando la canción de “Susanita tiene un ratón”. Jesús me ha dejado sola cantando a pleno pulmón y como venganza he enseñado a Elmer y Darío el Himno del Barça, para que se lo recuerden cada día.

También les he leído tres cuentos. Ha sido genial ver la expresión de sus caras a medida que iba avanzando mi relato. Reconozco que soy muy teatrera pero la intención era entusiasmarlos y lo he conseguido. Me parece un ejercicio interesante para trabajar su atención pero sobre todo, su capacidad de compresión. Por lo que después de cada cuento hemos hecho mesa redonda en la que han participado con entusiasmo.

Me tenían preparada una canción de despedida y antes de que acabará la clase, han salido todos a la pizarra a cantarme “Pitero”. Oírles gritar la canción mientras me miraban con esas sonrisas enormes, ha sido una de las sensaciones más emotivas yo diría que, de mi vida. Y no soy de llanto fácil pero contener en ese momento la lágrima que resbala, no es posible.

Escuchar: “¿Cuándo va usted a volver?”, “No se vaya, espérese hasta Navidad”. “Es usted tan linda” “Nos va a hacer mucha falta” “Es usted la maestra más alegre”… la verdad es que endiosan un poco todas esas alabanzas pero es tan embriagador sentirlas tan sinceras. Leerlas en sus ojos, tan de verdad.

Hemos ido a almorzar y me han preparado una excursión a la poza. No querían que me fuera sin ver la cueva. Se rumorea que fue un antiguo asentamiento maya. Algo místico sí había, la verdad. Supongo que la fuerza de la naturaleza tiembla en un lugar tan salvaje. Con tanto verde y tanta agua.

Cada vez que me proponen una excursión, tiemblo. Los caminos son difíciles y aunque ellos van descalzos, yo soy incapaz de seguir su paso. Gerardo me ha bajado naranjas de un palo. Me he vuelto adicta a las naranjas. Pero lo que verdaderamente me encanta es tener hambre y poder trepar a un árbol para coger comida. Bueno, yo en realidad trepo poco porque soy más bien torpe. Prefieren que me quede abajo recogiendo la fruta que tiran.

Mientras bajábamos para la poza iba pensando en lo curioso de mis sensaciones. He sustituido todos esos pensamientos adultos, elaborados y retorcidos, que tanto me agobiaban por pensamientos más planos. Vivir el momento es lo único que aquí tiene algún sentido. He vuelto a tener doce años, a disfrutar trepando caminos, bañándome en los ríos, subiendo a los árboles. Y lo hecho desde un placer infantil. Sentirme parte de un grupo de niños, siendo una más. He dejado de ser adulta por un tiempo indefinido. Es increíble. Maravilloso.

Sé que es recurrente esta observación pero no paro de repetírmelo constante, aquí las cosas siempre son de otro modo. Nuestra lógica no tiene sentido. No sirve hacer planes porque nunca sale nada como estaba previsto. Y, al contrario de lo que pueda parecer, comprobar que de nada sirve planear, hace que te sientas liberado. Llega un momento en que te acostumbras a vivir el momento, sin ir más allá. No te importa que las cosas siempre sean como son, al margen de que tú creas que deberían ser de otro modo. Se vive sobre la marcha. Es perfecto.

La sensibilidad ha vuelto a aflorar con la clase de los adultos. Me han preparado un baile de despedida en la escuela. Han traído refrescos y música de fiesta. He bailado “pegado” y también “suelto”. Con Jesús, un desastre. Yo no es que sea una gran bailarina pero él lo hace de pena. Ha sido muy divertido, eso sí, aunque finalmente me he quedado como pareja de baile con Adalid. Ha venido casi toda la aldea, no sólo los estudiantes.

De bajada, hemos parado un rato en la pulpería de Pablo y me he despedido de todos los hombres que estaban allí. Las mismas frases, la misma tristeza. Las mismas ganas de cerrar los ojos y quedarme.

Al llegar a casa hemos tenido la habitual tertulia con Joel antes de irnos a dormir. Nos ha explicado que aquí hay muchos hombres que tienen más de una mujer. No son todos, pero no está mal visto. De hecho está aceptado por las mujeres. Leo, por ejemplo, el hermano de Joel, tiene dos mujeres reconocidas. Una con la que vive en Teoxinte de lunes a miércoles, con la que tiene dos hijas. Y otra, con la que vive en Santa Bárbara, que está ahora embarazada, con la que está de jueves a domingo. Las dos lo saben y así lo aceptan.

Cansada por tantas emociones decido dejar a Jesús con la tertulia para irme a descansar. Mañana, si así ha de ser, iremos caminando hacia Santa Rita. Y allí me esperan más despedidas.

13/11/2006 23:10 Autor: voces. #. Tema: Cuaderno de Bitácora No hay comentarios. Comentar.

Honduras IV

Veintiséis días de octubre

Curiosidad: “Es más fácil que soplar y hacer botellas”. Una expresión que existe en catalán “bufar i fer ampolles”, pero que nunca había escuchado traducida al castellano.

“♫♫ Qué te pasa, chiquillo qué te pasa me dicen en la escuela y me preguntan en mi casa. Ahora pronto, lo supe de repente al oír pasar la lista que tú no estabas presente. La de la mochila azul…♫♫”

Todos los niños aquí la cantan. Y me encanta que la canten porque me he recordado de pequeña. Me viene una imagen en casa de mi tía, con mis primos, que tenía olvidada. Y adoro ese pasado en el que yo era niña y todo era azul. Todo, no sólo la mochila.

Ayer llegó Belén, una chica que anda de ruta por Guatemala y se ha acercado a Honduras para conocer la fundación. A lo mejor viene en Enero unos meses. Estuvo bien la charla. Ver cómo conectas con gente con la que en otras circunstancias a lo mejor ni lo habrías intentado por presuponer que no tienes nada en común. Prejuicios. Sentir como aquí se magnifican las relaciones. Cómo después de pasar veinticuatro horas con alguien tienes la sensación de conocerla de toda la vida. Esto es como un gran hermano al aire libre, pero auténtico. Y muy interesante a nivel social y personal.

Cómo reaccionamos, cómo respondemos, qué nos moviliza, qué nos saca de quicio. Es curioso que siendo todos tan diferentes, nos hayamos acabado convirtiendo en una pequeña familia. Noemí se despierta para recordarme que tengo que tomar la pastilla, yo me lavo con poca agua para dejarle más Belén, cedemos la mejor cama o dormimos sin almohada. No sólo es compartir, hay sacrificio desinteresado. Es enriquecedor. Y real, no se están interpretando papeles. Tenemos que cuidarnos porque somos lo único que cada uno tenemos aquí.

Las dos primeras semanas han sido de asimilación y adaptación pero también de mucha nostalgia. Ahora noto que estoy empezando a sentirme verdaderamente cómoda. La inmersión empieza a dar resultados. No me importaría quedarme unos meses más.

Veintisiete días de octubre

Estoy contenta. Creo que no quiero marcharme. No sé cuanto tiempo sería capaz de quedarme aquí, seguramente no para toda la vida, pero la distancia empieza a hacer efecto. No he dejado de amar lo que amo, pero sí empiezo a notar que podría vivir alejada, un tiempo indefinido.

Hoy hemos estado en El Plan, supervisando las obras de la nueva escuela. La subida a la comunidad dura más de tres cuartos de hora. El corazón a mil por hora, las piernas flojean, pero la sensación de pureza es indefinida. Abarca todo. El paisaje, los sonidos, los olores, no sabes muy bien de dónde viene pero te embarga. Te sobrecoge.

Por primera vez he notado que mi corazón interiorizaba el lugar en el que está. Es como si, después de veinte días, por fin supiera a qué he venido. Como dejarme llevar, mecer. Respirar hondo.

En este mundo en el que el tiempo no pasa, empiezo a sentirme brisa. Maleable, ligera. Es una sensación de calma extraña. No me siento preparada para volver, ahora no. Esta desconexión ha sido demasiado corta para sacarle un provecho medular. Volveré y todo estará igual, estaré bien unos meses porque estaré recargada, pero todo volverá al mismo lugar. Y entonces no sabré cómo salir.

Doña Margarita nos ha hecho esta mañana un té de jengibre y esta tarde un té de valeriana. Buenísimo. Pero nada supera su té de canela. Permanecerán en el recuerdo esos olores, esos sabores, el contacto caliente del líquido al bajar por mi garganta. Jamás he bebido tanto té seguido. Ni tan bueno.

Jesús ya ha vuelto de Teoxinte. Me ha gustado que me dijera que los niños han preguntado por mí y que me echaban de menos. Que le hablaban de mí y le decían que no quieren que me vaya. Es lógico yo fui la primera “gringa” que entró en su mundo. Y me gusta saber que ese espacio permanecerá. ¿Egocéntrico?, seguramente.

En este lugar seré siempre “la chica alegre”. No estoy segura de que alegre signifique lo mismo para ellos que para mí pero lo cierto es que no dejan de repetírmelo. “Es que es usted tan alegre…”. Debe ser por mi risa, constante y escandalosa.

Es muy fuerte la sensación de dejar aquí una parte de mí. Pero dejar sin vaciarme. Sin quedarme incompleta. Porque a medida que voy descargando unas cosas noto que me voy llenando de otras. Y me siento inmensamente más rica.

Veintiocho días de octubre

La sensación de bienestar se supera a sí misma a diario. Supongo que esto es parecido a estar subida en una montaña rusa. Ahora estoy en lo más alto. Hoy ha sido uno de los mejores días desde que llegué. Y esta sensación de ir superando las expectativas a cada minuto me hace sentir satisfecha. Como hacía años que no me sentía.

También me hace pensar, es inevitable, que a partir de ahora no quiero volver a sentirme de otro modo. Con esta visión calmada, de ser yo y el mundo. De tomar mis decisiones, de dirigir mis pasos, sin pesos, sin dependencias, sin exceso de responsabilidades. Este es justo el momento que temía. Empiezo a sentirme cómoda, segura, tranquila. No me quiero ir.

No es que no quiera volver a casa, lo que no quiero es irme de aquí. Que no es lo mismo. Al menos, no todavía.

Ha sido un sábado tranquilo. Por la mañana hemos bajado a Santa Bárbara a llamar por teléfono y escribir unos mensajes. Yo no he hablado con nadie, este sábado no. Aunque he escrito a todo el mundo.

He visto un parto en directo. En el autobús en el que íbamos montados una mujer ha dado a luz. La verdad es que nos ha pillado lejos para ver bien, pero estábamos todos pendientes hasta que el niño ha empezado a llorar. Ha sido una experiencia intensa y que sin saber muy bien porqué, nos ha llenado de una excitación indefinida y contagiosa. Debe ser el milagro de la vida.

