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silencio de segundos
Cada segundo que se escribe se engancha a un trozo de la historia común, queda petrificado, como esculpido por palabras siempre desvirtuadas, o supravirtuadas. Nunca avirtuadas.
El segundo que se escribe permanece en la memoria toda la vida. Como un regalo de los dioses, como si en realidad, todo el que no se escribe se esfumara, se desmaterializara, dejara de existir. Por eso deberían escribirse todos los segundos. Todos y desde cualquier ángulo.
Hoy he tenido un segundo que debería escribir. Un segundo de duda y apuesta. Un segundo de decisión, en el que tocaba sacar conclusiones sin escarbar. Un segundo de flash, de: “venga, sé rápida”. Un segundo en el que lloro y escupo. Un segundo en el que presiento, y el presentimiento se vuelve extraño, confuso. Un segundo en el que me da miedo tener razón, en el que me escondo bajo el ala y casi prefiero mirar hacia otro lado. Como si ni siquiera fuera parte de mi propia historia.
Cada segundo merece la pena ser escrito. Mi vida es una sucesión de segundos tirados desde un globo aerostático. Que se balancean (vaivén, suave vaivén en descenso) hasta llegar al suelo y estrellarse, o posarse suavemente. Mi vida son segundos y segundos y segundos. Me da la sensación de que la suma es demasiada rápida. Fijaos en un cronómetro: un dos, tres, cuatro… uff! demasiado rápido, muy rápido.
Me gustaría poder convertirme en águila, real por supuesto. ¿Has escuchado alguna vez el sonido de sus alas al cortar el viento? Así suena el silencio de segundos.
diecinueve días de julio
No hay razón para no dejar que pasen los días, y a la vez, en esa docilidad del vaivén suave, permitir también que la vida se instale. Como se instala lo que permanece, sin dejar que nada se esfume.
Siempre me ha inquietado la fugacidad inmediata del tiempo, efímero porque cada instante sucede inesperado, pero sobre todo efímero por la no-posibilidad de retorno.
Ver la vida como algo que a cada instante termina más, provoca ansiedad. Y no sólo ansiedad ante la vida, también ante la muerte, ante lo que sucede y lo que siempre queda colgado de un hilo y no sucede jamás (como tú y yo, que siempre sucedemos a medias).
Hoy he salido a la calle observando, permitiendo que los segundos no se perdieran, como guardándolos en una bolsa. Sintiendo que cada paso no es un paso hacia mi desaparición individual, hacia el adiós, sino un proceso en el que me lleno. En el que no me acabo sino en el que me completo.
Es trabajo de actitud. Ver las caras, el movimiento, la luz. Respirar hondo, dejar la mente en otro plano mientras paseo. Vestida de blanco.
el orden de las cosas
El otro día, encontré una parábola que disfruté mucho leyendo. En realidad la disfruté más pensando. Hablaba del orden. O de que el desorden forma parte del verdadero orden.
Me pareció una reflexión brillante. Yo que soy una maniática del orden, la estructura y el motivo. La simple insinuación de que los contrarios no ocupan espacios antagónicos, sino que cohabitan el uno en el interior del otro –siendo cierto aquello de que la noción que procesa nuestra percepción sólo existe cuando podemos procesar su opuesto (no habría belleza sin fealdad, ni salud sin enfermad, ni paz sin guerra)– la simple insinuación de que el orden, como realidad suprema, incluye dentro de su perfección un cierto grado de desorden sin el que no sería posible esa percepción, es una insinuación reveladora. Brillante. Que deja mi tic perfeccionista con el culo al aire, al entender que jamás seré perfecta si no estoy preparada para permitirme la imperfección. Y no es que mi meta esté en llegar a serlo, es que, según versados en el estudio de mí misma y mis miserias, es la trabanqueta que me hago a todas horas: "Para ser feliz, sé perfecta".
Una reflexión curiosa.
Y dejo que me arrastre al mismo lugar de siempre. El que me conduce al hueso que no soy capaz de roer cuando se trata de mí misma.
Empiezo a ordenarte como pensamiento que se desordena con frecuencia. Seguramente, me digo, hay cosas que son perfectamente caóticas y que si no lo fueran, no serían perfectas.
Sentir lo que siento, en espiral o torbellino, relámpago en expresión y fugacidad, no tiene porque estar etiquetado ni definido, ni guardado en una caja. Ni tiene porque tener sentido, o utilidad. Es lo que es, lo que me cabe en el alma. Ni más, ni menos. Lo justo para compartir el matiz. No hay orden. Es como es, viene y se va. Ni bueno ni malo, ni tarde ni temprano. Un minuto de libertad. Ni ata, ni exige. No hay moral que lo pueda desenraizar porque no depende de doctrinas. Lo que siento por ti es mi punto de desorden, el punto necesario.
Eres el sentimiento imperfecto, según mi criterio analítico, que desordena mi virtud. Y en ese desorden precisamente está la razón de ser. Tú razón de ser. Eres el permiso que me doy para ser imperfecta y no volverme loca. Bálsamo de flagelado.
Resumiendo, tú eres el justo desorden que necesita mi orden para ser perfecto.
recuerdo el primer poeta
Prosiguiendo con un encargo dulce, dulcísimo, he llegado a Machado. Ahora que mi tiempo se divide en: nada que hacer y mejor no pensar, me entrego, remolona, pero con la ilusión propia del que empieza un nuevo curso, al placer del estudio, para luego ser capaz de opinar. De crecer.
Por eso digo que es más que un encargo placentero, es un encargo dulce con sabor a chocolate. Encargo para el que hasta ahora no había encontrado tiempo suficiente, y había sido más una carga de conciencia que un verdadero disfrute. Pero, ahora que las horas pasarán, no muertas, adormiladas, me permito entregarme a él como se merece. Pletórica, feliz. Por fin podré leer, escribir, estudiar. Porque sí, por placer, sin prisas, ni horarios, ni relojes. Por fin, podré dedicarme por un tiempo (corto seguramente) al placer de ser yo misma, conmigo a solas. Sin jefes, ni horarios, ni presiones.
El caso es que empezaba a estar volcada en mi estudio, cuando lo he interrumpido (despistes propios de la impaciencia del querer hacer diez cosas a la vez) porque, mientras leía un comentario sobre los elementos característicos de la obra de Machado, al hacer mención el texto a la obra “Campos de Castilla” he recordado, como aquellos recuerdos que reaparecen del olvido de pronto, que, qué casualidad, fue precisamente con Machado, cuando yo apenas tenía edad para leer libros de princesas y madrastras, con quien leí mis primeras poesías. Despertándome su pluma a la lectura sensible.
Recuerdo haber leído aquél libro cientos de veces. Estirada sobre el parquet de mi habitación. Un libro de tapas blandas, negras, con un pequeño dibujo en la portada de una masía rural. En letras blancas, cursivas, se leía el título: Campos de Castilla. Era un libro de adultos en manos de una niña despistada.
Familiarizada con muchos de esos poemas en voz de Joan Manuel Serrat que en casa, cual ritual religioso, se escuchaba todos lo sábados por la mañana. Aunque en realidad la clave para engancharme a su lectura tan a destiempo no fue otra que la brevedad, cargada de profundidad, de sus “Proverbios y cantares”.
Eran esas sentencias, para mí infinitamente mejoradas en su obra posterior “Nuevas canciones”: “¿Dijiste media verdad? / dirán que mientes dos veces /si dices la otra mitad”, las que dejaban en la punta de la lengua la plenitud, desconocida en aquellos momentos, de las verdades apenas arropadas por una sábana, razones no razonadas, sólo intuidas, sensaciones puras. Noción de belleza, desnuda. Platónica belleza original, madre de todo lo bello.
Fueron versos de Machado los que me despertaron a la poesía. Y ahora que lo recuerdo, he querido escribirlo para que no se me vuelva a olvidar.
Consecuencias y dimensiones de un embarazo corriente
Ante todo apuntar mi torpeza habitual, no es justo justificar mis morados y rasguños con mi actual estado de buena esperanza. Suelo tropezarme por no tener la vista puesta en el camino, normalmente culpa de algún pensamiento absorbente que me permite estar en cuerpo pero no en alma. No proceso los obstáculos porque en realidad no suelo estar donde estoy, de ahí que el color azulado de mis piernas sea casi crónico. En invierno con las medias pasa inadvertido pero en verano parezco una niña de colegio. Bueno, ya me gustaría niña de colegio, en realidad parezco una treintañera agredida.
Pero que se me resbalen de las manos platos, vasos, y todo tipo de utensilios susceptibles a quebrarse en mil pedazos, sí parece guardar relación con mi estado de gestante novata. He leído que se debe a un proceso de relajación muscular general que, si recuerdo bien, tiene que ver con una hormona que facilita la dilatación del útero y reubicación de órganos vitales. Soy una hormona en movimiento. Los músculos aflojan y eso complica la sujeción, entre otras cosas. Más eficaz que un relajante de farmacia, doy fe.
