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de como el cuento, acabó en tragedia

Dices que no te vas, que te quedas. Y te quedas mirándome. Sé que esperas que diga algo pero no sé qué decir. Te miro también.

Así pasan unos segundos. Anhelando el momento de las chispas, de las luces, de la novena sinfonía. Pero no llega y seguimos mirándonos sin mediar palabra. Y es que las telenovelas nos tienen sorbidos los sesos. Nada de lo que existe es tan desmesurado. La vida en sí misma tal vez, el resto es pura anécdota.

Quisiera que tu americana se convirtiera en una capa y tu bufanda en un gorro con pluma de pavo real, que tu coche se transformara en calabaza y de ahí a carroza. Pero nada de eso pasa, sigues mirándome. De pie, en silencio. Como esperando que diga algo.

Los segundos empiezan a resultar incómodos, minutos diría yo. Sonríes, esperas que hable, lo sé, pero sólo puedo mirarte. Esperar que de una vez por todas te vuelvas azul, o te arrodilles a cantarme una serenata (¿decir que me quieres mientras suenan violines?).

Seguimos de pie, mirándonos a veinte centímetros de un beso. Pero tampoco lo hacemos. Doy un paso atrás, te pones serio. Sigues creyendo que debo decir algo pero ya no lo esperas. En realidad empiezas a pensar que me da igual que te vayas o te quedes.

Lo reconozco, he comprado la idea de amor romántico que me vendieron con Blancanieves. Y el resto, no me sirve.

“Tal vez me vaya”, dices quemando la última esperanza de escuchar mi voz implorar que te quedes.

Tú también das un paso hacia atrás. La escena ha recuperado la tensión que necesitaba. De pronto se me agolpan miles de palabras en el latir desmesurado. Te vas. Te vas y te quiero como nunca, pero te vas. Entonces tus ojos son los ojos más profundos jamás inventados, y tu olor el más dulce y tu voz la más llena. Todo en ti adquiere una dimensión de tragicomedia que me vuelca en el suspiro y el llanto contenido.

Ves como se me cae una lágrima. La recoges con el índice derecho. Parece una perla de luz entre nosotros dos, grises. La lágrima se convierte en el alfiler del cuento, en la magia, en el color.

Te das la vuelta. Me quedo llorando.

Y colorín colorado.

Alguna vez, en algún lugar, alguien nos convenció de cómo debe acabar la historia feliz. Y mucho me temo de que, en la realidad, siempre hay algo más. O algo menos.

30/11/2007 16:32 Autor: voces. #. Tema: Voz No hay comentarios. Comentar.

de prisiones y deseos

El destino siempre es impreciso (violeta). Acompáñame, tengo un espejo y un puñado de semillas. No sé donde plantarlas, tal vez contigo cerca encuentre un lugar donde el sol toque el suelo y no haya sequía. Vamos, dame la mano, mira como tiembla. Susúrrame aquella canción que me desconcha el alma, pero tiene que ser cerca del oído para que me desnivele, el efecto se relativiza cuando tu voz entra en contacto con el aire. Acércate más, como ayer en sueños, acércate hasta que tu pulso se deshaga en mi garganta.

Desnúdate, tírate al mar, busca una concha blanca o hazme un collar de espuma. Una isla donde sólo cojas tú, yo ya me enredaré a tu cuerpo para no quedarme fuera.

Se cierran oscuros los caminos, a lo lejos no hay continuidad, sólo el escenario que acompaña a los pasos (instantes). Tanta puesta en escena no merece la pena si la incertidumbre es permanente. Si al menos supiéramos que no acaba mañana el paseo, ni siquiera de eso tenemos garantía. Enséñame el camino hasta el cielo, el que lleva al infierno ya lo conozco. Nunca me atreví a entrar pero he pasado alguna noche de borrachera con Cancerbero. La puerta del infierno es de madera de roble.