He visto a Leo en la ciudad, el hermano de Joel, y me ha dicho que “les he hecho mucha falta esta semana. Que no van a dejar que me vaya”. Una lenta pero calurosa sensación de alegría se ha ido apoderando de mí. Ver como me miran, su cariño cuando me hablan, como estrechan mis manos entre las suyas y las aprietan con afecto, la sinceridad que hay detrás de todos sus gestos. Hacía mucho que no me sentía tan explícitamente querida. Tal vez la palabra exacta no sea querida. Valorada, o necesaria, o mimada.

Ninguno de los cuatro tenía dinero para comer, así que hemos comprado unas galletas antes de coger el autobús y esa ha sido nuestra comida. Y nuestra cena. Pero no tengo hambre, la verdad.

Más tarde han bajado a vernos Carlos y su hermano Henri, que es un cantante nacional de reggeaton, y nos han traído guineos y más té de valeriana. Y el otro Henri, el maestro de Santa Rita, nos ha acercado una bolsa de naranjas dulces.

Hemos echado unas risas, cantado canciones, contado chistes, adivinanzas. Carlos es un amor, una de esas personillas que despiertan toda la ternura que llevo dentro. Y me sorprendo de ser capaz de sentir con tanta delicadeza. Siempre se ríe y canta a todas horas. Es alegre, feliz. Y contagia a su alrededor toda la grandeza que lleva dentro. Rebosa energía y calma. Es muy difícil cruzarse con gente así en la vida. Gente tan especial.

La semana que viene estaré con Jesús en Teoxinte. Dice que ya han preparado una excursión a la cueva y otra a la poza. Que ha prometido a los niños que les voy a cantar una canción antes de irme y que voy a bailar con Giovanni. Creo que han preparado una fiesta de despedida.

Un mes es poco. Ahora que empiezo a entender cómo pasa aquí el tiempo, ya casi no dispongo para disfrutarlo. Y me da mucha pena. Pero una pena que no me pesa, que no me pone triste. Una pena que se manifiesta en un corazón que medio sonríe. Contento de estar viviendo esta experiencia.

Hoy hay una certeza recurrente. Sé, más que nunca, que dentro de mí existe la posibilidad de plenitud. Y ahora que la experimento no quiero estar de otro modo que no sea éste. Después de esta grandeza sólo puedo permitirme existir así, al completo.

Y no sé ni cómo ni dónde la hallaré. O si será algo que viajara conmigo y me acompañará donde vaya formando a partir de hoy parte de mí. Puede estar esperándome en casa, o no. Puede ser volver a mi trabajo, o no. Puede ser regresar a este rincón del mundo, o buscar otro rincón. De lo que ya no hay es opción de resignación. De vivir a medias. La vida es demasiado corta para pasarla entre la apatía, el medio lamento y la media sonrisa.

Hoy he reído como hacia tiempo que no reía. He vuelto a ser la Sandra alegre, risueña, sociable, amable, cariñosa. La Sandra completa y profunda, curiosa y capaz de asombrarse, como si todo fuera por primera vez. Esa Sandra que tan cómoda me hace sentir, que tanto me gusta. Que tanto me enseña y me alumbra. Y este reencuentro me hace feliz. Mucho. He estado demasiado tiempo perdida.

Veintinueve días de octubre

El día hoy es perfecto. Día gris, sin lluvia, con la justa temperatura para ponerme una chaqueta y estar delicadamente blanda. Tibia para el abrazo y la sonrisa, para el beso en la mejilla o la caricia en la cara.

Ni frío ni calor. Día de lectura, búsqueda de espacios vacíos y libres. Pensamientos calmados, sin apenas recuerdos. Imaginando qué me gustaría hacer a mi regreso. Pero sin echar de menos la cercanía, como al principio. Aclimatándome a amar en la distancia y porque sí. Sin necesidad física. Sintiendo sin más. Y apreciando que el amor no ocupa espacio. Que se puede amar mucho sin necesidad de encadenarte. La independencia emocional que siento ahora mismo justifica todos los riesgos que haya podido correr al hacer este viaje.

Consciente de que conmigo, nunca me aburro. De que soy capaz de cuidarme sola, cómoda en este ambiente de machetes y pistolas que tanta inseguridad me hacían sentir al principio.

Mañana a las cinco da la mañana cogeremos con Jesús el bus hacia Teoxinte. Una hora en autobús y una hora más caminando. Pero aquí caminar no es pasear. En esta tierra el terreno es muy irregular, Y todo son grandes pendientes o grandes bajadas. De ahí su nombre: Honduras. Los paseos aceleran el pulso y te sacan el latido por la boca. Claro que yo sigo agradeciendo esos esfuerzos físicos que cierran mi mente a los pensamientos recurrentes.

Mi última semana con los niños. Será una semana intensa, y no sé si estoy preparada para las despedidas.

12/11/2006 21:38 Autor: voces. #. Tema: Cuaderno de Bitácora No hay comentarios. Comentar.

Honduras III

Quince días de octubre

A las cuatro de la mañana me desperté con diarrea y un terrible dolor de cabeza.
He aguantado un par de horas hasta que Noemí ha ido a buscarme un poco de zumo de limón y me he tomado una pastilla.

Me ha empezado a subir la fiebre y después han llegado los vómitos. El médico no estaba en el pueblo y Noemí ha ido a llamar a una curandera para que me viniera a dar un masaje. Menos mal que esto no me ha pasado en Teoxinte.

Doña María, la curandera, me ha sobado la barriga, que la tenía muy hinchada. Me ha dicho que tengo gastroenteritis. Creo que aquí llaman gastroenteritis a todos los dolores de barriga. Me ha mandado un suero para evitar que me deshidrate y me ha recetado unas pastillas para la infección y para bajar la fiebre. Las vecinas me han hecho jugo de limón con azúcar y té de canela.

Me he pasado todo el día en cama, durmiendo y sin fuerzas para moverme. Cómo he echado de menos a mi madre.

A media tarde Noemí ha tenido que volver a llamar a la curandera porque me ha vuelto a subir la fiebre y ha venido a hacerme un masaje con alcohol. Me siento muy débil y no he podido comer nada en todo el día. He dormido más de catorce horas.

Dieciséis días de octubre

Hoy he amanecido mejor. Me siento floja pero ya no tengo fiebre y aunque me duele el estómago no tengo diarrea ni ganas de vomitar. Me preocupa un poco la vuelta a Teoxinte. No creo que caminar dos horas en burro bajo este sol me siente muy bien, pero tengo que irme. No puedo faltar la primera semana de clase.

He aprovechado que aquí hay electricidad para cargar el portátil y poner al día el diario hasta que venga Carmen a buscarme.

Diecisiete días de octubre

Es la inactividad de este país lo que me mata. El ver pasar el tiempo sentada en una esquina. No juzgo, no digo que sea malo, sólo que yo no sé hacerlo. Mi mente no puede estar callada y me tortura.

Reflexionaba sobre las diferentes formas de vida. Es como si entre mi mundo y éste hubiera cincuenta años de diferencia. Pero no es avanzar lo que hemos hecho nosotros. Nos hemos pasado de la raya. Allí exceso, aquí defecto.

Cómo me ha servido el día de hoy para echar de menos. Echar de menos a T. Qué ganas de entrar en mi casa, pasear por mi pueblo, abrazar a mi gata, comer jamón y beber vino. Qué ganas de ir a comprar el sábado por la tarde para hacer juntos la cena, ver una película, un buen postre, abrazarnos, irnos a dormir juntos.

Pero también qué ganas tenía de saberlo. De echar todo eso de menos. Siempre he pensado que mi vida no es perfecta, desde aquí pienso que soy yo la que no la deja ser perfecta. Hoy creo que esa es justo la vida que quiero.

El día ha pasado más rápido. Después de la clase de los niños he subido con Carmen a la finca de Joel, dos horas caminando. Hemos cogido juñapas –una especie de acelga que se come cruda, a ellos les encanta pero a mí no me gusta nada– y patastes –una verdura parecida al calabacín pero con forma de calabaza–. En la finca me han dado de comer guineos, dulcísimos. Y el papá de Leo me ha preparado caña de azúcar para chupar. He visto cómo recogen el café y comido una especie de moras silvestres.

A la vuelta eran ya las cuatro así que no me ha dado tiempo más que a lavarme y prepararme para la clase de la tarde. Los días así son menos largos, no necesito pensar tanto. Y puedo dedicarme en exclusiva a la experiencia.

Este viaje implica cambio, renuncias. Son voluntarias, pero no del todo conscientes hasta que no estás aquí. Quiero decir que aunque yo sabía a lo qué venía, hasta ahora no he experimentado lo que suponían esas renuncias. Era una apuesta a ciegas.

Esta tarde he vivido mi primer huracán. Una lluvia torrencial acompañada de un viento muy fuerte. Toda la gente se ha encerrado en las casas a esperar que pasara. He sentido algo de miedo, pero controlado. La naturaleza es imprevisible, nunca sabes qué puede pasar. Y en estas casas tan ligeras, con estos techos de zinc que multiplican los sonidos por mil, la sensación de fragilidad hace que te sientas débil. Vivir en una selva, viendo como los rayos funden árboles delante de ti y los techos de las casas vuelan, es una experiencia desbordante, pero acojona.

Ya estaba en la cama cuando Chepa ha entrado a dejarme un bote de miel para que me dé un masaje en la rodilla. La verdad es que ahora que me conocen más se portan muy bien conmigo. Yo procuro dar poco trabajo, me lavo mi ropa, me hago mi cama, recojo y lavo mis platos. Como una más de la casa. También hago mis labores médicas, les desinfecto las heridas a los niños, les pongo tiritas, les doy medicinas. Espero que si uno de los niños se rebana un dedo con un machete no me lo traigan para que le cure.

Lo que peor llevo es la falta de intimidad, desde que llegué no he tenido ocasión de estar cinco minutos sola. Cuando vuelva tendré que hacer una cura de soledad. Unas horas en aquél rincón de mar. Que, ahora que pienso en él, me devuelve sensaciones cálidas.

Vocabulario y expresiones: Árbol: palo, mirar: ver, trapo de cocina: manta; guineo: plátano, ¡puchica!: una exclamación, cipote/a: niño/a, bolo: borracho; chancho: cerdo, poder: saber, pena: vergüenza. No existe la segunda persona, ni del singular ni del plural, siempre es usted o ustedes. Gesticulan mucho con la cara y enfatizan mucho cuando hablan.

Veintitrés días de octubre

Después de unos días rodando por este país, con la mochila a cuestas, parando coches, cogiendo autobuses, comiendo en la calle, sin comer, viendo ruinas, chupando naranjas, sorbiendo frescos. Aquí estoy de nuevo.

Han sido tres días intensos, hemos cogido al menos siete autobuses y un carro. Visitado un hospital con un cuadro clínico bastante delicado: fiebres, diarreas, vómitos, infección de orina y dolor de riñones. Pero sana y salva de nuevo en casa. En esta casa que sólo son cuatro paredes, un colchón en el suelo y una gran mesa.

Allá en el hospital no fui demasiado consciente de nada, llegué bastante acabada.