Sin duda, los ajustes físicos se incorporan de una forma tan paulatina que los asumes sin apenas ser conciente. Acogiéndote a los nuevos requerimientos de tu cuerpo sin pena ni gloria. No puedo coger peso porque soy incapaz de forzar las abdominales y la espalda la tengo destrozada. No lo proceso, simplemente valoro el peso del bulto que quiero levantar y si su peso es inferior a los límites establecidos por mi subconsciente, lo levanto, sino pido ayuda. Forma parte de los efectos secundarios del embarazo más comunes, las embarazadas no deben levantar pesos, en mi caso es simple cuestión de posibilidades.
Otro de los tópicos que experimento es porqué las embrazadas no deben estar mucho rato de pie sin moverse. La espalda se arquea por la necesidad de compensar la gravedad derivada del crecimiento de la barriga, por lo que al estar clavada en una cola más de dos minutos se empieza a sentir una presión desproporcionada en las lumbares. En algún supermercado me habría sentado a esperar en el suelo sino hubiera sido porque, desde hace unas semanas, sentarse en el suelo, se ha convertido en un gesto casi tan insufrible como permanecer clavada en una cola.
“No puedes hacer deporte si es para competir”, dice mi ginecóloga. Qué ingeniosa. Me quedé con las ganas de preguntarle en qué deporte podría competir con meridiana dignidad pesando siete quilos más, con un entrañable personaje dándome patadas en los intestinos, problemas de oxígeno, que no llega bien a mi pulmones, malas digestiones, ardores. Eso sí, caminar debo caminar una hora al día, con lo que me gusta andar por andar.
Las medidas, cuestión de sentido común con la que no contaba. No había escuchado nunca comentar esta peculiaridad a ninguna futura mamá. No tengo asumida la medida de mi barriga. Me cuelo por huecos y me quedo estancada. Yo paso, pero mi barriga no. Cada vez que abro una puerta me doy un golpe, (hijo perdona, sí, es tu madre que ha vuelto a abrir una puerta), cuando cierro la puerta del coche el portazo me pasa rozando el ombligo. Por las noches me acerco a la espalda del futuro papá sin prever que mi barriga llegará antes que yo. En fin, que voy rebotando de un sitio a otro, sin acabar de acostumbrarme a mis nuevas dimensiones.
Y el sexo merece un capítulo aparte. Es difícil, muy difícil practicar sexo sin que la barriga obstaculice los accesos. Claro que hay posturas menos incómodas para mis actuales condiciones físicas pero poco confortables para la libido. Coger las riendas es lo más cómodo pero la visibilidad se ve mermada, el oxígeno no es proporcional al aumento del pulso, mi compañero de juegos se centra en mis gestos en lugar de limitarse a disfrutar y se acaba convirtiendo en un "¿estás bien?, ¿y tú?¿estás bien tú? ¿y ahora? ¿estás mejor?" ¿Nadie ha escrito un libro de posturas sexuales durante el embarazo? ¿cómo un kamasutra pero para gestantes avanzadas?
“No te subas a las escaleras que te puedes caer”, “cuidado con el escalón”, “no cojas eso” “no te muevas, ya voy yo”. Siempre pensé que estar embarazada no era una enfermedad pero ya veo que las limitaciones existen, no son un tópico. Y aunque me cuesta acostumbrarme a “no poder” hacer lo primero que se me pasa por la cabeza y me acusan de “olvidar que estoy embarazada”, es la experiencia más… más… más fascinante (¡ese es el adjetivo!) que he tenido nunca. Experiencia que no sólo me enfrenta al medio y mis posibilidades desde otro ángulo, sino que me pone delante de mí misma, que me transforma, que me sorprende, que me sobrecoge, que me asombra, que me deja sin palabras en muchas ocasiones, sin reconocerme, perpleja.
La observación más original que me han hecho hasta ahora proviene de mi querido hermano que, tras observarme un rato dar vueltas por casa me dijo “Tata, ¿sabes a qué me recuerdas de perfil? ¡A un tentempié!” Sí, esos muñecos sin piernas que tienen el culo redondo y si les empujas no dejan de oscilar hasta tocar con la cabeza en el suelo. No fue sólo su comentario, fue su cara, encontró justo la idea que estaba buscando para expresar verbalmente lo que estaba viendo. “Mi hermana es como un tentempié”, pensó. Y lo dijo.
Menos mal que el sentido del humor me permite seguir teniendo el ego suficiente como para desternillarme de risa.
El diario y Sartre
Entiendo el existencialismo como concepto pero me niego a identificarme con él. Demasiado romántica, imagino, para estar de acuerdo con Sartre en la contingencia de toda existencia.
Ayer empecé a leer “La náusea”, compartiendo o no los fundamentos de su filosofía es una novela interesante. Me sorprendió un poco como empezaba el libro, el autor justifica el comienzo de un diario personal por la necesidad de “registrar” de forma fiel su devenir diario. Le obsesiona que detalles de su existencia se pierdan y por eso decide escribirlos. Yo sentí algo parecido cuando decidí empezar a escribir un diario. No soy un personaje de ficción (a veces lo dudo) pero eso no tiene mayor importancia en este caso, la finalidad de Antoine Roquentin y la mía, que nos mueve al acto en sí, me parece sorprendentemente la misma.
Recuerdo que en su día la justificación para empezar a escribir a diario me pareció tan absurda como necesaria, ahora releyendo el mismo argumento en la novela, y con la visión desapasionada que da la distancia, no me parece tan absurdo, más bien propio del ser humano que busca algo que sabe que sólo encontrará mirando hacia adentro. Una forma de aferrarnos al tiempo que tenemos, de buscar entre los pliegues de nuestra existencia, analizando con la calma que da la visión objetiva para intentar descubrir algo que nos acerque a la luz, al sentido.
En esta idea encuentro una contradicción existencial, si la escritura es una forma de analizar de forma objetiva con la finalidad de encontrar un sentido que se nos escapa, es porque en el fondo tenemos la esperanza de que haya un sentido. El absurdo no es grato, casi es insultante.
De algún modo, en mi caso, recibo esa necesidad de recordarme el máximo posible a mí misma como egocentrismo intrínseco a nuestra (auto) querencia, pero encierra una contradicción entre la razón y el deseo no expreso en el existencialismo de Sartre.
Mi exceso de despiece habitual me lleva a concluir esta observación apuntando que, aunque nuestro espíritu empírico nos lleve a racionalizar exageradamente todo lo que percibimos, en realidad hay algo más, algo de fondo, visceral, intuitivo, carente de sustancia y que no podemos expresar con palabras, que se resiste a creer en el desorden y el absurdo.
Con eso no defiendo mi utilidad como ser humano, ni tan sólo que mi existencia dependa de ninguna voluntad superior, comparto el absoluto ateísmo de Sartre no atreviéndome del todo a pronunciarme agnóstica por no estar segura de la irrelevancia que para mí supone la realización religioso-espiritual. Ni tan sólo creo que haya una finalidad para mi paso por aquí, de hecho muchas veces me invade esa pronunciada náusea de la que nos habla Sartre ante la evidencia de lo fortuito de cualquier existencia. Pero, sí, debo ser una romántica, porque me gusta pensar que hay algo que se escapa a nuestra razón, a nuestra visión parcial y contextualizada, y que le da algún sentido a la obra completa. Tal vez no a nosotros como partes pero sí al global que representamos.
Me gusta pensar que todavía estamos muy lejos de poder entenderlo todo. Que nos quedan muchos pasos que dar y que son en una dirección, no en círculo.
perdiendo el tiempo
Encontrándose en la calle, saludándose de lejos, como si se conocieran de lejos también. Un brazo doblado con la mano a la altura del hombro y la palma extendida, un movimiento de cabeza por respuesta. Siguen andando, cada uno sumido en sus pensamientos, que no son más trascendentales que por qué motivo el vecino no habrá aparcado bien el coche, o intentar recordar la fecha exacta del concierto de The Police en Barcelona.
Ninguno de los dos ha dedicado al otro ni un solo segundo en sus pensamientos, son más importantes las trivialidades que los envuelven que todo lo que compartieron años atrás, ni siquiera formalismos, ya no se interesan en absoluto. Y es mutuo.
A veces pasa, de pronto alguien con quien compartías inquietudes, que era el eje del mundo, deja de interesarte. “Escogimos caminos distintos”, decimos. En realidad sería más acertado decir “Crecimos de modos distintos”. No somos inmutables, nuestro carácter es el reflejo de días y situaciones, crece, o madura, con cada instante. Por eso ningún momento es igual que el momento siguiente, aunque a veces lo parezca porque el cambio es gradual. Por eso no es lo mismo que algo pase hoy o pase mañana. Siendo inequívocamente nosotros, somos distintos. Porque nunca somos del todo, no llegamos al final del camino de ser y nos esperamos a que la vida pase, siendo simplemente, sino que vamos siendo cada día un poco más, en dirección correcta o equivocada. De ahí que al ser humano deberían llamarlo ser que evoluciona, no ser evolucionado. Porque el proceso nunca se acaba, porque es eterno mientras hay consciencia.