No sé rezar. Si tú recuerdas cómo hacerlo, hazlo por los dos. Para que no se nos olvide como, a pesar de las jaulas, se nos alargan las pestañas hasta juntarse cada vez que nos vemos.

24/05/2007 10:42 Autor: voces. #. Tema: Voz No hay comentarios. Comentar.

breve


Aunque olvide el limonero, me queda el patio. Y una mujer que reteje sentada en una silla de mimbre de agosto, cabeza gacha, manos entumecidas, callos en la mirada. Un botijo con agua que silba una nana.

Un pozo de sabor a verano, una moneda que repiquetea en losas marrones y grises. Tengo seis años.

Sin simpatía por las legumbres sólo puedo esperar la hora de la merienda, desear que el sol se ponga de la siesta para comer helados de turrón, subirme al tranvía de los sueños de camastro, mojarme el cogote en la balsa reverdecida.

Con poco más de seis años ya se sabe, por muy bajo que vuelen los pájaros, siempre rozan el cielo.


11/04/2007 21:08 Autor: voces. #. Tema: Voz No hay comentarios. Comentar.

Sin destino postal

Besos, no más. Eso es lo que quiero cuando estoy cerca. Y una caricia, contacto. Me da igual si te salen del alma o de la razón, me sirven ambos. Cercanía, suspiros, un abrazo que me acerque a tu piel. De los que estremecen. No es lo que quiero a todas horas, es lo que quiero en ese momento, cuando estás delante. Y lo demás también me da igual: si sientes, si quieres, si siento, si quiero. En realidad todo ese análisis es siempre superficial porque está determinado por la hora y el lugar. Es variable. Lo real es lo que hay dentro, lo que late. Nunca acabamos de exprimirlo por completo.

Mantenerse en la cuerda floja, sin tropiezos, es lo que resulta francamente difícil. Somos débiles, o simplemente carne. Sé que por mucho que queramos reprimir, la emoción no dejará de existir por empeño. Sólo es posible su degradación por desgaste. Poniendo diques sólo conseguimos potenciar. Diques con grietas, menos mal.

Y soy incapaz de decírtelo mirándote a la cara, aunque sabes que lo pienso porque tú también me lees los ojos. Hacer el amor contigo, latir a la vez, rozarte, olerte, cerrar los ojos y dejar que formes parte de mi pulso. No puede ser tan complicado. No debe ser tan complicado.

Ahora mismo, estancada entre el abismo de dos minutos, siento desgarradora tu ausencia permanente. Eres ausencia casi siempre. Excepto por algún trozo de tu piel que aún guardo en las palmas de las manos, podrías ser una delirante invención.

Escribirlo a destajo, sin pensar lo que digo y a distancia de tu juicio, para que no me juzgues por echarte de menos. Para no juzgarme por estar pensando en ti.

26/01/2007 17:10 Autor: voces. #. Tema: Voz No hay comentarios. Comentar.

...de julio

Después de tanto tiempo hoy he podido recordarlo. Difuminado eso sí. Sin poder distinguir muy bien que hay de real y que de fantasía. Pero ahora sé que eso es exactamente lo( único) que quiero. Palabras, besos, roces, gestos. El temblor que sólo pueden dar los juegos prohibidos. O los sueños.

Y también sé que no es malo quererlo.

Camisa blanca, con ese aire autosuficiente que te da el blanco. Aún en invierno, cuando eres pálido y tienes ojeras. Yo vestido negro, de raso caído y con escote. Era verano.

Recuerdo haber esperado tu llegada sin confiar demasiado. Sabía que si venías quería decir que sabías a lo que venías y no estaba segura de que quisieras saberlo. Es ese lenguaje secreto que mantengo, al margen de tu razón, con tus pupilas y tus pestañas.

Llegaste tarde pero al verte entrar supe que sería esa noche. Tu forma de mirarme, sin complejos. Tu forma de acercarte, valiente, no-sujeto a esas estrictas normas a las que te sometes, por capricho o debilidad.