Las ruinas mayas de Copán son impresionantes. Lo único que parece estar un poco cuidado en este país. Se nota que no hay turismo, todo está descuidado. Unas ruinas tan importantes, conocidas por su valor arquitectónico como la antigua Grecia del nuevo mundo, y sólo nos cruzamos con un par de grupos escolares.

Ya llegó Jesús, un chico valenciano que pasará aquí diez meses. El se quedará en Teoxinte para sustituirme cuando yo me vaya. Como tengo que hacer reposo esta semana por la infección de riñón, él dará las clases. Me da algo de pena no poder ir pero no quiero dejar el tratamiento y para eso tengo que quedarme en Santa Rita. En Teoxinte no hay quien me pueda pinchar.

Hoy ha vuelto a llover por la tarde. La lluvia sigue poniéndome blanda. Es curioso, aquí lo único que huele igual es el agua que cae del cielo.

Veinticuatro días de octubre

Todo el día ocioso. Hablando con los niños, oliendo, mirando las nubes que se acercan a lo lejos. Lo verde del monte que tengo delante. No va mal un día completo de relax. Además no acabo de encontrarme bien. Sigo con diarrea.

Hace una semana que no tenemos agua y no he podido lavar la ropa. Para lavarnos bajamos a la fuente, pero tenemos media hora andando y sólo puedo traer un cubo en cada viaje. Claro, asearse con un cubo de agua queda más bien justo. Además hay que coger agua para el servicio. Si da asco entrar cuando hay agua, sin agua, no hay quien entre.

Las condiciones son lamentables. Por muy mal que esté el país creo que la fundación tendría que tener habilitado este lugar un poco mejor. No podemos estar enfermos, solos, sin agua, durmiendo en una colchoneta en el suelo. Tampoco le doy muchas vueltas, pero no creo que esté bien organizado. La lucha verdadera está bien, pero hay necesidades básicas que la gente de la comunidad tiene cubiertas. Deberían estarlo para los voluntarios también. En fin.

Veinticinco días de octubre

Parece un tópico recurrente aquello de que tenemos una dieta muy sana y variada pero, es del todo cierto. No es que la comida aquí esté mala, pero no hay variedad. Basada en hidratos de carbono fundamentalmente.

El maíz y el café son la base alimenticia. Las tortillas maíz se comen a todas horas, para desayunar, para almorzar y para cenar. Están hechas de harina de maíz, recién molido, amasadas con agua y puestas a la leña. Parecidas al pan, pero empachan mucho.

El café te lo dan a tomar a todas horas. Está bueno de sabor pero como lo hacen con agua hirviendo, sin ninguna presión, el sabor no es el mismo. Es mucho más suave.

Lo que de verdad me gustan son los jugos, agua con azúcar y algún cítrico exprimido. Naranja, limón, lima, mandarina agria.

También son muy típicas las “tajaditas” rebanadas de plátano frito, que ellos las comen a todas horas, como para picar. Pasta, arroz, frijoles, queso de cabra hecho en casa. Pero nada más de lácteos y muy pocas proteínas o grasas. En las aldeas solo pollo, muy de vez en cuando. El resto de carne de res o de cerdo es muy cara. También algún huevo.

La variedad de recursos que sacan de la montaña es su principal sustento. Naranjos, limas, mangos, cocos de agua, cocos marrones, juñapas, moras. Se pasan el día comiendo fruta.

Yo como he estado delicada del estómago estos días, sólo he comido líquido y arroz hervido. Menos mal porque, aunque me gusta todo lo que aquí se come, al tener el estómago delicado, no me apetecían nada lo sabores de aquí. Sólo pensaba en patatas hervidas o verdura cocida.

Observación: De todas, hasta ahora me quedo con la imagen de las luciérnagas. Nunca había visto ninguna y mucho menos miles juntas. Al anochecer, cuando subo para la clase de los adultos, paso por un campo llano. La calle no está alumbrada pero como hay penumbra no enciendo la linterna.

El espectáculo es majestuoso, único. El primer día me dejó con la boca abierta. Miles de luces intermitentes de un color verdoso amarillento se encendían y apagaban de forma intermitente. No hay palabras para explicar la fuerza natural que se siente ante una naturaleza tan desbordaba. Impresionante.

10/11/2006 23:13 Autor: voces. #. Tema: Cuaderno de Bitácora No hay comentarios. Comentar.

Honduras II

Once días de octubre, noche

No me había sentido tan triste desde que llegué aquí como me siento hoy. Estoy sola en una comunidad que no ha visto una extranjera (gringa para ellos) en toda su vida. Ni siquiera sabían que llegaba hoy. Me miran con desconfianza, o tal vez sólo sea curiosidad. Creo que algo de desorganización.

La profesora es una chica de veinte años, cuando ha terminado la clase me ha acompañado a casa de Chepa (Josefa), Joel y los tres pequeños, Fred, Ever y Edward. La familia de la comunidad con la que viviré entre semana. Los niños no dejan de perseguirme. Y me miran como si fuera de otro planeta.

Es alucinante la inactividad que hay en este país. La gente no tiene nada y para no tener nada no hace falta hacer nada. Eso es lo que hacen exactamente: nada. Y no por falta de recursos, hay muchas organizaciones trabajando aquí, es apatía. No puedo entender esta actitud. Tal vez es que están demasiado acostumbrados a que les regalen las cosas que no valoran el esfuerzo que suponen. Me invade una sensación de impotencia inmensa.

Cuando intentas hacer algo por ellos, ves que les da igual. Por ejemplo, en la aldea en la que trabaja Noemí, han traído un albañil de San Pedro para que les enseñe el oficio. Son unos estudios que sólo se pueden hacer en la ciudad, y son muy caros, pero han conseguido traer, con ayuda de la municipalidad, un profesor que se quede en la comunidad de lunes a viernes para que les enseñe.

Con este curso, obtienen una titulación reconocida con la que pueden ejercer y ganarse muy bien la vida. Mientras aprenden, están construyendo la escuela y el kinder –la guardería– de su comunidad. La fundación les paga todo el material, y ese aprendizaje les servirá para poder integrarse en un mundo laboral que, en estos momentos, está muy fuera de su alcance.

Pues, es alucinante, pero de todo el pueblo sólo se han apuntado doce personas al curso. Y van porque la fundación les ha prometido que luego les dará material para que puedan hacerse su casa. El resto prefiere quedarse todo el día en casa. Viendo las horas pasar.

Así es que en contra de lo que pudiera pensar antes de venir, lo difícil de estos lugares, no es combatir la corrupción política, que también hay, sino ser capaz de entusiasmar a este pueblo. Movilizarlo. Niñas que se quedan embarazadas a los trece o catorce años, en muchas ocasiones por sus propios padres. Hay mucho trabajo.

Una de las cosas curiosas que me ha pasado hoy ha sido el tema de los almuerzos escolares. He estado en una reunión de madres con Carmen, la profesora. Por lo visto la municipalidad, para asegurarse la nutrición de los niños de las aldeas, subvenciona la materia prima para que cada día las mujeres de la comunidad se encarguen de cocinar el almuerzo de los niños.

Cada día se encargan dos mujeres distintas, con lo que sólo toca una vez cada dos semanas, más o menos. Pues, la cuestión es que había muchas madres que llevaban un tiempo sin querer cocinar porque decían que a sus hijos no les gustaba comer en la escuela.

Lo cierto es que a la mayoría les da pereza tener que hacer un almuerzo para tantos niños. Pero no porque tengan otra cosa que hacer. Ni siquiera para ellos hacen de comer a diario. El desorden alimenticio y la falta de higiene son dos de los problemas principales.

Todavía no he visto a Chepa, sentarse en la mesa a comer. Y nada de hacerlo en familia, desde luego. Joel come cuando llega del campo, el niño mayor cuando llega de la escuela, al pequeño sólo le he visto comer naranjas y el bebé toma el pecho. El componente de relación social que tiene en nuestra sociedad el hecho de juntarse para comer, aquí no tiene ningún sentido. Los matrimonios apenas hablan entre ellos, tampoco con los niños. No hay apenas dialogo racional.

Al final la maestra les ha dicho que si decidían dejar de hacer la merienda dejarían de recibir la subvención. Esa y cualquier otra subvención que se destinara a la aldea. Aún y así, se han borrado cuatro madres. El resto ha dicho que seguiría haciendo la merienda. De momento.

Todo funciona igual aquí. Es difícil de asimilar pero más de entender o respetar esa actitud. Sólo viven para ver pasar el tiempo. Los días. Y para traer hijos al mundo, no más.

Acabo las clases de la mañana con los niños a las doce y hasta las seis de la tarde no vuelvo con los adultos. En esas seis horas me muero de aburrimiento. La gente sólo descansa en una silla, quien la tiene. No hay nada más que hacer. Desde que estoy aquí soy el entretenimiento oficial. La gente pasa por la puerta de la casa sólo para verme, mirarme, como dirían aquí, siempre hay seis o siete niños a mí alrededor.

No tenían previsto que yo comiera aquí y han tenido que improvisar una sopa y unas tortas. La comida se cocina diferente pero como bien, cuando como.

La verdad es que algo insegura sí me siento cuando lo pienso. Álvaro me ha dejado sola en un lugar del que sería incapaz de salir sola. Metido en el corazón de la montaña, a dos horas a pie de cualquier contacto humano, sin teléfono. Si me pasara alguna cosa no sabría a quién decírselo, Noemí está a más de dos horas a pie. Es por eso que hoy estoy algo triste y también desorientada.

Ella estuvo acompañada el primer mes pero yo sólo llevo tres días aquí. Compensan los niños y las clases de la noche. Por lo demás, ahora mismo quisiera estar en casa. Echo de menos a T. y a Ada. Mi vida. Quisiera hablar con mi madre. En cierto modo me lo merezco, por haber deseado estar tan lejos de todo lo que quiero.

Esta organización está comprometida, es cierto. Y el trabajo que realizan los cooperantes es trabajo de campo, del de verdad. Nada de turismo. Es trabajo directo en la comunidad, supervivencia, reto personal. Que está bien, en realidad es lo que venía a hacer, pero hay que estar mentalmente muy preparado para sobrellevar la presión psicológica. Venimos de un mundo en el que todo se racionaliza, se procesa. Y aquí es todo lo contrario. No hay ningún proceso mental que no sea el primario. Estoy segura de que en las ciudades debe ser distinto, pero en las aldeas, que además sufren un gran problema de incomunicación, tecnológica y física, el tiempo pasa como si nada existiera en realidad. Sólo tiempo. Es difícil de asimilar. Yo no puedo callar mi mente. El justo término medio estaría a caballo entre una cosa y otra. Ellos no llegan, pero nosotros nos hemos pasado de largo.

La ventaja de estar resultando un trabajo duro es que, aunque la experiencia resulta interesante, he entendido que yo no podría quedarme aquí para siempre. Necesito mi gente, mi casa, mis costumbres. Necesito mi mundo. ¿Me necesitará mi mundo a mí?

Doce de octubre

Afortunadamente las cosas se van viendo de otra manera. La gente me va ha aceptando como parte de la comunidad y me muestran su cariño, cosa que se agradece muchísimo al estar tan lejos de casa.