Cada día más llenos, en el sentido de completos, porque lo que ya ha sido siempre sigue siendo aunque a veces sólo sirva como referente antagónico de lo que iremos siendo después.
Doblan la esquina con paso firme y la cabeza llena de pensamientos con forma de pájaro. Van a atrabajar, uno de ellos se enfrentará a un trabajo que ralentiza su crecimiento, porque lo atrasa, lo atrapa, le aburre. Un trabajo que le monitoriza, convirtiéndolo en pantalla que refleja por dinero. Mientras teclea el ordenador irá cerrando su pensamiento hasta que consiga que cualquier razonamiento pase desapercibido, casi en blanco. Y así pasará día tras día, año tras año, con su tiempo hipotecado y dejando que su mente se hipoteque con él. Hasta que un día se jubile y otro se muera. O tal vez no se jubile.
El otro llegará a un local con luz artificial, se doblará hasta que la espalda le reviente y una hernia le destroce la columna vertebral, pero con cada pieza que monte será pieza y sus manos se moverán con la agilidad del que sabe lo que hace y sabe lo que le gusta. Su pensamiento estará allí, donde están sus manos, en su cuerpo, acompañando cada movimiento de sus dedos. El también tiene hipotecado su tiempo pero su mente es libre porque es él a cada momento. La historia acaba igual, se morirá un día cualquiera, aunque tal vez el fin no sea el mismo.
El sentido a la vida se lo damos cada uno, esa es la verdad que asusta, esa es la única y oscura verdad a la que nos acerca el crecimiento: somos libres de elegir. Tan libres que la mayoría de las veces preferimos no hacerlo.
tolerancia
Un artículo interesante el que leí ayer mientras cenaba. Hacían un repaso de las tendencias filosóficas modernas, desde los empiristas como Locke o Berkeley, a los racionalistas, como Descartes o Spinoza, el existencialismo de Kierkegaard o el idealismo de Hegel. Del interés real que me produce la filosofía entendida como cuestionamiento existencial o filosofía de vida, valga la buscada redundancia, me siento orgullosa. Sería un error imperdonable dejar que pasaran desapercibidas delante de mis narices las genialidades de los grandes maestros pensadores.
De todas formas leo poco, aprendo poco y pienso mucho. Y esa no es la fórmula. Tal vez si me decidiera a aprender más, sería más tolerante con las cosas que pienso. Quiero decir que si aprendiera más de las grandes teorías filosóficas que intentan concluir cómo somos, como seres humanos, tal vez consiguiera, a pequeña escala, entenderme mejor como persona individual. Encontrar la verdad que me hiciera sentir cómoda con mi pensamiento, que mantuviera mi personal relación pensamiento-acto fiel a mi misma y mis principios. La postura vital que me permitiera ser flexible con mis miserias.
Una frase de Anaïs Nin que me llamó la atención: “No vemos las cosas como son, las vemos como somos”.
Podríamos dar la vuelta a esta observación argumentando que las cosas son de un único modo: “el real”, y no hay posibilidad de percibirlas de otra forma que no sea esta. Seguramente argumentación, que se podría extender ad infinitum, en la que se desenvolvería a la perfección cualquier empirista convencido. Pero yo prefiero aceptar esta sentencia como verdadera, que me parece muy sensata, y pensar que si las cosas dependen de nuestra percepción, subjetivada por nuestro carácter, nuestra situación (o consecuencias), nuestras hormonas, (etc.), ser felices se trata de aprender a escoger la lente adecuada. Graduar los ojos del alma hasta que lo que percibimos como nuestra realidad nos lleve a ese estado de ataraxia epicúrea en la que el placer, no sólo hedónico sino intelectual, nos conduzca al estado de equilibrio y serenidad que necesitamos para alcanzar la plenitud.
Volviendo a la frase de Nin, deberíamos aprender como somos para entender porque vemos las cosas como las vemos. Y una vez descubierto el defecto de visión, usar correctores ópticos. Aprender para vivir mejor. Ese es el objetivo (sentido) de la filosofía. Y la sabiduría anterior, nuestras herramientas de trabajo. Es difícil trabajar uno sólo con uno mismo, por aquello de que nos cuesta ver la viga en el ojo propio. Pero hay que intentarlo, tener paciencia, no rendirnos, ser valientes y estar dispuestos a operar de vida o muerte en alguna ocasión. Seguramente esta búsqueda hace sufrir demasiado y nunca hay garantía de éxito, somos muchos los que nos pasaremos buscando toda la vida, por eso yo diría que, de todas, la actitud que nos será más útil es la tolerancia. Empezando por nosotros mismos y nuestros errores.
Amor, reductio ad absurdum
El amor es un tema muy manido, escribir sobre él sin caer en sentimentalismos excesivos o imágenes muy sobadas es difícil. Pero lo contrario, abusar de la ironía, puede resultar artificioso, incluso cargante. Hay que acercarse al amor despacio, yo diría que con una fidelidad escrupulosa.
Ha sido a raíz de un comentario que he leído donde, haciendo referencia a un poema, alguien escribe: “eso se siente cuando se está enamorada”. Me ha gustado pensar que puedo transmitir con letras lo que siente una persona enamorada. Y me ha llevado a pensar si el amor no debería ser algo intransferible, exclusivo y diferente en cada piel. El amor, como el sentimiento más complejo y contradictorio. Como el sentimiento único y verdadero.
El comentario ha abierto la caja de Pandora. ¿Estaba enamorada cuando escribí ese poema? ¿Pensaba en alguien a quien había amado? ¿Hay que estar enamorado para saber qué se siente cuando se está enamorado? No tienen mayor interés las respuestas a estas preguntas retóricas, yo he estado enamorada toda la vida. Es de nacimiento.
La brecha abierta. El amor por delante, como tema para pensar en él, y yo con poco tiempo que dedicar a esta reflexión casera.
Sólo apuntar algo que un buen amigo que cree haberse enamorado demasiadas veces me decía el otro día y en lo que vuelvo a pensar a ratos. Hablábamos de amor, del suyo más bien, de su forma de amar y desamar. Insistía en que el enamoramiento es básicamente un proceso intelectual. Esta teoría tiene un punto de racionalidad que me reconforta y aunque me parezca desangelado reconozco que me libera pensar que, en cualquier caso, siempre es mi mente la que controla, no al revés.
Según él, enamorarse no es inevitable. Tienes una necesidad y buscas con quien compartirla. Estar enamorado se acaba convirtiendo en pensamiento. Estar enamorado es pensar constantemente en alguien, ocupar tu mente de esa persona. Y eso podemos evitarlo o fomentarlo, dependiendo del interés. Él insistía en que es posible re-enamorarse de alguien con sólo la voluntad de hacerlo. Y que sólo dejas de amar cuando, la persona amada, ya no forma parte de tu pensamiento diario.
Debería reducir al absurdo esta teoría, es poco emocional. Aunque he de reconocer que me gusta. Pensar que amar no es ceder el testido del control. Que todo está en nuestra mente. Seguiré sacándole brillo, pensando en ello. Ahora tengo prisa.
Tiempo, para pensar
«La escritura, al fin y al cabo, es un intento de comprender las circunstancias propias y aclarar la confusión de la existencia. Inquietudes que sólo atormentan a inconformistas crónicos» Isabel A.
Yo no escribo por otro motivo, o ese es el que moviliza. No sé donde lo aprendí pero soy racionalista. Aunque insistan en colgarme la etiqueta de impulsiva en realidad no lo soy, quien me conoce bien lo sabe. Siempre destripo, juzgo, analizo, sopeso. Tampoco soy fría, sólo de manos y pies.
Lo que sí soy es anárquica. Si el resultado de ese despiece mental no es de mi agrado lo ignoro y hago lo que me viene en gana. No tiene nada que ver con el impulso. Soy consciente de que mi razón se morirá el mismo día que mi cuerpo, y como dice el famoso dicho popular «que me quiten lo bailado». Que no, que no es frivolidad, que sufro mucho y lloro y me desespero. Pero es que eso es estar vivo.
Dejándome a un lado y volviendo a la escritura, es cierto que hubo un tiempo en el que pensaba que lo que escribo podía tener interés para alguien que no fuera yo, pero cada vez sucede menos. Escribir se ha convertido en una forma disparatada de sacudir emociones. De intentar etiquetar todo lo que pienso, soy o siento. De aclarar. Por eso escribo y luego me leo. Y luego pienso. Y reescribo y vuelvo a pensar. Mis letras son madejas que se enredan y desenredan.