Me encanta cuando me cuidas. Cuando me llenas, atento, el vaso del que bebo. Me gusta cuando me ves despistada y me preguntas qué pasa o qué quiero, con esa media voz que no te acaba de salir de la garganta pero que me llega justo al punto débil del pensamiento.

No planeé nada, cuando algo tiene que pasar sólo hay que dejar que actúe el tiempo. Tu coche aparcó al lado, mi bolso, algún baile, mil miradas, sonrisas, «¿me llevas a casa?».

Recuerdo haberte pedido tiempo para fumar antes de despedirnos. Tu voz hablando, contradiciendo a tus gestos. Tenía la garganta seca, pasear descalza, la noche, el mar, demasiadas cervezas. Bucólica la escena, casi parecía soñada. El chiringuito abierto, dos botellas de agua.

Creo que no acabé de fumarme el porro, la hierba estaba muy seca y me empastaba la lengua, no era capaz de seguir hablando con coherencia. La maría, el alcohol, el mar, tu olor. Todo se mezclaba demasiado cerca.

Dejé de escuchar lo que decías y me puse delante de ti, muy cerca. Recuerdo haber pensado que encontraría resistencia, por eso fue todo tan rápido. Pensamientos, sensaciones, todo se encontró en la misma décima de segundo y desbordó mi pulso. Latir como hacia tiempo que no latía.

No fue de aquellos besos lentos, de miradas intensas y palpitantes. Más bien fue un beso terremoto, de los que se encuentran de pronto enredados entre labios y lenguas y lenguas y dientes. Confundidos, sorprendidos y estremecedoramente templados.

Abrir los ojos y tenerte delante. Pude ver de cerca el perfil de adonis que siempre me ha fascinado de ti. Ojos rasgados, tal vez grandes, nariz armónica, labios secos, escuchar como se te aceleraba la sangre.

Recuerdo el momento en el que tus manos, suaves como siempre, se acercan a mi hombro, en un momento desapasionado después de decenas de besos prohibidos, y con delicadeza me bajan el tirante del vestido. No levantas la vista de mi escote y me apartas el pelo y el tirante del sujetador hasta dejar mi hombro desnudo por completo. En tus ojos se lee el deseo, en tu pantalón abulta el deseo.

Ver tus ojos nublados en mí también era nublarme yo. Querer estar más cerca, más dentro. Sólo contacto, sentir mi pecho y el tuyo latiendo a la vez, juntarlos o fundirlos. No sé que quería, no parar de besarte, tocarte, recorrerte con todos los poros de mi piel. Desabrocharte la camisa y el pantalón.

Y se acaba. Y no sé porqué, porque podría haber estado allí eternamente.

Me mojo los pies en el agua mientras me miras desde la orilla. Necesito des-nublarme los sentidos para recuperar el ritmo de mi respiración.

Me coges la mano y la acaricias con el pulgar. Te beso los dedos. Tus dedos me fascinan. Cuando me rozas la mejilla y me miras, con la dulzura extrema del que mira más allá de lo que ve, me rasgas. Deseo, lujuria, pasión, dulzura. Emoción, afecto, complicidad, sexo.

Suena el teléfono pero yo aún estoy sintiendo tus besos en mi piel y ni siquiera me importa que lo cojas. Me sabe peor pensar cómo te sentirás tú al tener que cogerlo.

Y salgo del coche, como flotando. No sé si voy a evaporarme antes de subir las escaleras o llegaré entera a casa. No me giro, soy incapaz de distinguir de lejos.

Nunca esperas cuando me dejas en casa, pero ese día lo hiciste y tuve que fingir que abría la puerta y entraba. Recibo tu insistente mirada en mi nuca como un adiós para siempre y me entristezco lo justo. Sin dejar que esa sensación de violenta despedida arruine la noche.

Esperé el tiempo justo para desperezarme y sonreír. Se oía el motor de tu coche alejarse rápido.

No hay duda, el blanco es tu color.