Hoy no han parado de traerme cosas para comer, todos los vecinos pasan por la casa de Chepa y Joel, o por la escuela, para traerme patastillos, mazorcas de maíz, refrescos, leche de cereales. No quieren que pase hambre. Pablo, el líder de la comunidad, me ha dicho que pida cualquier cosa que necesite, que ellos sólo quieren esté feliz entre ellos.

Sigo pensando que, por parte de la fundación hay una mala organización. Dejarme aquí, lejos de todo, en una comunidad extraña para mí y sin poder comunicarme, me parece irresponsable. Pero también es cierto que ésta es la verdadera aventura. Dura al principio, pero la de verdad. Animales venenosos. Personas que cuando van bolos (borrachos) se lían a machetazos o tiros. Hoy por primera vez he visto un arma de fuego. Joel tiene dos. Cuando he ido a ducharme, he visto una encima de la ropa sucia. Y tiene otra en la cocina. No he podido evitar impresionarme, la verdad.

La gente me va perdiendo el miedo y me busca para platicar. Me voy ganando su confianza y nos sentimos cada vez más cómodos. Ellos y yo.

Esta mañana hemos salido a la calle con los cipotes y cipotas – niños y niñas de menos de doce años – para recoger la basura que había tirada por la calle. Claro, aquí no hay ni una papelera y mucho menos servicio de recogida de basura. Los más concienciados, que son pocos, amontonan los restos de desperdicios y los queman. Cada quince días más o menos.

Niños de seis y siete años con machetes de más de un metro de largo cortando las hierbas del camino. Más de uno se ha rebanado el dedo alguna vez.

Cuando hemos acabado, Carmen me ha dejado darles la clase. A los de quinto y sexto grado les tocaba hablar en ciencias del sistema reproductor y, aunque ella no me lo ha dicho, he entendido que le daba vergüenza hablar a los niños de sexo, eyaculación o menstruación. Y lo he hecho yo.

Carmen tiene ganas de aprender aunque aquí las posibilidades escasean. Me ha pedido si le puedo dar clases particulares a mediodía. Yo encantada, claro. Así que ahora tengo una actividad más.

También me ha pedido la dirección para escribirme. Dice que un primo irá el mes que viene a España, aún no sabe dónde, le he dicho que si viene a Barcelona le dé mi teléfono. Estaré encantada de poder ayudarle desde allí.

La historia de esta comunidad es que, desde las doce que acaban las clases de los niños hasta las seis que empieza la de los adultos, no tengo mucho que hacer. Y seis horas sin hacer nada, ni poder pasear, ni ver la televisión, ni oír la radio, sólo sentada en la puerta viendo la gente pasar, se pueden hacer muy largas. Por eso he empezado a buscarme actividades.

Hoy, después de clase, he ido con las mujeres de la comunidad a hacer Tamales. Unas tortitas de harina rellenas de especias, carne y arroz. Empaquetadas en unas hojas de guineo y cocinadas al fuego. Me han enseñado cómo hacerlos. No se me daba mal. Hemos hecho cien y luego las niñas han ido por las casas vendiéndolos a dos lempiras el Tamal. A mí, por haberles ayudado, me han traído tres tamales de regalo.

Este es un país muy machista y no está bien visto que una mujer salga sola a la calle cuando ya ha oscurecido. Ni decir de fumar, o beber. Y yo procuro seguir las costumbres. No quisiera encontrarme con el machete de algún embolado.

Con los hombres procuro no estar demasiado “amable”. Por lo visto son muy susceptibles a las amabilidades femeninas y podrían darse malos entendidos. Aún y así, por el hecho de ser “la maestra” parecen tenerme un respeto añadido. Les gusta pararse, cuando me encuentran por la calle, a platicar conmigo.

A mí lo que más me gusta, con diferencia, es la clase de los adultos. Se me pasan las dos horas volando. No imaginaba que me fueran a hacer sentir tan bien.

Sólo por eso, cuando hoy me han dicho que no quieren que me vaya, me ha dado pena pensar en tener que irme tan pronto. Joder, qué difícil va a ser cuando haya empezado a ver algún resultado y les haya cogido más cariño – y ellos a mí más confianza – tener que irme y dejar el proyecto.

La profesora que les daba antes clase a los adultos es Carmen, la misma que les da clase a los niños. Su nivel es muy justo para dar las clases de séptimo grado. No entiende bien los libros de texto, ni siquiera sabe qué países limitan con Honduras. Por eso ha decidido venir también a las clases de los adultos como alumna y estudiar con ellos.

Sabiendo que la educación es la base por la que se empieza a erradicar la miseria de un país. Se siente impotencia al ver el nivel de la enseñanza. Pero no se ve fácil solución.

Hoy, a primera hora, hemos dado clase de inglés y después hemos estado hablando de las formas de gobierno que existen, aunque estaba un poco fuera de programa. Me ha alucinado ver que los adultos no sabían la diferencia entre una dictadura, una república o una monarquía. Ni si quiera saben qué sistema político gobierna Honduras.

Cuando ha terminado la clase estaban todos entusiasmados, lo hemos pasado bien. Tienen ganas de que llegue el lunes para volver a la escuela. Eso es lo que me motiva. Lo que hace que me olvide de que estoy a cinco mil kilómetros de casa, de que estoy sola y de que el tiempo, a veces, pasa demasiado despacio.

Me han pedido que no me vaya, que me quede al menos hasta Navidad para que pueda pasarlas este año con ellos. Llevo sólo unos días pero ya me dicen que no quieren que me vaya, que no quieren otro profesor. La verdad es que creo que he encajado bien aquí. “Con usted si que entendemos la lección, maestra. Y habla tan bonito”.

Les he prometido enviarles fotos de mi pueblo, de mi casa. Libros y una foto para que entiendan de que trabajo. Se lo he explicado pero no tienen ni idea de qué es.

Hoy ha sido el primer día que he pensado que me gustaría seguir con ellos hasta el final del ciclo. Aunque por otro lado, es cierto que echo de menos mi vida. Las comodidades. El tener siempre el tiempo ocupado. La intimidad. Estar sola. Aquí todo el día hay alguien, sobre todo niños, siguiendo mis pasos.

En fin, llueve sin parar desde hace más de una hora. Mañana iremos al campo con los niños a hacer clase de educación física. Y después de las clases, vuelvo para Santa Rita, con Noemí a pasar el fin de semana. Hay dos horas de camino en burro a través de las montañas. Será toda una aventura. De nuevo.

Trece días de octubre

Esta mañana hemos bajado a hacer clase de gimnasia. Jugado a la comba, a estirar la cuerda, a fútbol. Les he enseñado los juegos a los que jugaba yo de pequeña. Qué sensación más extraña. Como de dejarles una parte de mí aquí.

Luego hemos seguido con clase de lenguaje. Las faltas de ortografía son incontables. No he sido capaz de corregirles el dictado, no tenían ni una palabra bien escrita. No sólo la ortografía. Juntan palabras, cambian el orden de las letras, cambian zetas por eses, eses por ces. En fin, imposible.

Al acabar la clase, después de almorzar, Jairo, le ha prestado un caballo a la maestra y ella me ha dejado su burro para poder llegar hasta Santa Rita donde me esperaba Noemí. El viaje por la montaña no se me ha hecho nada largo. Es curioso como allí un viaje de más de una hora en coche se me puede hacer eterno y aquí, dos horas en burro, me han pasado volando. Suerte de que me gusta montar y me gusta la montaña. Los paisajes en este país son impagables.

Por la noche, con Noemí hemos ido a cenar a casa de Doña Cándida, una mujer que hace cenas por un euro. Y nos hemos tomado unas cervezas. Las primeras desde que estoy aquí. Está bien poder mantener una conversación coherente de más de tres frases con alguien.

Catorce días de octubre

Hoy hemos estado en Santa Bárbara, la ciudad más grande de la zona. Es como un pueblo. Hay farmacias, tiendas. He podido llamar por teléfono. Hablar con T. y con mis padres. Escribir algunos correos. En fin, un poco de contacto con el mundo exterior.

Me ha ido bien pero la verdad es que me ha dejado algo nostálgica. Sólo llevo una semana y es como si llevara un año fuera. Me gustaría estar más cerca y poder darles un abrazo. No es que quiera volver, sólo es necesidad de calor conocido.

La mañana ha pasado pronto. Y luego de regreso a Santa Rita, otra hora y media en autobús.

Esta noche he empezado a notar el estómago revuelto. Creo que la cena no me ha sentado muy bien.

09/11/2006 23:33 Autor: voces. #. Tema: Cuaderno de Bitácora No hay comentarios. Comentar.

Honduras

Ocho días de octubre

Empieza la aventura. Aún no puedo creerme que mañana a estas horas estaré al otro lado del Atlántico. Tengo la sensación de haberme olvidado algo importante pero no me agobia demasiado. Cualquier cosa que haya podido olvidar al hacer el equipaje podrá ser sustituida.

Nueve días de octubre

He cogido los dos primeros vuelos dentro del horario previsto. En estos momentos hace una hora que cogí el IB6301 dirección San José, después de pasar casi de puntillas por Madrid.

El vuelo dura diez horas y media con lo que calculo que calculo llegar a Costa Rica cuando en Barcelona sean las once de la noche.

He tenido mucha suerte con los asientos. Tanta, que me lo planteo como la primera señal de que voy hacia el lugar correcto. Soy la única pasajera del avión que va sola en una fila de dos. Podré escribir, leer, dormir, estirarme sin molestar a nadie. El viaje será cómodo. Y eso me pone de buen humor.

Sonrío cada vez que me reconozco desde fuera. No lo puedo evitar. Estoy asustada, la incertidumbre me hace cosquillas, pero por primera vez me siento valiente. Por primera vez en mucho tiempo me siento responsable de haber tomado una decisión. Pese a la incomodidad que siempre provoca la ruptura de rutinas.

Puede parecer insignificante para alguien que esté acostumbrado a vivir improvisando pero para mí, que cargo con la losa de sentirme responsable de todo lo que sucede a mi alrededor, ser capaz de anteponerme, como prioridad, es todo un logro.

Las emociones son intensas, es cierto, pero cuando las proceso siempre me devuleven sonrisas.

Me he sentido algo desorientada en algún momento. Cuando he sido de verdad consciente de que T. no me acompañaba esta vez, por ejemplo. Cuando él se ha ido y he tenido que asumir los roles de los que siempre me libro en su compañía. Acostumbrada a ser complementarios ha sido como si me hubieran mutilado. Somos parte de la misma cosa. Me siento incompleta. Le echaré de menos.

Por otro lado, sentir que debo cuidar de mí misma me hace consciente de una cierta prudencia hasta ahora desconocida en mí. Él es siempre el que prevé los posibles contratiempos. Pepito Grillo. La voz de nuestras conciencias. Es curioso pero al no estar, yo he asumido de forma automática esa responsabilidad. Y me gusta la sensación de ser quien decide hasta dónde estoy dispuesta a asumir riesgos.