Hace tiempo (mucho) que no escribo dos líneas con gracia. Ni pasando horas delante del teclado conseguiría arrancar una imagen sorprendente. Nada tiene que ver con la presión del que escribe por profesión. Un caso crónico de exigencia ilimitada. Siempre buscando fronteras. Como si allí fuera a encontrar algo más que cansancio y sudor.
Tal vez mi vida sea tan poco emocionante que necesite deshacer castillos de arena. Lo mío siempre ha sido la tragicomedia.
Paso las horas inventando historias de príncipes desesperados y princesas deprimidas. Todo es culpa de esta maldita televisión que nos tiene sorbido el seso. No soy una renegada, más bien una romántica desengañada. Todo existe en justa medida. Me he pasado la vida creyendo que todo lo que me rodeaba era exclusivo y ahora que entiendo que soy un grano más, de arena o en el culo, no puedo evitar sentirme defraudada.
Inventar historias de príncipes y princesas que nunca son felices y mucho menos comen perdices es el modo más inocente de vengarme de mi propia ingenuidad.
pensando en ella
Un tumor cerebral ha decidido matar a alguien más. Alguien con quien hace años mantengo una relación personal cercana.
Después de una operación, un diagnóstico sin opciones y varias sesiones de quimioterapia, se le apagan los ojos. ¿Qué debe pensar alguien que está a punto de morir?
Ella lo sabe, no hay solución. Los que estamos a su alrededor también lo sabemos. Nadie lo dice pero está implícito en nuestro comportamiento. En la dulzura. ¿Cómo despedirte de alguien que está a punto de morir?
Pero no es sobre la muerte y el desgarro que pienso esta mañana, más bien lo contrario. Pienso sobre si tiene sentido vivir una vida inconsciente. Porque es lo que hacemos casi todo el tiempo. Vivir sin consciencia de que somos el resultado de una puesta en escena. Moralidad, estructuras, pentagramas. Camina por aquí que es lo justo. Teledirigidos dóciles, incluso en nuestras rebeliones, que entran dentro de la estructura. Hablo de mí.
Cambian los valores pero no el engranaje. Alguna vez aparece alguien que entiende por encima de la comprensión y aplica. Consiguiendo romper con las cadenas, que son internas. Romper es dejar de tener miedo a vivir libremente.
Vivimos intentando no salirnos de la ralla, mimetizando por similitud o contraste. En función del lugar que ocupemos desarrollamos la que “tiene que ser” nuestra historia. Encajando perfectamente. Y olvidando que este juego no es eterno. Que deberíamos respirar hondo. Todos queremos ser un alfa perfecto. Hablo de mí.
Visto desde el umbral de la muerte todo me parece un gran absurdo. Demasiado esfuerzo para no llegar a ningún sitio. Porque la muerte, de ser algún sitio, debe ser un sitio muy oscuro.
Esta reflexión no modifica comportamientos, ni si quiera enseña. Qué pena. Si aprendiera a hacerlo mejor cada vez que pienso en lo mal que lo estoy haciendo, sería un ser humano experto.
¿Qué haría ella si pudiera hacer una última cosa?
¿Qué cambiaría si pudiera cambiar algo?
¿Tendrá miedo?
¿Es verdad que la esperanza nunca se pierde del todo?
¿Qué pasará justo en el momento que cierre los ojos? ¿dejará de sentir? ¿seguirá pensando unos minutos? ¿eternamente? ¿tendrá la certeza previa de que todo acabó?
Vivir es un regalo. Deberíamos disfrutarlo en lugar de quejarnos tanto.
¿del lado de los afectos... o de las razones?
Una conversación, de esas que ocurren como una simple sucesión de palabras, en este caso escritas. Sin importancia, pero que me inclina a la reflexión filosófica sobre lo que somos, como seres capaces de razonar y expresar razonamientos.
El otro día le escribí a alguien: “sabes que siempre estoy de tu parte, aunque no siempre esté de acuerdo contigo”. Hoy me he despertado, por motivos completamente ajenos a esa situación, pensando en eso. En mi tendencia a estar del lado de las personas y no de las razones. En la confianza que tengo en mi juicio emocional, más que en la obviedad de una realidad razonada.
Hasta hoy no me había parado a pensar en ello. Siendo mi lógica una lógica racional, (aunque sea muy visceral soy racionalista), me he dado cuenta que lo verdaderamente importante para mí no son las razones, sino los afectos. Fidelidad a los afectos, siempre desde un ángulo razonado.
Me explico. Yo puedo estar del lado de alguien a quien quiero, siempre. Aunque no esté de acuerdo con sus razonamientos. Porque entiendo mis argumentos y razonamientos como míos, pero no como verdaderos. Es decir, confío en mi capacidad de razonar pero no por ello creo estar siempre en posesión de la razón. Asumo que muchas veces participo de juicios erróneos, criterios sin fundamento, a veces es la falta de información o visión subjetiva la que me hace posicionarme de un modo determinado. Por eso no tiene sentido dejar uñas y dientes en el camino. O dejar incluso los afectos.
Cuando yo decido querer a alguien, creo que eso se decide aunque no seamos conscientes, he tomado esa decisión basándome en criterios, emotivos si quieres, pero no por ello menos procesados. También cuando decido no querer a alguien, o cuando decido querer a alguien parcialmente. Y esos razonamientos emocionales son los que acabarán inclinando la balanza.
Cuando asumo a alguien como persona (para mí) estimable, ya sea por su capacidad de amar, por su honestidad, por su ser consecuente, por su ser justa, o por todo eso a la vez, es para creer en esos valores, siempre. Aunque a veces también nos equivocamos amando a alguien que no se lo merece. Es el riesgo que asumimos cuando amamos.
Por tanto, no es que desconfíe de mi capacidad de razonar, es que confío más en mi criterio emocional, el que utilizo cuando decido querer consecuentemente a alguien, o no hacerlo. Actuando así me siento más próxima a la verdad, al no-error.
Creo en la relatividad general de lo que nos rodea, no soy dada a sentencias, pero, aún relativizando también los errores, tanto las personas que quiero como yo misma, nos equivocamos constantemente. Es en nuestro posicionamiento a la hora de defender esas razones que debemos echar mano al sentido común. Y en mi caso, el sentido común, tiene fe ciega en mi capacidad para elegir afectos. No hablo de aceptar los argumentos de esos afectos renunciando a los míos, sino de asumir como válidos ambos. Basándome en la confianza ímplicita en el amor.
Quiero decir que en una situación en la que haya dos bandos yo siempre estaré del lado que estén las personas que quiero, aunque no acabe de compartir sus razones. Y lo haré porque creo en la sabia espontaneidad de mi criterio afectivo más que en las contaminadas razones subjetivas de mi intelecto.
No es tan simple, ya. Hay matizaciones mil. Yo pensaba en un caso concreto, sin trascender en el análisis de una verdad elemental. Seguramente se podría hacer una tesis profunda, o entrar en un debate sobre la cuestión de si siempre amamos con criterio.
No puedo generalizar, es una experiencia personal pero, a parte de los afectos naturales que no he escogido y son los que son (la familia), estoy rodeada de afectos razonados. Por eso, cuando quiero a alguien, es mucho más fiable la razón que me mueve a ese afecto, la fe en la condición de esa persona a la que he decidido querer, que los mil argumentos que yo pueda tener para oponerme a sus decisiones, criterios, argumentos o razones.
Siempre es lo mismo, amar como motor que me impulsa. Amar por encima de todas las cosas.
Consecuencias
Consecuencias que nos obligan
a callar el grito que atraganta el alma
a suspirar el deseo que nos sube al cielo de la garganta
a quebrar el latir que mendiga el pulso
a bebernos la vena que sangra
a engañarnos
a contener caricias que se quiebran en los dedos
al silencio
a ser hacia dentro
a morder el hueso y escupir la pulpa
a desechar la risa y rebozar el llanto
Consecuencias que nos obligan, a ser culpa.
Pienso estos días en lo ilógico de nuestra lógica preventiva. Más que nunca, entiendo que ninguno de los sufrimientos que nos imponemos merece la pena. Procesando las consecuencias de nuestros actos como si tuviéramos certeza de futuro. Es cierto que hay una tendencia previsible. Pero ese es el truco, ahí está el juego. Hay que liberarse del preconocimiento engañoso y vivir instalado en el corazón, no en la mente.
No es fácil. Y lo dificulta el efecto jaula en el que nos hemos acostumbrado a movernos. Por eso ha sido necesario abrir la puerta. Estaba perdiéndome en mí misma.
Estos días he visto claro, con una nitidez extraordinaria, que ese orden lógico causa-efecto no funciona. Es ficticio. Aquí, en un mundo más auténtico, las cosas nunca son como pueden ser. Siempre son de otro modo.
De nada sirve planear o prever, ni temer el paso del momento. El tiempo siempre se estanca y sólo quedan dos opciones. Esperar impaciente, o sentarte a su lado. No como quien espera que algo pase, sino no como el que ve las cosas pasar. Que es distinto.