11/12/2006 01:30 Autor: voces. #. Tema: Voz No hay comentarios. Comentar.

operación bosque

Abosquizaje perfecto. La burbuja de jabón se posa en una rama.
Los árboles se doblan, como si fueran de plastilina. Los arbustos de espuma se deshacen al rozarlos. El olor intenso a pino seco juega a ocupar los espacios de luz. En la sombra el olor es a musgo húmedo. La sensación forma parte del juego.
Caminas sin hacer ruido, esperando que tus botas no pisen esa rama que siempre delata al bueno que se esconde. Decides flotar, a un palmo del suelo. Avanzando como si fueras un elfo o un hada de los bosques. Cruzas y atraviesas, eres invisible. Incorpórea pero sensible.
Hiriéndote la ficción que experimentas hasta fundirte las manos en un nudo que te cierra en un círculo propio. Tú misma te empiezas y te acabas.
Ligera como un soplo.
De tus ojos empiezan a rodar migas de pan doradas, para que puedas encontrar el camino de vuelta. Pero las migas se las comen tortugas que quieren conocer el mar.
A lo lejos ves un trébol de dos hojas. Dimensiones extraordinarias compensan la carencia del número exacto. Es el escondite perfecto, pero tampoco allí encuentras lo que buscas. Sólo espejos dimensionales que te devuelven al principio.
Y es que en un bosque de espuma y plastilina las certezas siempre son inciertas.
De pronto todo se oscurece. Nada responde, no entiendes qué pasa. Tiembla el suelo, la tierra se traga los árboles. Lloras, rayos, truenos, miles de pájaros levantan el vuelo. Las grietas se perfilan infinitas hacia abajo y tú pierdes el sentido y ruedas inconsciente por el suelo.

Por peligro de locura irreversible nos vemos en la obligación de abortar el plan. "Operación bosque” sobreseída.


21/09/2006 12:07 Autor: voces. #. Tema: Voz No hay comentarios. Comentar.

Abuelo

Cuando salí de su habitación el viernes por la noche sabía que no iba a volver a verle vivo. Tenía los ojos cerrados, había estado dos días sin dormir y estaba cansado. Cogerle la mano, acariciarle la cara, besarle la frente. Querer decirle que le quiero y sólo poder decírselo con besos, uno detrás de otro.

No podía respirar, tenía infección en los dos pulmones. Y demasiados años.

Hacerle un homenaje de palabras ahora es imposible. El homenaje se lo está haciendo mi corazón, que se despide de él insistiendo en sus gestos, queriendo recordar sus últimas palabras, el último roce, su última mirada. El homenaje se lo hace mi pensamiento, queriendo grabar a fuego su imagen. Negándose a difuminar su recuerdo, para no perder algún matiz de su gesto.

Fue un hombre peculiar. Un gran hombre. No un hombre bueno, pero sí un buen hombre. Cariñoso, cantarín, buen contador de historias, inventor de juegos. Últimamente un niño asustado.

Ejemplo de amor para los que hoy lloramos juntos su ausencia. Sin poder contener lágrimas. Sin poder amortiguar el desgarro de saber que hemos perdido su cuerpo para siempre. Un hombre que nos amó sobre todas las cosas. Y que nos enseñó a amarnos entre nosotros por encima de nosotros mismos.

Soy feliz al ver el legado que tanto mi abuela como él han dejado en su paso por esta vida. Porque ese legado les hará eternos. El amor hecho carne y ojos y brazos y pelo. Dos hijas y seis nietos. Nosotros somos el resultado que engendraron y por el que se desvivieron. Nosotros somos ellos. Su amor.

Amor que hoy llora su ausencia. Amor que hoy le echa de menos.

Poco a poco. Tiempo.

24/04/2006 18:41 Autor: voces. #. Tema: Voz Hay 1 comentario.