No sé qué voy a encontrar, ni siquiera qué me gustaría encontrar. Desconexión, supongo. Una opción. Descanso, capacidad para mirar y descubrir la ubicación exacta. Me siento dueña de mi propio destino. Alejándome de todo lo que de verdad me importa, de la gente a la que quiero, para poder encontrarme en el mundo. En el lugar que sea, pero encontrarme de una vez. Sensación que hace que me sienta poderosa. Y sobre todo libre.

Me he quedado esperando una llamada. Esperaba un “buen viaje”. Ni siquiera sé si se lo ha planteado. Aunque pensar en él ahora no tiene sentido. No pensar tampoco. Echarle de menos es absurdo. No pienso hacerlo. No se puede echar de menos algo que no se ha tenido del todo nunca. Algo que ni siquiera estas segura de querer tener para siempre.

Me he ido en el momento emotivo más intenso y no sé qué repercusiones tendrá. Puede servir para desbordar más, si eso es posible. Para enfriar, o para seguir exactamente igual.

Nueve días de octubre, todavía

Sigo volando, por fin a cuatro horas de San José.

En este justo momento, me siento desubicada. Apunto de llegar a mi destino, me asusto. Desde que decidí hacer este viaje no había sentido tanto miedo al pensar en lo que me espera, y aunque entiendo que es natural sentirlo, resulta incómodo. Hasta ahora eran otro tipo de miedos los que tenía. Miedos que ahora se difuminan. Es como si todo este tiempo hubiera estado tan preocupada por huir que no hubiera sido capaz de ver el horizonte de la huída. Ahora me asusta lo desconocido. La experiencia a la que he decidido enfrentarme. Un mes puede ser mucho tiempo si las cosas no van bien. Tengo miedo de no saber estar a la altura de esta aventura.

Es como si sólo en este momento, cruzando el atlántico, haya entendido de verdad dónde voy.

A diferencia de hace unas horas, en este momento, el miedo es recurrente y me repite constante que debería haberme quedado en casa. Al menos allí me sentiría segura. El miedo es muy jodido cuando se pone pesado.
Pero vuelvo la cabeza, miro por encima del hombro y me recuerdo cansada, infinitamente cansada. Y triste. Era el momento de salir. Necesito este espacio. Así que voy a respirar hondo y voy dejarme llevar.

Todo esto sólo puede ir bien. No cabe otra posibilidad.

Diez días de octubre

Ya estoy en San Pedro Sula. En casa de la teniente alcalde del municipio de Santa Rita. Álvaro y Noemí han venido a buscarme al aeropuerto. Aún no he visto la ciudad porque era de noche cuando he llegado. Pero la primera impresión ha sido, como en otras ocasiones, la fuerza de los olores. Muy cansada del viaje, eso sí.

Me han explicado el proyecto. Mañana iremos a la comunidad en la que trabaja Noemí y me enseñarán el programa escolar que tengo que seguir. Estaré una tarde con ella y su grupo y el mañana me llevarán a la comunidad de Teoxinte donde daré las clases.

Una comunidad es un grupo de casas situadas en la montaña y de difícil acceso. A veces hay que caminar más de una hora para poder llegar. En la mayoría no hay corriente eléctrica, los niños no tienen posibilidad de seguir estudiando cuando salen de sexto grado, con doce años, así que su única posibilidad de futuro se reduce a sin son mujeres, casarse a los catorce años y ser madres y si son hombres, irse a trabajar a la milpa. Son las áreas más pobres del país. Y lo triste es pensar que no hay perspectivas de que esto pueda cambiar a corto plazo.

Por la mañana trabajaré con la maestra de la comunidad en la escuela y por la tarde empezaré a desarrollar un proyecto de educación secundaria con adultos. Tiene buena pinta. Aunque me da algo de vértigo el reto.

El viernes por la tarde, cuando acaben las clases, volveré a Santa Rita a pasar el fin de semana con Noemí, será cuando aproveche para bajar a Santa Bárbara. Llamar por teléfono y conectarme a Internet.

Así que este es el plan. Dar clases, sin presión, porque el nivel aquí está muy por debajo del nuestro. Mi exigencia personal de hacerlo lo mejor posible. Y mucha ilusión. Este sí que es un proyecto de inmersión.

Noemí es una tía maja y Álvaro, el responsable de la fundación aquí en Honduras, un tío muy comprometido con su causa. A primera vista parece una fundación auténtica. Y eso me relaja. Hemos hablado de la realidad del país, de cómo trabajan la mayoría de oenegés y de lo difícil que es en realidad hacer algo por la causa. Porque la dificultad no sólo es económica. Hay una tendencia natural del pueblo a no hacer esfuerzos, que dificulta cualquier acción.

Relajada, tranquila. Ilusionada.

Sé que es muy pronto para sacar conclusiones pero me siento abierta por completo a esta experiencia. Libre.

Diez días de octubre, más tarde

Después de dormir cuatro horas me encuentro mejor. Tengo hambre, eso sí, no sé desde cuando no como nada. Me duele la cabeza y el bochorno es insoportable. Ahora es época de lluvias, debería empezar a acostumbrarme a este calor infernal.

Me he metido en la ducha - por lo visto no lo haré a menudo - y no me he llevado la toalla al baño, así que me he tenido que secar con la ropa sucia. Está claro, soy un desastre para la logística. A T. jamás le habría pasado algo así.

Ahora me doy cuenta de que he hecho la bolsa tan mal como he podido. Lo he puesto todo al revés. El jabón, al fondo. Las toallas, también. He tenido que deshacer la mochila para coger el neceser. Total, para luego meterme en la baño sin toalla. En fin. Sólo puedo reírme.

Aquí la vida empieza a las cinco o las seis de la mañana. Noemí me ha dicho que en las comunidades es incluso antes.

No estoy en la ciudad más segura del mundo. La gente anda con armas de fuego por la calle y no es extraño encontrarse algún decapitado tirado en un arcén. De todas formas creo que, sabiendo que hay cosas que por ser mujer no debo hacer aquí, no tengo porque tener problemas.

Es difícil imaginar qué estoy viendo, sintiendo, asimilando. Todo es demasiado intenso.

Hoy el día será largo. Cinco horas de coche hasta llegar a nuestro destino

Diez días de octubre, noche

Ya he llegado a Santa Rita, un pueblo de Santa Bárbara. Aquí se encuentra la comunidad de El Plan. He hecho una clase con Noemí y hemos estado mirando el programa de estudios. Son unos libros de texto, divididos en cinco bloques: población, ambiente, salud, ciudadanía-democracia y comunicación. Además hacen otro bloque de inglés. Todo acompañado por un soporte de audio. El programa no es muy bueno en contenido, la verdad. Está hecho por los gringos, muy de su estilo, pero es bastante mejor de lo que se ve por aquí.

Desde el fondo cristiano, que es la sala en la que están nuestros colchones, a la escuela de El Plan, hay más de media hora caminando a través de la montaña.

Las comidas son un poco caos. Desde la mañana que he desayunado un capuchino y una galleta a las nueve y media no he comido nada hasta las siete de la tarde. Unas rodajas de plátano frito, frijoles y un trocito de pollo.

Hoy he conocido a los niños de la comunidad y a sus familias. “Es bien guapa la españolita”. He probado la caña de azúcar, que sólo se chupa, no se traga. He llevado un cuatro por cuatro por la ciudad más peligrosa de Honduras, en la que a la puerta de cada comercio hay un guardia de seguridad con una metralleta y las maras se pasean casi con impunidad, y los niños me han enseñado a hacer pulseras de lana.

Demasiadas experiencias para un sólo día.

Once días de octubre

Me he lavado con un cubo y me he puesto la ropa de ayer. Hoy dejo a Noemí en Santa Rita y me voy a Teoxinte, con Carmen, la profesora de primaria. Álvaro me ha dicho que el nivel de los profesores es muy bajo, apenas saben las cuatro reglas. Poco más.

No tengo tiempo de nada, ni de pensar. Me gustaría escribir muchas cosas porque son intensas las sensaciones pero estoy cansada y apenas me queda tiempo para poder dedicarme a analizar. No quiero perderme nada y cada vez que pasa algo extraordinario me gustaría poder registrarlo, pero aquí es difícil encontrar un espacio de tiempo en soledad.

Supongo que todo irá ocupando su lugar. Que iré acostumbrándome a todo lo que me descoloca.

Álvaro es un tipo raro, muy comprometido -tal vez demasiado- pero con un humor especial. No me gusta mucho cómo trata a Noemí pero no nos veremos demasiado. Mejor.

Llevo sólo tres días y ya parece que lleve media vida aquí.

Ahora mismo ha venido a verme José, el hijo de la dueña de la pulpería, me ha explica cómo se hace la recogida del café. Se percibe cierta inseguridad en este pueblo. La gente anda con pistolas y de vez en cuando se oyen tiros por la noche.

05/11/2006 19:40 Autor: voces. #. Tema: Cuaderno de Bitácora No hay comentarios. Comentar.

Costa Rica: paraíso de sensaciones

Después de nueve meses, finalmente he recopilado algunas de las impresiones de nuestro viaje a Costa Rica. Siempre es culpa del tiempo que me absorbe.

Al haber pasado tantos meses entre el hecho y el resultado, es casi seguro que hay alguna laguna temporal, algo que debió ser y que ahora es olvido. Pero todo lo narrado es fiel y real. El diario de viaje lo demuestra. Si faltan detalles, son detalles que ya no están en mi memoria, así que no existen.

Costa Rica es un país precioso. Cuando pienso en él se me agolpan imágenes. El recuerdo me rebota playas de arena beige, blanquecina por el coral, el agua más limpia que he visto jamás. El Caribe, furioso. Cahuita y la ciudad de Limón, el agua del río Tortuguero y los monos congo, el perezoso, el caimán. Tucanes, nutrias y delfines. Guillermo y su hijo, el volcán.
Piñas, bananas, azúcar de caña, iguanas. Verde, rojo, azul. Mar, cielo. Mar.

No creo que esta colección de impresiones tenga nada de interesante para alguien que no seamos los protagonistas del viaje y nuestra nostalgia. Así que no recomiendo su lectura. Pero es necesario darles un espacio aquí y una voz. Para que permanezcan.


Doce días de diciembre del 2005

El despertador ha sonado a las cinco esta mañana. Nuestro primer vuelo, IB 2715 Origen Barcelona- Destino Madrid, salía a las ocho pero facturábamos nuestro equipaje hasta San José y hemos tenido que estar en el aeropuerto dos horas antes.

El verdadero principio de la aventura fue ayer, al darnos cuenta a las nueve de la mañana – de un sábado –, de que nuestros pasaportes caducaron el doce de octubre.

Todas las comisarías cerradas, por supuesto. Después de mucho buscar sólo encontramos una en Barcelona desde la que nos pudieran hacer pasaportes de urgencia. Y ni siquiera nos aseguraron que consiguiéramos convencer al oficial de turno.