Me doy cuenta de que sólo he estado siendo consecuencia de mí misma. Y para poner remedio sólo puedo actuar desde dentro. Pero no prejuzgado cómo, sino dejando que todo sea. En lo único que creo es en el cambio que fluye, encauzado, sin diques. Nada de lo que me rodea tienen porque cambiar, es más, nada cambiará si el cambio no es bilial. Y no quiero nada que implique hastío, cansancio o renuncia.
Ser madre por encima de cualquier otro pensamiento. Eso es lo que ahora mismo siento.
la crisis del «miedo»
No es que de golpe sepa algo nuevo. Es más bien como si, de pronto y sin proponérmelo, hubiera entendido algo que ya sabía.
Y no se escoge el momento para que estas certezas se instalen en nosotros. Son como semillas que van germinando y un día rompen hacia la luz. Hay semillas que nunca germinan. Incluso las hay que germinan al revés.
El caso es que hoy, nada más levantarme, he tenido que tomar una decisión. Definitiva, porque he dicho que no a algo que ya no podré hacer en otro momento por una cuestión de plazos. No es que me arrepienta de la decisión, en este momento ha sido la opción acertada, pero he dejado que se instalara en mi la duda al pensar que tal vez estoy cerrando puertas que en un futuro cercano me podrían haber sido útiles. Sólo me habría requerido un pequeño esfuerzo mantener esa posibilidad y posponer la decisión un par de meses. Pero he dicho que no.
Hasta aquí el proceso habitual del que toma decisiones.
Venía dándole vueltas. Dejándome dominar por el cabreo de haber permitido que la pereza influyera en mí. Repitiéndome una y otra vez que no se deben cerrar puertas hasta que no es estrictamente necesario. A ratos riñéndome por haber decidido la opción cómoda y a ratos argumentándome porqué es la opción correcta. Un proceso mental saludable, como diría mi amigo L, porque hay reparo. Y el miedo razonable – según su criterio profesional – es un indicativo de cordura elemental.
Me he alejado de la situación, defendiéndome de mis propios ataques la he autojustificado y he acabado con un portazo definitivo. Es así como reacciono siempre. Mi proceso habitual. Pero por algún motivo esta vez el proceso ha ido un poco más allá. El tema estaba zanjado en mi mente, no había opción de marcha atrás, pero la sensación de no estar segura de haber decidido lo correcto seguía ahí, instalada en algún punto indeterminado entre mi pulmón izquierdo y mi corazón. Habría acabado por diluirse. Siempre pasa. En otro momento habría acabado aquí, permitiendo que la duda se asumiera y no volviendo a pensar más ella. Pero no ha sido así en esta ocasión.
En el punto justo he visto la sensación desagradable como un objeto con dimensión corpórea encogiéndome el corazón. Asumiendo que mi estado natural no es esa aprensión en el pecho, me he parado a observarla, con curiosidad, como quien observa algo que le es extraño. Era miedo, claro. Pero no un miedo real, sino un miedo mental. Eso es lo que realmente me ha sorprendido ver tan claro. Mi miedo, ese que tanto me molesta, lo he creado yo misma. Y lo alimento, que es peor.
No he sentido rechazo, me he quedado un rato pensando a su lado, dejando que se expresara. Hasta que ha sido incapaz de seguir haciéndolo porque sus argumentos no son reales. Es nuestra mente, que se extralimita. Ha sido entonces cuando me ha sorprendido la certeza de que le miedo es un recurso creado por nuestras mentes débiles. No más. Aunque es un recurso poderoso, que nos paraliza. Y si permitimos que se inmiscuya en nuestra toma de decisiones, en realidad, estamos amputando nuestra capacidad de decidir bien.
Para ver claro lo que quiero decir, cuando tengas que tomar una decisión, fíjate. El miedo siempre es previo a la toma de decisión. Una vez decidimos algo, aunque sea una opción que a priori nos asusta, el miedo desaparece. Últimamente he ido viendo como miedos arraigados y profundos se han ido evaporando. No porque los riesgos se hayan diluido sino porque una vez la decisión se asume, el miedo no tiene sentido. Cuando no hay posibilidad de dar marcha atrás, aunque la situación todavía no se haya manifestado, lo que tanto nos asustaba, deja de asustarnos. Es decir, el miedo no acaba cuando acaba el riesgo. El miedo acaba cuando nuestra mente entiende que no ha sido capaz de bloquear nuestras decisiones. Y asume su derrota.
Es a partir de ese momento que empiezas a disfrutar plenamente de la decisión que has tomado. Y experimentas el gusanillo del riesgo sano, de sentirte realmente libre para decidir. De sentir que participas de tu vida, eligiendo.
Es una ironía pero se me ocurre de pronto que, por la capacidad que tiene el miedo de manipularnos, a lo único que deberíamos tener verdadero miedo es a tener miedo.
de sueños y sueños
“Por fin soy eterno presente”
Ese es el epitafio que me sugirió la vieja Sandra de moño gris y vestido oscuro que miraba por la ventana de una sala de estar situada en el segundo piso de una vieja casa, en algún lugar que no consigo identificar. Una vieja a la que no le asustaba la muerte. Una vieja preparada para dejar de existir – ¡qué entereza! –. Una vieja elegante, serena, de mirada irónica, amante dulce de la soledad y el silencio. Una vieja que ya no luchaba porque sabía que las guerras ni se ganan ni se pierden. Que estaba tranquila y feliz en su sosiego. Una vieja que miraba con dulzura extrema y amorosa condescendencia. Una vieja sabia.
La vieja Sandra me dio un beso al despedirse y me acarició la cara. Un beso posando sus labios en mi mejilla, un beso de profundo amor, respetuoso. En su mirada un cariño extremo. O infinito. La Vieja Sandra me robó el alma con la profundidad de su presencia.
Antes de irme, me alargó un reloj de cadena dorado. El reloj tenía grabadas unas figuras, como lazos que se cruzaban entre sí. La esfera blanca, con grandes números árabes de color negro. Quería que recordara que el tiempo no existe. Que el tiempo es algo inherente a nuestro paso por este estado, dada la evolución – ¿degradación? – física a la que somete a nuestros cuerpos. Pero que no debo dejarme presionar por sus agujas. Algo tan insignificante como un reloj. Algo tan grande como un reloj.
Y entendí de pronto lo del epitafio: “Por fin soy eterno presente”
La vieja Sandra sabía que el tiempo es una atadura de la que es difícil librarse en vida. La única cadena que todavía la ataba a ella. ¿Quiso deshacerse de su grillete traspasándome la custodia del reloj o regalarme la clave de su sabiduría?
La vieja Sandra sabía que no hay verdadera liberación hasta el momento de cada muerte. Es sólo a partir de entonces que ya siempre somos momento presente. Del todo libres.
de semillas y lazos
Si quisieramos, las cosas podrían ser más fáciles, pero es demasiado complicado.
El hombre que recoge semillas llega tarde a casa
se sienta en el porche y echa la siesta
la comida hierve en un fogón de butano
los zapatos de la cocinera tienen suela de esparto
Mientras espera la cena, el hombre del porche que recoge semillas
hace lazos con cuerdas de plástico
y regala los lazos a los niños de la vecina
que juegan a que recogen semillas delante del porche.
La vecina no tiene fogón de butano
ni zapatos de suela de esparto
ni hombre en el porche que recoge semillas
tiene seis hijos, que juegan a que recogen semillas delante del porche de enfrente
y le regalan lazos de cuerdas de plástico
que ella vende en la puerta del mercado para comprar semillas
las mismas que recoge el hombre del porche que les regala los lazos.
Pensando en voz alta
¿Los osos sueñan cuando duermen? Y cuando hibernan ¿sueñan?
Si el periodo de hibernación es como el sueño… ¿Segismundo hibernó? ¿Segismundo soñaba?
La mía tampoco es más que una vida-sueño. Sueño de irrealidad, o comedia. Sueño involuntario, arbitrario y teledirigido. Sueño de cansancio, sueño de compás de olas y voluntades que restringen. Oscuras y eléctricas.
Yo no quisiera morir, tal vez hibernar eternamente. “Vivir un rato para morir siempre” como escuché ayer en una canción. Qué verdad más atractiva. Pasar la eternidad muriendo. Porque la muerte tras la vida es un acto eterno. Morir es transitivo, no finito. La muerte es demasiado grande para ser un punto.
Un secreto: el sentido existe pero es más fácil no creer en él, y más inteligente. Porque nos exime de la responsabilidad y el auto-compromiso de entenderlo.
Apostar sólo apuestan los muy ricos o los muy pobres. Y los valientes aburridos que no murieron en las guerras.
La tierra fue plana y el sol el centro del universo. Verdades que ya no son ciertas, como la vida eterna.
Ego. Después de la muerte sólo hay ego.
tristeza
No entiendo la tristeza ancestral que se me instala en los intestinos, como mezcla de hambre fiera y ganas de llorar.