Yo-yos

Añorado F.,

Los yo-yos no son un buen ejemplo de teledirección alfa. En realidad, como seguramente recuerdas gracias a difuminadas imágenes de Russell cinco estrellas, los yo-yos también se teledirigen hacia un final, siendo el colmo de nuestro egoísmo obligarlos a deshacer el camino andado. Haciendo fin de principio, por aburrimiento o inconsciencia.

Si te fijas, algo parecido a lo que pasa en la vida misma en algunas ocasiones. El fin de un trayecto es justamente el regreso. Y aunque a efectos de ocupación espacial no hay diferencia, ha habido movimiento y su causa consecuente. Parece una ironía.

Yo he acabado tantas veces en el mismo lugar en el que empecé que creo que soy incapaz de andar en otro sentido que no sea el circular. Por pura torpeza, o costumbre. En el amor pasa algo parecido. Entender de regreso al origen, cuando está recién barrido de espinas.

Como aquella vez que nos vimos en París, rodeados de almendros que apenas acababan de florecer y a los que ya se les caían las hojas. ¿O no fue en París?

Me enamoré de ti sólo un instante. Pudo ser toda la vida. Nunca sabremos que es la eternidad si no hay nada eterno que pueda definirla. Fue un bonito viaje de ojos llenos y hojas secas. Y a pesar de ver florecer los almendros, de regreso comprendí que ni siquiera era primavera.

El viaje valió la pena. Las ruedas rotas de la maleta y la cuesta de piedra. El atún con espinas, los maullidos del gato, la copa de coñac, o el hielo. Y las velas, el perfume, tus ojos incendiándose tan cerca del fuego. O flor de almendro. Puedo hacerlo durar toda la vida, pero sólo fue eterno.

El regreso fue al inicio. El camino nunca es hueco, ni vacío, y habiendo movimiento se hace imposible regresar al principio.

Desde un nuevo punto de partida, cual disciplinado yo-yo, agito mi pañuelo. Y a ratos, sólo oscilo.

17/04/2006 20:33 Autor: voces. #. Tema: Voz No hay comentarios. Comentar.

...

Paseaba justo por el límite del borde, tentando a lo coches teledirigidos hacia algún final –no hay nada que se teledirija hacia el principio-.

Podía pensar qué sabía o saber qué pensaba, nadie sabe. Pero pensaba. Lo importante era tener la mente ocupada para que el tiempo no se hiciera inmenso. Para no caer en un error de inmortalidad. Como las piedras, que son eternas sin serlo. Ellas lo creen porque no piensan. O, ¿verdaderamente son eternas en su erosión? ¿dónde va el polvo de las piedras?

Paseaba poniendo un pie detrás de otro, sin mirarlos. Estupefactos sus zapatos de suelas medio despegadas, se retorcían en sus pies. Demasiadas piedras, demasiado polvo. Como en cualquier camino que se precie. Camino de árboles altos y atajos solitarios. Caminos en los que caminar es obligación, el descanso una necesidad y un desacato. No hay perspectiva cuando se camina en horizontal.

Paseaba, cruzándose con pájaros que viven cerca del paso de los coches. Que tampoco son eternos ni saben de inmortalidad. Estupefactos también, como los zapatos de sus pies retorcidos y sin suelas. Ni piensan, o piensan despacio. Ni andan poniendo primero un pie y luego otro.

Paseaba cerca de los recuerdos dulces, de azúcar de manzana o algodón. Rozando con la punta de la nariz la espesura húmeda de la niebla que se asemeja a la lágrima de chocolate. Sin acabar de entrar en ella, porque la humedad también camina.

Sé que recordaba a Hansel más que a Gretel, porque siendo adultos tuvo una aventura con él. Y de la casa de caramelo en la que vivieron antes de que la bruja se lo comiera ya sólo quedaban cimientos caducados de queso fresco. A la bruja, para regocijo propio y algún regocijo ajeno, le salieron canas y se le cayeron los dientes.

Paseaba y pensaba. Pero sin llegar nunca a ningún sitio. Y sin que nadie supiera qué pensaba.

10/04/2006 08:13 Autor: voces. #. Tema: Voz Hay 1 comentario.