Prudencia y sonrisas por doquier. Derrochamos simpatía y dimos con un funcionario agradable, o no demasiado desagradable. Que nos estafó ocho euros sin contemplación ni remordimientos.

Cuando pensábamos que ya estaba todo arreglado, el nacional informó a T.de que también tenía su DNI caducado. Más carreras, más nervios, tensión rozando el latir desmesurado. Llegamos a tiempo de renovarlo antes de que cerraran.

Es en situaciones como esta en las que empiezo a creer en la divinidad divina. Que nada pasa porque sí, que siempre hay una razón. Aunque no alcancemos a entenderla del todo. Si nos damos cuenta a media mañana o por la tarde, habríamos perdido el viaje.

Once horas de avión, el gigante que hay delante de mí estira su sillón hacia atrás y consigue que doble mis rodillas hasta casi rozarme la barbilla con ellas.

Son las 17.00 hora local cuando aterrizamos en San José. Vamos en autocar por la intercontinental hasta el Hotel Europa Centro, que como su nombre indica está en el centro de la ciudad.

El bullicio de las calles oscureciéndose es comparable al de cualquier gran ciudad en hora punta. Y a una semana de Navidad.

Según nos explica el chico que nos acompaña, esa semana los Ticos cobran su paga extra y todas las calles están saturadas de gente que compra regalos navideños para la familia.

El hotel es muy básico pero está bien situado. Y después de una ducha, que nos destensa los músculos y el habla, salimos a dar una vuelta.

Estamos muy cansados y reconozco que yo algo asustada. Siempre me pasa los primeros días cuando estoy tan lejos de casa. Hasta que me reubico. Aunque en cierto modo me gusta sentir esa sensación de destete territorial. Es una distancia necesaria.

Paseamos un poco, sin dirección fija. En las calles más céntricas hay gente que tira puñados de confeti blanco que se venden en bolsas de plástico. Por lo visto es una tradición de estas fechas. Imagino que por simular la Navidad nevada de las postales, aunque sólo es una suposición.

Hay una diferencia horaria con Barcelona de siete horas. Y aunque sólo son las seis y media cuando decidimos entrar en un bar a tomar la primera cerveza, nosotros ya llevamos más de veinte horas despiertos.

Hemos cenado en el bar del hotel. T pescado al ajillo, yo ternera al vino tinto. La comida es buena. Y la cerveza nacional también, hemos probado la Pilsen y la Imperial.

A las ocho y media me hacía un hueco entre las sábanas.

Doce días de diciembre – otra vez – del 2005

Nos hemos despertado a las cuatro de la mañana (¡!). Supongo que por el jetlag. O porque ya hemos dormido las ocho horas de rigor.

Descubrimos que la vida en este país empieza muy temprano. Aunque su rutina laboral empiece más o menos a la misma hora que la nuestra, se levantan mucho antes. También se acuestan mucho antes.

Es otra forma de empezar el día. Disfrutar de tiempo libre antes de ir a trabajar. A mí, que calculo el minuto exacto antes de poner el despertador, me parece asombroso.

Según nos han contado, emplean esas horas en preparar un buen desayuno. Su primera comida del día también es en familia. Frijoles, arroz, fruta. Desayuno de cuchillo y tenedor, sentados en una mesa, mientras charlan. Genial, envidiable.

Es mi primer contacto con un país que, a estas alturas, ya sé que no me va a dejar indiferente.

Hemos salido de la capital en dirección al Caribe Sur. La región de Cahuita. A las ocho de la mañana nos han venido a buscar Marlon y Frida para llevarnos a hacer un descenso en rafting por el río Sarapiqui.

Ha estado toda la noche lloviendo y casi hay que suspenderlo porque el río estaba demasiado crecido pero Marlon ha confiado en nuestra forma física y ha insistido en que, si lo hacíamos a conciencia, no era peligroso.

Me he partido una uña de raíz, desde el nacimiento. Hemos parado a curar la herida a medio descenso porque el dedo no dejaba de sangrarme. Pero era tal el desgaste de adrenalina que no he sentido dolor hasta que no hemos acabado el descenso.

A pesar de la cantidad de rápidos y la fuerza con la que bajaba el río, la experiencia ha sido genial. El Sarapiqui es ancho y no hemos atravesado ningún cañón, por lo que no he sentido la claustrofobia que sentí al descender el Ésera, en Huesca. Ha sido una experiencia distinta. Más salvaje.

Mientras bajamos no deja de llover, la sensación de todo mi cuerpo bajo la lluvia tan lejos de cualquiera de mis realidades es mágica. Y sólo me apetece gritar. De hecho T lo ha hecho justo cuando entrábamos en un remolino y ha dado un buen trago de río. Ha sido divertido ver como se dejaba llevar por sus emociones sin pensar en el resto de la gente que iba en la barca. Él siempre tan prudente, ha sido impulsivo, y eso me gusta especialmente.

Doce días de diciembre del 2005 – mucho más tarde –

Llegamos al caribe.

El hotel está formado por muchas cabañas distribuidas por el jardín alrededor de una piscina. Es un hotel encantador. Y hacen unos Caipiriñas deliciosos. Los primeros que bebo desde que llegamos a Costa Rica.

El camarero del bar es un hombre peculiar. Cubano, de unos cincuenta años, muy delgado y con canas. Parece salido de una película.

Nos explica que en esas fechas no es frecuente el turismo europeo pero que aquí hay mucho turismo nacional. Y más ahora, que es cuando hacen los Ticos sus vacaciones de verano.

Nos acostamos pronto – y sin cenar – después de habernos bebido las suficientes cervezas y haber intercambiado las impresiones necesarias.

Trece días de diciembre de 2005

Los mosquitos de esta noche me destrozan las piernas. Hace demasiada humedad y estamos muy cerca del mar. Hemos visitado el Pueblo de Limón y su mercado. Especias, fruta verdura. Nos maravillan sobre todo colores y olores, no sé decir en qué orden. He comprado unas sandalias azules.

Los sentidos archivan imágenes. Richard, el chico Jamaicano que nos acompaña, saluda a todo el mundo. Es un pueblo pequeño y la gente se conoce. Me gustaría quedarme aquí. Sin ser una forma de tomar distancia, sólo por el gusto de vivir aquí.

La influencia Jamaicana es muy importante en esta zona y se ve como conviven diferentes culturas. Barrios étnicos, igual que en cualquier otra parte del mundo. Se dedican a la pesca y al turismo.

En Limón se encuentra uno de los puertos más importantes del país. Exportación principal, la piña.

Hacemos una visita a la reserva indígena de los Bri-Bri. Cuidadores de iguanas. Actividad por la que reciben una subvención de Canadá – ¿por que Canadá? – encargándose de asegurar así la no-extinción de esta especie.

Tienen incubadoras donde las alimentan hasta los tres meses. En edad adulta las dejan libres en la selva pero vuelven a poner sus huevos a la reserva. Completando así el círculo.

La iguana macho es de color anaranjado y mucho más grande que la hembra, que es verdosa. Y la danza de apareamiento del macho, subiendo y bajando la cabeza, es espectacular.

Ha llovido toda la noche y podemos ver animalitos que se desperezan. Richard localiza una rana venenosa, verde con manchas negras. Es curioso ver de cerca imágenes que hasta ahora sólo podíamos ver en fotografías o documentales. Tan de cerca. Poder respirarlas.

Nos acercamos a un serpiente. Le va dando con un palo para conseguir que abra la boca, dispuesta al ataque, para que podamos hacerle alguna fotografía. No es venenosa. Con tanta tensa quietud hipnotiza a pesar de ser pequeña.

Continuamos la excursión hacia Cahuita. Desde el pueblo, en lancha a través de un Caribe embravecido y turbio, vamos a Punta Cahuita, que es donde acaba el Parque Nacional. Desde allí hacemos el recorrido inverso. Desde el final del parque a la entrada. Tres horas de paseo agradable en el que, gracias a Richard, observamos una naturaleza para nosotros desconocida, exótica y sorprendente.

No hemos podido hacer snorkel como estaba previsto porque debido a la lluvia de ayer el mar estaba muy revuelto y no se veía nada. La comida ha sido un picnic de sandwich fríos, coca-cola y mucha fruta. Mango, sandía, piña.

Hemos visto serpientes venenosas, entre ellas una mortífera Oropel amarilla. Organizadas termitas, arañas de dimensiones sobrenaturales, monos congo y monos capuchino, osos perezosos, variadas y coloridas especies de aves, iguanas gigantes.

Todo es desproporcionado, inmenso. Árboles, plantas, flores. El color. El color de las flores es casi irreal. Una selva mágica, a escasos metros del mar.

Trece días de diciembre de 2005, más tarde

Esta noche sí hay cena. Ya sabemos qué es aquél sabor tan peculiar que nos sorprendió la primera noche. Una hierba llamada cilantro y que aquí se usa para condimentarlo todo. Es parecido en apariencia a nuestro perejil aunque su sabor es más intenso y aromático.

Coincidimos con una cena de empresa en el restaurante y nos divierte jugar a imaginar. Como aquél pasatiempos de los siete errores, jugamos a buscar diferencias o similitudes. O a inventarlas.

Nos sentamos en la terraza del restaurante, en una mesa cerca del mar. El Caribe sigue bravo pero apenas huele a mar. Debe tener menos sal. No sé.

Catorce días de diciembre de 2005

Para llegar a Tortuguero hemos cogido coche, autobús y barco. Coincidiendo con un grupo entre los que había tres o cuatro parejas de luna de miel, una pareja de profesores navarros, otra de ornitólogos londinenses y una familia cubana de Florida. Las hijas son una réplica de las cuñadas de Bart Simpson.

Aquí los hoteles están dentro del parque nacional, justo en los márgenes del río. El Pachira tiene un pequeño embarcadero que a nuestra llegada está inundado por la crecida del río. Descargamos las maletas como podemos y nos reciben con un cóctel de bienvenida. Las habitaciones son pequeñas cabañas de madera distribuidas por la selva. Literal, esto es la selva.

Me aterroriza pensar cómo estaré mañana de picaduras de mosquitos. Y me embadurno de repelente tropical de varias marcas y clases. En spray, loción, crema.

Hacemos la tirolina que nos han propuesto. No estamos seguros de tener más oportunidades de hacerla porque no pasaremos por Monteverde, que es donde nos han dicho que están las más altas, así que aprovechamos.

Catorce metros de tirolina y puente tibetano entre los árboles. Un poco tarzán. Instalaciones demasiado seguras para sentir miedo. Pero suficiente para probar, reírnos un rato y hacernos una idea.

De regreso, aunque es de noche, probamos la piscina del hotel. Maravilloso bañarse en pleno diciembre – ¿a qué temperatura estarán en Barcelona? –.

La pareja de Sevilla se acerca y tomamos algo juntos. Intercambiando, que es el sentido de las relaciones sociales. Entablamos una charla con los monos congo. Estamos en su hábitat, esta es su casa. En su forma de desplazarse por los árboles y los alrededores de la piscina se desprende que los extraños aquí somos nosotros.