Tristeza salvaje y sin domesticar. De lágrimas hacia adentro que me inunda el conocimiento y la vista y ensordece la poca luz que se filtra por las ranuras de la persiana.
Es tristeza aprehendida o hilvanada, que no me pertenece pero se agarra a mi espalda y me pisa el dobladillo de los pantalones, haciéndome rabiar.
Dura poco, lo suficiente para llorar dos perlas que más tarde seco y uso como pendientes.
Causa-Efecto, aprendizaje emocional
Aprendí que la recompensa afectiva iba precedida de dolor, o de algún reto. No hay victoria emocional sin trabajo previo. El amor es el premio por un trabajo bien hecho.
Tener un hermano cinco años más pequeño hizo que tuviera que inventar para llamar la atención de mis padres. No recuerdo la forma en la que procesaba las emociones en aquél momento de mi vida, pero sí recuerdo algunos comportamientos. Yo había sido la princesa de la casa, de la familia, la única niña, el juguete dulce. Con lo empalagosa que soy debió ser para mí el estado ideal, al que sin duda he aspirado a volver, afectivamente, durante toda mi vida. Memorizándolo en el subconsciente como el estado emocional perfecto.
No sé lo que sentí cuando apareció mi hermano, pero me recuerdo peleando en clase con otros niños porque la profesora les hacía más caso que a mí, me recuerdo en urgencias por haberme metido trozos de goma en la nariz, o por haber comido cola, bebido quitaesmalte, o lejía. Siempre lo he entendido como una forma de llamar la atención. Celos.
Pienso en ello, sé que ese pasado no afecta a mis sentimientos hacia mi hermano, al que quiero con locura y por el que me preocupo de forma exagerada, o los que tengo hacia mis padres, mis queredores más intensos. Pero empiezo a pensar que existe una relación entre ese hecho y mi actual forma de amar.
Arrastro la causa-efecto de ese aprendizaje. Fue en aquellos primeros años cuando aprendí que si quería sentirme realmente satisfecha con el amor que recibía tenía que sufrir por conseguirlo. Si no era así, sino se establecía una relación sufrimiento_actuación_recompensa, no había amor.
Saciaba mi necesidad de afecto inventando estratagemas que me guiaran hasta el objetivo. Actitud que me llevó al desarrollo de la inteligencia premeditada para ganar, lo que fue sentando sólidos cimimientos de confianza en mi misma. Una visión objetiva de mis posibilades. Siempre sabiendo hasta dónde soy capaz de dar, y siempre apurando el límite. Por otro lado, hacía que, inconscientemente, para mí no hubiera amor si no había lucha.
Parece un razonamiento demasiado simple como para no haber pensado en ello antes, o demasiado simple como para condicionar el resto de mi vida afectiva, pero ese aprendizaje puede explicar muchas de las cosas que fueron viniendo después. Por ejemplo, que sólo me enamorara de chicos a priori inalcanzables para mí.
Si el chico me hacía caso a la primera todo mi interés hacia él desaparecía. Sólo en el caso de que no fuera así, había opción de lucha. Lo que auguraba posibilidad de recompensa y despertaba mi total interés. Si el chico reaccionaba y se fijaba en mí yo disfrutaba del premio, que era la respuesta afectiva que había buscado. Si esto no pasaba, me obsesionaba con él hasta que, o conseguía mi propósito, o, por aburrimiento, lo sustituía por otro objetivo. Esa fue la pauta durante toda mi adolescencia. Y esa sigue siendo, con otros matices.
El amor y el sufrimiento siguen yendo unidos. Porque así lo aprendí de pequeña. Pero tengo que seguir investigando (me) porque hay más, creo que esta es la punta de un iceberg interesante.
reflexión sobre el dolor emocional
La distancia siempre es la solución. Distancia en el tiempo, distancia en el espacio. Alejarnos de lo que nos hace daño es un olvido progresivo. No creo que con el paso de los días el dolor se racionalice mejor, sólo se ve más lejos. Y se difumina. Se integra en el horizonte que dejamos a nuestras espaldas.
El dolor tiene estados, hasta llegar al soportable. Convivir con él es algo que hacemos cada día. Con dolores ajenos, o dolores pasados. Pero son dolores que llegan y pasan, siguen su camino. Se asumen.
La dificultad la encontramos si el proceso se estanca en algún estado, o cuando no podemos alejarnos de lo que nos hiere. A veces porque no queremos o no sabemos. Entonces el dolor se perpetua. Es constante, punzante. Y nos quiebra por dentro bloqueando la posibilidad de superación, que necesita de la distancia.
Nos va haciendo más vulnerables. Todo duele mucho entonces. Cualquier gesto, una palabra, el silencio. Y se acumulan dolores pasados y presentes, y se nos hace un bola de dolor en el esófago.
Al dolor hay que permitirle que se aleje. Sólo así dejamos que avance y cicatrice.
Pensando
Leo en el periódico que Hamás ha ganado las elecciones en Palestina. Freno en seco y me paro a pensar en el conflicto israelí-palestino. De pronto siento una tremenda curiosidad, quiero documentarme. Reclamo un punto de vista alternativo a un amigo, siempre tan subjetivo como razonable. Me aconseja distanciarme de lo que dicen los diarios occidentales y mirar desde otro lugar. Creo que es un ejercicio saludable.
Durante horas busco información, releo noticias. Absorbo como una esponja miles de datos que olvidaré en minutos porque tengo una capacidad de retentiva pésima. Pero mientras leo, voy dando forma al Todo del que dependerán mis conclusiones.
Mi mente empieza a dispersarse, está intentando entender aunque parezca que se va por las ramas.
Mi jefe, ejemplar feudal, odia bilialmente a todo el que se preste a llevarle la contraria basándose en un principio bastante común: él es listo y los demás somos tontos. Cosa de la que está convencido, sin duda. Paternalista y algo inseguro nos obliga mediante el chantaje a representar una obra, alguna vez rozando nuestros principios. Su realidad sólo nos incumbe a medias pero nos traslada sus malos rollos, manipula, falsea. Crea una realidad distorsionada con la que se envuelve. Y en la que crece.
A veces, cuando voy conduciendo y otro coche quiere incorporarse a mi carril acelero para pasar primero en lugar de reducir la velocidad para cederle el paso. En mi favor diré que no lo hago siempre. Sólo a veces.
Si alguien intenta colarse en el supermercado me indigno y pego mi carro al culo que haya delante. Justifico mi indiferencia ante el frío o el hambre basándome en los abusos cometidos por mala gente. Y otras veces discuto aún sabiendo que no tengo razón.
La diferencia es tan sólo de repercusión. Todo me parece lo mismo de fondo. Las consecuencias son distintas pero el nido en el que nacen y se alimentan los conflictos siempre es el mismo. Y es que parece que no evolucionemos. Nacemos con las carencias que nos mueven a actuar de determinada forma y seguimos materializando esas carencias a lo largo de los años. A lo largo de nuestras vidas y perpetuándolas en nuestra descendencia.
Hemos creado un sistema de fachada. Alguien tan imperfecto como nosotros mismos intentando dirigir el mundo. Y eso me asusta. Hay demasiada incapacidad en los responsables que nos gestionan. Gente no apta porque es demasiado imperfecta.
Problemas de colegio (de entendimiento) gobiernan multitudes. Líderes limitados. Personas que no piensan demasiado. Y que llegados a un cierto rango creen estar por encima del resto, lo que les hace todavía más imperfectos. Y ciegos.
Es suficiente con analizar las situaciones que nos rodean para entrever que siempre es lo mismo. Siempre actúan los mismos patrones infantiles. Miedos, posesión, tener la razón y contener la verdad, afán de conquistar, dominar, someter.
Los mismos miedos. Lo que difiere es la escala.
Addagio sostenuto
Sonata para piano Nº 14 de Beethoven. Claro de luna en addagio sostenuto.
El sonido de un piano puede tocarte el alma, como una imagen. Y rasgarla hasta extremos inexpresables. Sensibilidad mon chéri. Aquí me deja, contemplando el vacío. En silencio de palabras, de imágenes. Sin pensamiento.
Poder evocador que me conduce al pensamiento esdrújulo, que me empuja a cuestionarlo todo. Buscando un sentido a la huída de la palabra. A descubrirme por encima del vulgar desayuno. Ayunando emociones.
El mundo amputa la capacidad de expandirme como nota de música voluble y fugaz. No soy más que sonido que vibra en la membrana de tu pensamiento. Y vuelo, y vuelvo al lejano desafío. Ni imagen ni semejanza. Soy vibración, latir de tu pulso. Clímax enlazado al compás. Clave sostenida de verdadera ausencia. Sin cuerpo. Etérea.
Me redescubro con miedos medulares. Con miserias. Tan humana como bipolar. Como niña que llora. Soy desgarro de alma, centro del silencio.