Guardapolvo

Abro el armario. El guardapolvo negro sigue al fondo.

Lo quise tirar hace años pero es el que llevaba puesto el día que conocí a Sergio. Sé que no me lo volveré a poner pero me cuesta deshacerme de él. Es como si al tirarlo renunciara a una parte de mi historia.

Lo descuelgo de la percha con torpeza y me siento en la cama arrebujándolo con fuerza entre las manos. Está descolorido, el negro es casi gris y se deshilacha por las mangas y los bajos. Aspiro con fuerza, todavía se respira algo de nuestro olor de entonces. El tiempo a su paso deja rastros para recordarnos lo que fue, como si quisiera evitar que nuestra memoria pudiera inventar el pasado. Una fotografía, una cicatriz, un olor guardado en un armario.

Me lo pongo sobre el pijama de elefantes y me miro en el espejo. Una solapa encima de la otra — ¿es posible que esté más delgada que entonces?—, paso el cinturón por las trabillas para hacerme un nudo plano en la parte delantera y me arreglo un poco el pelo con las manos. Improviso una cola de caballo, como las que se llevaban entonces. Me siento guapa.

Sergio no tardará en llegar.

Me desvisto, fuera guardapolvo y pijama. Enciendo el calentador y me meto en la ducha.

La primera vez que nos duchamos en esta casa lo hicimos juntos. Era difícil encajar cuatro piernas, cuatro brazos y dos culos en menos de un metro cuadrado. Esquivar el grifo empotrado procurando no alterar con el codo la temperatura del agua es trabajo de contorsionistas. Me pareció romántica la sugerencia: —Primero te froto yo y luego tú. Ahora entiendo que no había ninguna otra forma digna de enjabonarse en tan poco espacio. Nuestra ducha no se pensó para compartir, ahora cada uno nos duchamos por nuestro lado y nos juntamos en la habitación. Sentados en filos opuestos de la misma cama, dándonos la espalda, él se pone los calcetines y se los sube hasta casi las rodillas mientras yo, tumbada de cintura para arriba, hago ejercicios de equilibrio hasta que logro juntar las medias con la costura del sujetador.

Salgo de la ducha con restos de jabón, me paso la toalla y me unto la loción que me trajo de su último viaje a París. No lo hago a menudo pero hoy quiero estar guapa cuando vuelva a casa. Me seco un poco el pelo y decido dejármelo suelto. Me pongo el guardapolvo deshilachado, espero sentada en el sofá y dejo envolverme por el olor de entonces en el que amarnos todavía no era rutina.

Te quiero y sé que me quieres, pienso mientras suena el teléfono.

************

Sergio no volvió a casa. Llamó a Carla para decirle que quería hablar con ella y prefería no hacerlo en casa. Quedaron en una cafetería que había en la Rambla y allí le confesó que se había enamorado de otra mujer, que era mejor para los dos separarse en ese mismo momento.

También dijo que la seguía queriendo mucho, y Carla sabía que era verdad.

Abandonó el café, todo lo triste que se está cuando se sabe el amor se acaba y todo lo libre que se siente cuando se comprende que el amor se acaba. Herida pero sin lágrimas.

Dejó el guardapolvo en el perchero de la cafetería, sabiendo que no volvería a buscarlo.
28/08/2005 23:54 #. Tema: Voz No hay comentarios. Comentar.

Siempre tuya

No–querido tú:

Te odio como jamás pensé que sería capaz de odiar. Con dolor, con rabia, con más pasión que cuando te ame porque, este odio loco sí me exige esfuerzo. Cada día me obligo a pensar en él, alimentándolo para que no deje de crecer.

Sigo haciendo de estragos tripas, soplando para ahuecar el vacío de viento, de silencios de medianoche pero no hay palabras que aplaquen el desierto, abismo de violetas negras, que rocé a tu lado.