Cenamos y volvemos al bar del muelle. El río está tranquilo, la noche es calurosa y los mosquitos continúan el trabajo que empezaron en Cahuita. Estoy hecha un cromo.

Bebo dos caipiriñas más antes de ir a dormir, charlamos un poco con la gente. Estamos sociables, divertidos, cansados. Pero sobre todo satisfechos.

Quince días de diciembre de 2005

Nos levantamos temprano para hacer una excursión en barca por el parque. No imaginaba lo excitante que puede ser observar animales en su hábitat, siendo tú la intrusa. Aves exóticas, este país es una maravilla para los amantes de las aves, caimanes, nutrias, monos a docenas, osos perezosos.

Dos historias grabadas a fuego, para siempre. El caimán, para mí el cocodrilo más enorme que jamás haya existido en el mundo, – poco más de un metro medio – a tres palmos de mí.

La barca parada a su lado. Todo el mundo opina que es imposible que esté vivo y no se haya movido al acercarnos. «Debe ser de plástico o estar muerto» comentamos.

Confiados recuperamos nuestros asientos, el mío justo al lado del lagarto. La gente se acerca a mí para verlo más de cerca, la barca se descompensa y se tambalea rozando al caimán con el movimiento. De pronto éste, abre los ojos, saca la cola del agua y agitándola nervioso levanta su cuerpo a un palmo del agua. Y se aleja nadando.

El pulso acelerado es inevitable. Pero es esa clase de miedo-emoción la que hace que te hagas consciente de la situación sintiéndote vivo.

La otra imagen es más tranquila. Un oso perezoso baja de un árbol a escasos dos metros de nuestra barca, se acerca al agua, nos observa. Presumido, y con la lentitud de movimientos característica de un perezoso, suelta una de sus manos de la rama y se refresca.

Nos hace algunas poses de documental para que podamos inmortalizar la imagen y se tira al agua exhibiendo su destreza como nadador despistado. Poco consciente del peligro que le mira ávidamente desde la otra orilla con forma de caimán.

Fernando, lleva diez años pasando por este río un mínimo de cinco veces a la semana y asegura que nunca había visto desde tan cerca. Los osos bajan del árbol una vez a la semana para hacer sus necesidades. Así que si ya es difícil verlo abajo, mucho más haciendo una exhibición de higiene y baño.

No dejamos de repetirnos lo espectacular de la naturaleza en este país, la extraña sensación de tranquilidad que da sentirnos tan lejos de lo que somos. Sin obligación de aparentar. Disfrutando lo que nos apetece disfrutar. Sin etiquetar, ni juzgar. Sólo dejando lugar para el asombro. Aprendiendo, mirando, dejándonos llevar.

De regreso en la barca tengo unos minutos de silencio para reflexionar en la gente que se ha quedado allá, en el mundo al que pertenezco. Familia, amigos, compañeros, gente especial con la que comparto y a la que quiero. Todo me parece lejano, hay cosas que incluso sin sentido. O poco reales. Es como si este viaje tuviera la capacidad de crear un paréntesis emocional. Como un sueño. Como si esto fuera de verdad vivir y lo que hago el resto del año seguir un guión. Aquí sí tengo la sensación de decidir yo, sin condiciones ni condicionamientos. Siento que tengo las riendas.

Por eso me debe gustar tanto viajar. Porque sólo me da tiempo a reconocer la belleza de lo que me rodea – que siempre es lo primero que veo – obviando lo que no es bello.

Somos conscientes del privilegio que tenemos de poder estar aquí y nos lo repetimos constantemente. A veces sólo con gestos. También cierta añoranza primitiva al calor conocido, hay que reconocerlo. Hablamos y coincidimos en que aquí, lejos, nos sentimos más cerca el uno del otro. No más amor, simplemente más uno.

Por la tarde vamos al parque nacional de Tortuguero. Me dejan un insecticida por ondas que parece funcionar, tanta humedad hace de este parque un paraíso para los insectos.

Damos un paseo por la playa en la que desovan las tortugas marinas del Caribe, pero no es temporada y sólo podemos ver miles de pequeñas huellas que se pierden en el mar. Sólo huellas, está lleno. También encontramos algún armazón vacío de tortugas que no han llegado a su destino, el mar. Es la ley natural. Sobrevive el más fuerte.

Esta playa es especial. El sol ya no abrasa y el mar aquí tampoco huele. El desorden natural de palmeras, piedras, cocos, le da un encanto salvaje difícil de explicar.

El pueblo de Tortuguero, pequeño, vive exclusivamente del turismo. No debe haber muchas familias aquí. Damos un paseo por la calle principal. Las puertas de las casas están abiertas. De una casa sale música, en la puerta dos vecinos bailan y cantan rodeados de niños que bailan a su alrededor. Inmortalizo la imagen como símbolo de alegría perenne.

Compramos un álbum de fotos, unas pulseras y collares y volvemos al muelle a esperar la barca que nos devolverá al hotel. Es como un autobús. Aquí la carretera es el río. Cena y más Caipiriñas junto al muelle.

Mañana salimos hacia Arenal.

Dieciséis días de diciembre de 2005

El viaje hasta Fortuna, la ciudad que hay a los pies del volcán, ha sido duro. Barco, autobús y furgoneta. En la furgoneta ya volvíamos a quedarnos solos con el conductor. Cinco horas para hacer doscientos cincuenta kilómetros. Carreteras asfaltadas pero con más baches que hormigón.

Al llegar tenemos la certeza de acercarnos al norte del país. Se nota en las infraestructuras, en el tipo de viviendas, en los campos de piñas que rodean el pueblo. Pequeño, pero con el movimiento de un pueblo que produce y consume.

Fortuna nos recuerda a un pueblo de alta montaña en verano.

Hemos dejado las maletas y dado una vuelta por el hotel. Está situado en la ladera del volcán. Pese a no estar acostumbrados a dormir a los pies de un volcán activo, no sentimos miedo. Supongo que es ese extraño resorte mental que nos tranquiliza asegurándonos que «a nosotros» no nos puede pasar nada malo. Debe ser ego.

Nos explican que la última erupción con víctimas mortales fue en el año 2000. Desde entonces se han vuelto a construir hoteles en el lugar del accidente. Un hotel con vistas al volcán es demasiado rentable como para no reconstruirlo. Cual ave Fénix.

Desde la ventana de nuestra cabaña podemos ver rodar la lava encendida. Y escuchar como ruge. Hasta que hemos entendido que era el volcán han pasado unas horas. Al principio pensábamos que eran truenos.

Finalmente voy a urgencias. Las picaduras de los mosquitos se me están infectando y tengo algo de fiebre. Me dan antibiótico y me recetan una pomada. Volvemos al pueblo y buscamos una farmacia.
De regreso al hotel, ya de noche, nos metemos en la piscina de agua caliente y tomamos una copa. Siempre había querido pedir algo en un bar acuático. Como en las películas.

La cena es excelente. Un lomito a la brasa para chuparse los dedos y un vino bastante correcto. También chileno.

Diecisiete días de diciembre de 2005

Antes de irnos de excursión, después de desayunar, hemos dado una vuelta por la granja de caimanes del hotel. También hay una granja de mariposas, pero debían estar durmiendo porque era muy temprano y no hemos visto ninguna.

Hemos pasado la mañana en un centro de recuperación de especies autóctonas en peligro de extinción. Tanto vegetales como animales.

No me gusta ver animales cautivos, me deprime. Pero nos explican que todos los que hay en el centro son animales dañados o enfermos que, una vez recuperados, se vuelven a soltar a su entorno natural. Es como un hospital.

Es cierto que hay algunos que no se han recuperado de su lesión y no podrán volver a vivir en la selva porque morirían la primera noche.

Guillermo – o William como prefiere que lo llamemos – ha parado en la carretera para comprarnos agua de pipa (de coco). Esta buena, pero no es dulce. También hemos ido a comprar fruta para comer en el parque. Aprovechando las compras nos ha regalado azúcar de caña. Sirve para endulzar, igual que el azúcar refinado. Pero nos explica que es muy dulce y basta con rascar un poco para endulzar cualquier cosa.

Llegamos a un balneario de aguas térmicas volcánicas. Es temprano y no hay gente. Varias piscinas naturales, agujeros excavados en la falda del volcán a diferentes temperaturas. Algunas piscinas a más de sesenta grados.
Guillermo os prepara una bandeja de frutas. La piña está deliciosa. Y la sandía. El mango no me gusta demasiado. Y el pomelo es agrio.

Estamos más de una hora en remojo. Admirando nuestro entorno sin acabar de dar crédito. Dejando que los sentidos procesen. Por los ojos, el verde, la vegetación, los pájaros. El oído, el tacto, el olfato, el gusto. Un éxtasis completo y primitivo. Cierras los ojos y oyes selva. La oyes, la hueles.

De regreso hemos estado en casa de Guillermo. Nos ha presentado a su familia. Durante la semana vive en el hotel y sólo ve a su mujer y sus hijos un día entre semana.

Conocemos a su mujer, una tica guapísima, y a su hijo, y a su nieta. Y nos da una lección de mimos y cuidados. Qué pareja más entrañable.

Por la tarde quedamos de nuevo con Guillermo que nos acompaña a un mirador desde el que podemos ver más de cerca el volcán. Hemos tardado media hora en subir andando desde donde nos ha dejado el coche pero ha merecido la pena.

Contento por la bolsa de caramelos que le hemos regalado a su nieta, nos ha llevado a un mirador que ya no se visita porque está un poco más lejos pero desde el que la visión del volcán es mucho más buena. Y además, no hay nadie.

Al ver el volcán tan de cerca he sentido una extraña calma que no había sentido jamás. Estoy segura de que la emana el volcán. Es una paz distinta a la que he sentido otras veces ante cualquier otro entorno natural. Sé que parece estúpido pero es como si el volcán, consciente de su superioridad, emanara una seguridad contagiosa. Propia del que es fuerte y consciente.

Los rugidos – literalmente rugidos – de la lava cayendo por la ladera roja-ardiente es un espectáculo para el que dispongo de pocas palabras. Excepcional. Majestuoso.

No podemos ver la cumbre de la montaña esta noche. Está nublado.
Después de tomar unas cervezas, probar el jacuzzi que hay justo delante de nuestra cabaña, tumbarnos en unos bancos de piedra y observar la cantidad de estrellas que hay en este cielo, hemos ido a cenar y enseguida a dormir. Cansados y satisfechos. Ha sido un viaje muy largo.

Antes de meterme en la cama me doy cuenta de que hemos perdido la cámara de video. Mañana, antes de que venga a buscarnos el taxi hay que encontrarla. Sería una pena perder todas las imágenes que hemos registrado hasta hoy de este sobrenatural país.

Dieciocho días de diciembre de 2005

El viaje de Arenal a Papagayo ha sido, sin ninguna duda, el más pesado de todos. También llevamos una semana de kilómetros acumulados y los músculos lo notan. La carretera está casi intransitable, llena de baches. La conducción es muy lenta.