Ahuyento con vacío la certeza de cualquier cordura. Faldas de vuelo, me deslizo como el viento. Bucólicas imágenes de placer. Jardines, flores, prados. Soy viento y marea. Volcán. Un gusano. La manzana. Pecado capital de piernas rozando la cadencia del tacto.
Juego a ser de la lengua que expire, entrar en el universo en el que suena el tic-tac de todos los corazones. Máxima emoción que me abre las puertas de la belleza divina. La que no tiene rostro ni edad. Ni nombre ni fecha. Ni color, ni voz.
La ese. Silencio.
No me sublevan tus párpados, es tu acento. Tu forma de pronunciar la ese, cerrando los labios. Atrapando el deseo con el parpadeo. Esa ese que se clausura en tu boca. Que agranda tu lengua y entra en tus dientes. Esa ese que escupes hacia fuera.
Soy nota de silencio seducida hasta el confín de las almas. Por el piano que suena.
por querer quisiera
Silencio en los huesos del cuerpo, silencio en el fondo del pensamiento resbalándose, queriendo agarrarse a la idea -o concepto-.
Escribir aunque sea como el desafortunado que se crea a la vez que se inventa a sí mismo y sobrevivir a un dictado falso, o ortográficamente incorrecto.
Silencio hacia dentro, porque hacia fuera resuenan los días que van pasado, al son de algo que llaman tiempo, mientras la gente sonríe, perecea, o lee noticias de huracanes que estremecen el mundo.
Silencio sólo hacia dentro.
Buscando el amor, que como emoción es lo único que tengo -odio en su defecto o por subordinación- que consiga unir palabras que evoquen un sentido único que inquiete, que reduzca la lógica a un sin sentido de conexiones prefabricadas.
Mostrando desnuda la emoción intacta, o la imagen. Agria cuando así lo sea. Sin dulcificar la mosca, ni la podredumbre, ni la obsesión. Tal cual son en su belleza, como símbolo o concepto. O ambos.
Para mí quisiera la justa palabra de la idea, que diría Platón desde su caverna.
De narices
Con ello no renuncio a conocer verdades universales implícitas en otras narices o inherentes a todas las narices del mundo. Es más una cuestión de posibilidades que acepto. Soy consciente de mi insignificancia y esa consciencia es la que me lleva a sentirme responsable de ella.
Hubo quien intentó convencerme de mi genialidad para poder convencerse de la suya propia. Al principio descoloca, es un vulgar truco en el que se intenta convencer de algo que existe para poner en duda su existencia. Nunca me había planteado que tenía que aceptarme o quererme. No creía que hubiera alternativa. Tampoco la genialidad era importante, a veces me reencuentro brillante a veces completamente opaca, como tiene que ser. Como es siempre todo el mundo en todo el mundo. Días claros, días grises.
Es curioso como la duda sembrada se vuelve en tu contra y hace que te resultes prepotente, que te sientas insoportable narcisista por toda una vida de afecto que te has regalado: “No tengo conciencia de humildad comunitaria, de especie, soy una ególatra egoísta”. ¿El objetivo? “Aceptarte”, total, volver al lugar de partida.
La vida se da la vuelta en sí misma y se te muestran las vísceras, que son los miedos. De golpe te encuentras con una seguridad ultrajada, un miedo irracional y una vida entera por delante para darte cabezazos.
Necesitas una vela…, cómo si no se pudiera caminar a oscuras, con el olfato o el tacto. Ser mejor¬_que no está en mi lista de objetivos, me hincha más una paella. Por eso me esfuerzo en hacer paellas, cada día me salen más buenas. Buscar sentido a las cosas que rodean las ajenidades tampoco es camino para tan poco caminante, sólo lo que se mueve delante de mi nariz aspiro a comprender. Y me quedo larga. Narices, qué narices.
No digo que sea maravillosa la vida –la mía– pero esa es su grandiosidad. Sin ser perfecta, lo es como para amarla, quererla y respetarla. Un matrimonio que durará hasta que un obsceno beso despierte mi curiosidad y del brazo de la guadaña me abandone.
No tengo prisa. Oscilo simplemente.
Sensaciones
Una canción que deshace el nudo cruzado entre garganta y estómago cuando intuyo que la vida es mucho más (y más bonita) que lo que se puede ver desde mi ventana, o desde cualquier ventana. Qué pena no poder bebérmela toda. La vida, digo.
Escribir es la necesidad de pensar lo que siento para poder entenderlo.
Hay días, sobre todo noches, que se me eriza la piel y se me ponen de gallina las pestañas. Cierro los ojos en un intento de dar las gracias por nada, y por todo. Por tener tanta vida por delante. Por toda la que ya he tenido.
Un poco de tristeza por no saber expresarme mejor de lo que lo intento. Y la misma canción resuena en mi conciencia. Es una melodía mágica. Vivir en segundos emociones que no me pertenecen. Sabiendo que son mías al mismo tiempo. Yo soy yo y lo que pienso.
Me gustaría tener más tiempo para conocer (te) mejor. Toda la vida para compartirla, no para guardarla en un cajón. Me gustaría saber escribir con claridad lo que siento. Pero no es fácil sentir y escribir a la vez, es como atiborrarse los sentidos. Colapso emocional que hay que dejar fluir, emoción que ha de volver al lugar del que salió. Y las lágrimas son aire y van al aire. No hay emoción que no valga una lágrima, o dos. Por placer. Por estar llenas de vida.
Vivir es más fácil si lo haces desde dentro. Aunque no sea fácil entrar.
filosofía práctica
No es sencillo, pero es útil. Sólo hay que ejercitar la des-adoración platónica de nuestro ombligo.
Ayer necesitaba encontrar algo que había guardado otra persona. Debía estar en una carpeta pero no estaba. Era evidente que el sujeto en cuestión utilizó otra lógica de la que yo habría utilizado para el archivo de esa documentación. Sólo tenía que comprender dónde la habría guardado yo siendo él.
¡Eureka! Lo encontré.
Impresiones,
Consciente de estarlo, de pronto, me asusto.
Pensando en manos y pechos
El deterioro resulta inquietante. Mis manos, no arrugadas, se ven de pronto más adultas. La genética se manifiesta en ellas, dos manchas de color marrón claro. Las mismas que tenía mi abuela, las mismas que tiene mi madre. Soy la tercera generación de manos manchadas.
Las miro, creo que dicen de mí más que cualquier otra parte de mi cuerpo. Incluso cosas que ni yo estoy segura de saber. Hablan de debilidad y fortaleza, de terquedad, de ternura. Manos firmes, decididas, capaces. Manos crecidas.
El paso del tiempo recurre a la ciencia una vez más, en usufructo. Es la supremacía gravitatoria que repercute mis pechos. Ellos, sin embargo, no parecen decir nada especial. La aureola violácea que delimita los pezones calla. Aunque impersonales, y a pesar de ser adultos, los comparo con otros pechos y sé que son bonitos.
Esta observación me induce a dos reflexiones. Así como mis pechos podrían ser de cualquier mujer porque sólo hablan de tiempo, mis manos sólo podrían ser mías. Mis manos hablan de mí. Es una tontería pensar eso, lo sé. Ergo sum.
La segunda reflexión, por otro lado inevitable, es insistir(me) en el deterioro. En la temporalidad de todo lo que somos y nos rodea. Y aquí, como si acabara de entender que voy a morirme, me redescubro la cola y empiezo a dar vueltas detrás de un rabo que, ya debería saberlo a estas alturas, nunca se escapará porque no es más que el apéndice de un culo.
En estos momentos, la excitación intelectual ya es tal que erupciono intranquilidad y, un brote de actividad me sacude. De repente quiero moverme, improvisar locuras, reírme a carcajadas. No creo que sea miedo a morirme, todavía no tengo edad para que ese miedo se instale en mis huesos. Si es miedo, es el miedo contrario: a la vida.
Al destino, al aburrimiento, a la rutina. Entiendo que estoy viva y me da vértigo. Exceso de responsabilidad para con mi propia existencia se cuelga de mi espalda. Ese es el pánico que siento. No a la muerte que será sino a la vida que ya es.
El detonante es distinto pero la reflexión se repite: el paso del tiempo, la insignificancia del Yo como poro de este sistema, el absurdo de no ser nada y ser, aún no siendo nada… Sobrepaso mis límites racionales para acabar sintiéndome torpe, ignorante, pequeña. Y prescindible. Del todo y sobre todo, prescindible.
No, no. No me cuesta aceptar mi pequeñez pero me gustaría entender. Me duele el vacío de la ignorancia, no tener justificaciones –que yo pueda creer, claro–. Tener respuestas. Tener la certeza de que son ciertas.
Decido dejar de pensar una vez más. Nunca sé qué contestar.
Sólo una nueva duda: Al universo, ¿también se le empiezan a caer los pechos?
Al olor de la pobreza
Será el champú barato, la colonia con pretensiones, o el poco sol que cabe
entre balcón y balcón, que no seca bien la ropa.