Esta es la zona del país más turística, macro-complejos hoteleros por todas partes, sólo extranjeros, sobre todo americanos. Y mucho sol.

Nunca hemos estado en un hotel de estos en los que tienes que ponerte una “pulserita” para poder acceder a todos los servicios pero, aunque nos sentimos algo ridículos al principio, nos acostumbramos al apéndice que nos cuelga y decidimos disfrutar de los tres días de relax, sol y playa que nos hemos regalado.

El hotel es tan grande que tienes que moverte con cochecitos.

La habitación está en la parte alta de la montaña, tiene bonitas vistas. Es grande y con mucha luz. Desde allí a las piscinas hay más de diez minutos andando. Aunque los cochecitos paran justo enfrente y cada tres o cuatro minutos pasa uno por la puerta.

Nos instalamos y bajamos a la playa. Decidimos cenar en el restaurante de comidas internacionales que hay justo al lado de la piscina. Y resulta que esta noche toca “spanish-food”.
Después de la cena vamos al teatro, hacen un espectáculo de bailes típicos costarricenses. Nos entretenemos y nos dejamos llevar hasta que el sueño nos puede.

Es lo que tienen estos sitios, siempre hay algo para hacer que te evada del mundo. Que te aísle hasta de ti mismo.

Diecinueve y veinte días de diciembre de 2005

Dos días más en el Golfo de Papagayo nos dan para hacer una excursión a caballo de más de dos horas por el PN de Santa Rosa.

Un masaje en un entarimado con dosel situado en medio de una cala. Mirando el Pacífico y escuchando el vaivén de las olas. Sintiendo todo lo externo como lejano y primitivo. T.un masaje con aromaterapia, yo uno de piedras volcánicas calientes. No sólo sentir tu cuerpo relajado, sino poder alejar lo suficiente tu mente como para sumergirte en una angelical calma.

Finalmente, a pesar de mi pánico a los peces, consigo hacer snorkeling y maravillarme con su colorido y diversidad. Peces blancos a rayas negras, azules y amarillos, rojos, algo parecido a un lenguado. Angustiada al principio, ganando confianza poco a poco.

Piragüismo, un partido de tenis, piscina, cócteles veraniegos, playa, sol. Todo está permitido estas vacaciones. Incluso comerme cuatro tipos de pasteles distintos para el postre.

La última excursión en moto acuática, recorriendo las playas del Golfo de Papagayo. El último regalo: los delfines.

Ver a esos animales a medio metro de ti, acompañando la moto y cruzándose delante de ella. Como indicándote el camino. Como queriendo guiarte. Para ellos es un juego, de pronto se aburren y se van. Y me dejan parada mirando el horizonte y sabiendo que ya para siempre añoraré esa sensación.

Me llevo la imagen guardada en algún rincón abstracto cercano al corazón. Además del recuerdo. Es una impresión demasiado intensa, tanto que resulta misteriosa, como el episodio del volcán. Como si se te escapara algo profundo entre tanta magnificencia. Algo que no acabas de entender con la mente, sólo puedes entenderlo con las emociones.

La última noche cenamos en “El Dorado” el restaurante más elegante del hotel. Está bien poder beber un vino tinto en condiciones y dejar por una noche la cerveza. Tres botellas en todo el viaje, creo.

Descansar dos días en un sitio así después de haber estado tantos días madrugando y extenuando el cuerpo, está bien. Tal vez más de dos días habría sido demasiado.

Veintiún días de diciembre de 2005

Regresamos a San José para pasar la noche. Mañana por la noche cogemos el avión de vuelta.

Aprovechamos el último día en la ciudad para pasear, ver los parques hacer las últimas compras, comemos un helado en la célebre y atiborrada heladería de la calle 4.

Entramos en el mercado central. Impresionados por sus estrechos pasillos, la cantidad de gente, el jaleo, los olores y colores. Los sentidos disfrutan cada segundo como si fuera un festival. Para ellos no hay descanso en un país en el que todo es olor, sabor, color, sonidos.

Nos sentamos en el Parque Morazán, donde hay un templo para la música. El rojo, el azul y el amarillo toman vida en autobuses, letreros, carteles y convierten el gris asfalto de cualquier otra ciudad en una triste y apagada imagen. La alegría vive en este país.

Y mientras el autocar nos lleva al aeropuerto pensamos que siempre querremos volver. Que no queremos irnos. Pero no lo decimos, queremos guardar todas las imágenes que podamos antes de subirnos en el avión de vuelta al frío. Y devuelta a las navidades.


30/08/2006 16:23 Autor: voces. #. Tema: Cuaderno de Bitácora Hay 1 comentario.

Donosti

Prefacio

Hacer unas maletas pensando que vas a ir a pasar cuatro días al sur y acabar en Donosti no es un problema si, aunque sea pleno agosto, alguien piensa en coger una chaqueta. Yo contaba en este viaje con la compañía de T. y eso siempre es una garantía. A veces me meto con él porque me molesta tanta logística vacacional (lo que me molesta es el exceso de previsión en cualquier circunstancia, lo reconozco) pero ya me he acostumbrado a viajar(vivir) así y debo reconocer que también tiene sus ventajas.

Llegamos a Donosti a media mañana, lo justo para visitar la oficina de turismo y enterarnos que habíamos tenido “la suerte” de aterrizar en esa hermosa tierra en plena Aste Nagusia (Semana Grande). Y… eso está muy bien si así lo planeas pero no era nuestro caso. Fin de semana del quince de agosto, con puente de por medio y principio de vacaciones de la segunda tanda de agosteros y nosotros, que deberíamos estar en Almería pero que por circunstancias biliares estamos en el País Vasco, sin ni siquiera un hotel reservado.

Podíamos habernos ido al ver el plan, pero nos apetecía quedarnos. Nuestros primeros viajes los hacíamos así. Aparecíamos en algún lugar al que pudiéramos llegar en coche, el presupuesto no daba para aviones, y nos dedicábamos a buscar pueblos. Y dentro de los pueblos calles y dentro de las calles hostales/hoteles/pensiones. Alguna vez también hemos dormido en el coche. Pero hasta eso estaba bien.

T. se ha pasado el viaje insistiendo en hacer las cosas “como las hacíamos antes”, yo no sé si en un intento por recuperar algo que se quedó atrás o porque piensa que en el fondo lo que me pasa es que necesito recuperar lo que me hizo feliz en el pasado para ser feliz en el presente. No entiende que él para mí no es pasado ni presente ni futuro. Es atemporal. Como lo son todas las cosas verdaderas.

El caso es que decidimos arriesgarnos y buscar algo para dormir en las afueras. Aprovechando la oportunidad de conocer las tierras donostiarras del mejor modo: viviendo sus fiestas.

Primer día de Aste Nagusia

El Cantábrico es el mar que más me gusta de todos los que conozco, con diferencia. Y sé que el que tengo a las puertas de casa -el Mediterráneo- es uno de los más admirados del mundo. Pero para mí el Cantábrico es el mar por excelencia.

Salvaje, feroz. Sus mareas, que recorren en minutos distancias increíbles, su fuerza, el ímpetu de su oleaje, su frialdad, a veces extrema. No hay mar como el Cantábrico, capaz estar dando y quitando al mismo tiempo.

Al entrar en la ciudad, de sur a norte en dirección centro, te encuentras el paseo del Árbol de Guernica que es la ribera del río Urumea. Es fascinante descubrir, incluso antes de entrar en la famosa Bahía de La Concha y enamorarte de su fachada marina, que Donosti, no sólo es una ciudad formada por edificios, calles, plazas, parques o paseos sino que es una ciudad formada por un río, un mar y unos montes que la envuelven. Donosti es agua y aire y tierra. También es fuego. Donosti tiene la fuerza de todos lo elementos.

La primera parada en la kalea Easo. Aparcamos el coche frente a la estación de tren muy cerca del centro en busca de un restaurante donde comer. Tiene su explicación empezar con comida turca y no regional. Vi aquellos pinchos de carne –quebac– y no pude resistir la tentación. Hacía tiempo que quería probarlos.

El restaurante estaba lleno y el servicio era justo, tardaron en servirnos pero la comida no estaba mal. Demasiadas hierbas aromáticas para mi gusto. A parte de la carne de cordero del quebac el plato llevaba cus-cus, ensalada, una especie de hamburguesas muy especiadas y una salsa de yogurt bastante buena. El helado fue después, mientras paseábamos. Pero hubo café.

La ciclista Donostia-Donostia, por lo visto clásica del inicio de fiestas y puntuable para el campeonato del mundo, nos dificultó considerablemente encontrar la oficina de turismo hasta que un amable munizipal, que estaba intentando que los coches no se colaran por las calles por las que tenía que pasar la vuelta ciclista, nos hizo un resumen muy gráfico de todas las oficinas de turismo (tres) que podíamos encontrar en el centro de la ciudad.

Con un libro de hoteles de Gipuzkoa –y mucha fe– empezamos a llamar a los teléfonos de los hoteles que más llamaban nuestra atención. Eso duró las primeras ocho llamadas, a la novena con extraño buen humor, empezamos a llamar por orden alfabético, sin ni siquiera fijarnos en el precio o la población.

No tardó en aparecer el milagro “Nos queda sólo una habitación para esta noche” dijo la chica que nos atendió el teléfono. A cuarenta kilómetros de Donostia, en Beasain. De lo que no nos avisó es que en ese pueblo las vacaciones se deciden por unanimidad y se hacen en agosto. Excepto el hotel, un restaurante que hay delante del río, un bar de bocadillos y dos bares musicales, estaba todo cerrado.

Gipuzkoa es verde. Al menos la Gipuzkoa que he tenido oportunidad de conocer. Y sus pueblos, muchos de ellos aldeas entrañables, parecen pueblos de alta montaña. O lo son porque siempre estás en la montaña. Aunque estés al lado del mar.

Cenamos temprano, también tuvimos que esperar para que nos sirvieran pero al salir del restaurante paramos a tomar dos cafés. Tuvimos la suerte de encontrar de guardia una máquina de esas en las que puedes hacer parejas, Shangai creo que se llama el juego, y echamos un par de partidas mientras saboreábamos un Gin-tonic y un whisky de malta. Una buena manera de acabar un día incierto.

Segundo día de Aste Nagusia

Nos levantamos pronto y aunque sabíamos que no sería fácil encontrar otro hotel decidimos no pasar otra noche en Beasain. El pueblo es bonito pero estaba vacío.

A veinte kilómetros de Donosita está Tolosa, un pueblo de unos veinte mil habitantes en el que intuimos que encontraríamos un sitio para dormir. Después de un par de llamadas encontramos una habitación. Dejamos las bolsas en consigna y nos fuimos para la ciudad.

El día estaba nublado, no debían haber más de catorce grados y hacía algo de aire pero pasear por el paseo paralelo al río hasta el Puente de Maria Cristina resultó agradable, aunque chispeara y se me mojaran los cristales de las gafas.

Cerca de la desembocadura del río hay una estación de RENFE (o