La pobreza con su densidad traspasa la barrera de los sentidos. Adopta cuerpo, forma y aroma. Se deriva en una noción casi tangible.
No huele a indigencia sudorosa –nada más lejos de la realidad–, la pobreza huele a barrio, con niños que van solos al colegio y no siempre entran a clase. Huele a ausencia de Dior y Raban. A cocido de sábado, a patio de luces, chabola, a la humedad de un plato de ducha oxidado.
A pesar de lo que pueda parecer, desde dentro, la pobreza no suele ser triste. Es consecuencia frecuente la no–plena conciencia de su realidad marginal. Como si corrigiera su miopía con lentes de contacto que le protegen los ojos. Pero, cuando hay conciencia plena, sí lo es. Es muy triste. Y es tristeza engañosa, falsa, pero también demasiado miserable. Capaz de desmembrar cualquier cordura.
El olor a pobreza no–consciente es humilde, honesto. Un olor tan verdadero
que, cada vez que me cruzo con él inspiro largo y cierro los ojos, como queriendo absorverlo del todo. Aunque me deje un regusto amargo, inevitable porque abre y salpimenta recuerdos, me gusta inundarme de su autenticidad.
La pobreza existe, está ahí. No es momento para discursos, ni demagogia. No voy a hablar de impotencias, de utopías, ni si quiera de victorias y derrotas. Entiendo que hay nociones tan densas, como la pobreza, que persistirán a mi muerte, a la muerte de todas las muertes.
Sólo quiero hablar de su olor, sin dramatismo. Un olor como de escarcha por la mañana, pero muy de mañana, sabañones, humo de hoguera, mortadela.
A veces la pobreza es alegre, tampoco siempre. Esos días el olor es más intenso, huele como a flor de campo, violeta tal vez. Huele a beso, a tortilla de cebolla, a una mezcla de sol y lluvia. O a sol tras la lluvia, a campo recién llovido.
Los sentidos nos colapsan, son tantas las nociones que procesamos que tardaríamos siglos en razonarlas todas. Olores, sabores, sensaciones en la piel. Sonidos de palabras. Palabras.
Palabras como "pobreza" que se entremezclan con olores a pobreza y nos dan una imagen más real y, por fortuna, mucho menos desgarradora.
Hay que oler las cosas, pienso. Es una buena forma permanecer inmersos.
El reclamo obsesivo: la dependencia a la carne
Sensaciones troceadas, filetes de emociones que regalamos —a veces vendemos— porque nos pesa el sentimiento condensado en el pecho. Reparto de emociones turbadas, que sonríen o guiñan los ojos, y escupen. Que a través de nuestra carne se expresan, presumen, se estiran y encogen, piden atención. Reclamo obsesivo, primario, de roce o intercambio.
Cada uno a nuestra forma aullamos carne ajena. Anacoretas, célibes y promiscuos. Carne, sólo carne–compañía. Solitarios que observan el reclamo de la carne ajena. O inventan el propio.
No lo eliges. Tu carne llama a su carne porque son la misma carne y en si misma quiere fundirse.
Nada más sencillo, ni más complejo.
Hay cosas que tu empeño no podrá cambiar. El reclamo obsesivo de tus oídos a sus pasos, de tu olfato a su aroma, de tu calma a sus palabras o de tu tacto a su roce. El reclamo de tu cuerpo a su cuerpo es algo que se escapa de la lógica racional. Impuesto por la condición de ser gotas de la misma agua.
Gotas que se evaporarán, no a voluntad, sí cuando llegue el momento.
No hay prisa, somos carne y en ella nos fundiremos. Carme-compañera, carne-amiga, carne-padre, carne-amante.
Respiro hondo. Acepto este reclamo como una forma más de consumar la vida.
Ambivalente ignorancia
Es tristeza al no entender porque llegamos al final en condiciones tan denigrantes para con nuestra imagen y raciocinio. Tan usados, tan maltrechos, tan vulnerables.
La vida es un lapso entre lo desconocido y lo desconocido. Un período de recuerdo entre la incógnita y la incógnita. Sin saber cómo, un día aparecemos aquí, previstos de una capacidad de razonar inusual en un animal, para adaptarnos con imperfección a un medio perfecto.
Somos conscientes de nuestra propia extinción como individuo, y de autodestruirnos por placer. Pero también amamos y esa capacidad de amar nos redime de algunas atrocidades, porque es inmensa, descomunal, generadora. Amar. Aunque sea a nosotros mismos, aunque sea un amor enfermizo, amar como mensaje. Amar como inevitable.
Si a estas alturas tuviera que sacar alguna conclusión diría que estoy aquí para ser el mal y el bien, a la vez. Para probar la fuerza de la maravilla y el desastre a un mismo nivel. Experimentar. La vida como paso intermedio podría tener un sentido, no como principio o fin. La vida es la duda, la ambivalencia.
Y la soledad de la muerte, podría ser el último aprendizaje.
permiso para hablar
Por eso no hay rebelión posible, no debo ponerme seria, ni triste. Y no lo hago. Dejar que vuelvan a fluir las letras de mis manos cuando quieran, si quieren. O nunca. Seguir haciendo lo que hago, o hacer otra cosa. Sin presiones. No hay intermedios en la oscuridad de cada íntima decisión. O en su luz, depende de como se mire. Hay que esperar su momento, eso sí. Siempre definitivo. La espera es el limbo, un momento que tiende a todo, o a nada.
Pensar que no habrá ni una palabra cuerda que vuelva a crecer en mí, es absurdo. Nunca se deja de crecer, aunque se crezca poquito o se crezca hacia abajo. Pensar que no tengo nada interesante que contar, es absurdo. ¡Ay! Si supiera decir lo que sé, lo que pienso y siento. Lo visto, vivido y soñado. Eso sería suficiente para no parar de decir hasta la extinción.
No tengo prisa por vivir más despacio, este ritmo ya me parece bien. Incluso el modo, disfrutando. O no haciéndolo, pero sintiendo. Abrazando los segundos que tengo -o me dan-, aferrándome incluso a la rutina. La rutina también tiene su momento de gloria, y de pena.
Escribo poco. Escribo nada. Estoy hablando demasiado.
no reconocer (me)
Bebo un vaso de agua en una cocina que no es la mía aunque es la única que tengo. No
reconocerme sabiéndome, tiene un punto cómico. O demente.
Es cuestión de segundos encontrarme de nuevo y volver a mi misma pero, durante ese tiempo, nada es real. Soy una farsa. Yo, mi cocina, esa ropa que llevo. Nada parece ser yo.
Delante del espejo, parpadeo, —¡quién soy?— durante un tiempo indefinible me siento extraña dentro de mi imagen. Un cuerpo con tres décadas que, de pronto, me resulta inhabitable. Es como si yo, —siendo "yo" algo abstracto—, llevara conmigo muchísimo más tiempo que mi cuerpo.
Alguien me llama, escucho mi nombre pero me resulta raro. Lo repito en voz baja y mientras más lo repito más se aleja de mí. Más deja de ser yo.
Son situaciones de no–reconocimiento con las que me tropiezo. Curioso que, durante esos inesperados lapsus de mi mente, se me antoje desmesurado el absurdo de mi realidad. Mi forma de hablar, mis obsesiones, mi forma de amar o no amar, mis preocupaciones, vivir a medias entre la razón y la pasión, el deber y el querer, o el poder. El Poder.
Absurdo disimular, hablar a medias y no entender casi nunca. Todo banal, superficial y secundario. Infantil. Una interpretación de la vida, no una vida verdadera.
Lo que más me maravilla de esta enajenación mental esporádica, momentánea y transitoria es la convicción con la que vuelvo a asumir mi papel de absurda como incuestionable y único. Con más pasión que nunca, con verdadera fe.
sólo otoño
Es el otoño, le digo. Otoño en el que me despido para siempre. Otoño que trae adioses infinitos y sueño, mucho sueño. No es más que otoño, hojas que caen, que cambian, se renuevan. Y los ojos se cierran, se van cerrando. Y el señor me coge las manos y me golpea la mejilla, también la acaricia. Y yo me voy durmiendo, noto que el cielo se espesa y empieza a desaparecer el cansancio.
Ahora me apetece dormir, susurro. Necesito dormir los adioses, reposar las distancias, recalentar las ausencias. No se preocupe -insisto por última vez mientras me acomodo en el crujir de la acera repleta de hojas- sólo es el otoño.
Duda cotidiana
Lo muevo con la lengua, hago círculos en mi boca y se va quedando pequeño. Es demasiado dulce, me apetecía un sabor que refrescara más mi aliento. Le doy un pequeño mordisco y se resquebraja. En mi paladar se abren grietas al frotar los pequeños trozos de caramelo con la lengua.
Desaparece en un golpe de saliva. Y yo, sigo sin saber si me apetecía comérmelo, o no.