Releo tu carta, necesito comprender por qué ahora. Y acabo formando parte del papel manoseado, destemplado de excesos, arañándome las palabras que leo, los gestos que te intuyo al escribirlas.

Ahora que te humillas con inesperados versos falsos puede cerrarse por fin la herida que aún sangraba besos. Debería ser delicia ver cómo te derramas en lágrimas delante de mí. Mas, es triste la delicia que no colma ni calma.

Dices, "Semanas hace que el viento no sopla porque todo su aliento está en mis entrañas. Aire que inunda mis pulmones, asfixiándolos, aire que me llena y me falta de ti. Un suspiro, sólo un suspiro necesito para calmar mi ansiedad. El suspiro de tus noches culminando mis sueños".

No entiendo a qué musas de luna creciente robaste la inspiración, a quién plagiaste su amor o a quién vendiste tu alma. Esas imágenes no te pertenecen. Tu no sabes amar.

No es fácil enfrentarse otra vez a tu amor desalado. Amor que regaba mi cuerpo con el sudor adosado a la no–pertenencia. Amor fingido y cobarde, amor mentira. Amor no–amor.

Continuo leyendo, "La noche se despereza y crece el purgatorio que está por venir sin tus labios comiendo en la curva de mi espina dorsal. Manjares del placer, cumbre de plata tu sonrisa, tras poseer, no tu cuerpo, tu alma. En la que me sorprendí nadando, sin salvavidas, porque tú eres la vida misma"

Renace el recuerdo. Desgravita mi cuerpo al leer estas palabras salidas de algún desgarro desolado. Tiembla mi pulso y el latigazo en el costado anuncia un posible desmoronamiento del muro de cristal que, piedrecita a piedrecita, había construido para evitar el redoble de tu ausencia.

Canalla bastardo, me robaste el futuro dejándome colgada en el pasado. Maldito cabrón, me abandonaste con los ojos vendados. Estúpido cobarde, me condenaste a mi reflejo, copia de tu semejanza. Presa, de espera.

¿Ahora vuelves? ¿por qué? ¿a qué? ¿hasta cuando?

Es tarde, lo siento. Yo ya no puedo odiarte más, queriéndote tanto.


Siempre tuya,
25/05/2005 14:04 #. Tema: Voz No hay comentarios. Comentar.

A veces puedo perderme

A veces puedo perderme.

Observo, incluso sin mirar, y recojo los sonidos que distingo.

—Ayer Jordi no vino a cenar.

No sé qué esconde esa afirmación tirada a mis oídos. Tal vez sólo es una frase informativa, puede estar expresando una preocupación, o ser una petición indirecta de información. Lo cierto es que alguien se quedó ayer esperando a Jordi para cenar.

No he visto la cara de la mujer a la que dejó plantada —¿su madre? ¿hermana? ¿una amiga, o amante? ¿compañera?—, mejor, así no hay condicionantes, sólo una frase que empieza a crecer dentro de mí. Le abro camino.

Jordi, pelo oscuro, gafas sin montura, vaqueros y camiseta. Treinta y cinco o treinta seis años. Desorientado porque no acaba de encajar en el hueco que hay entre la realidad y la ficción. Un niño grande.

Juega al voleibol los domingos en la playa, tiene un perro labrador al que llama Bis. Le gustan las películas de suspense y, en estos momentos, debe estar viendo el partido de fútbol del Plus. Socio del F.C. Barcelona desde hace años, cariñoso. Difícil verle con compañía femenina desde que Carla le dejó.

Apolítico pero comprometido con la labor social, inteligente, dormilón. Le gustan las plantas pero es alérgico al polen. Desayuna cereales y prefiere la cerveza negra.

Me gusta Jordi, aunque sea cínico y tenga poco tacto al hablar de las carencias ajenas.

Tal vez ayer no fue a esa cena porque vino a verme a casa. Estuvimos viendo una película de llorar y comiendo palomitas. Prefirió quedarse conmigo. Nando, mi novio, ha vuelto a largarse de casa. Es un poco neurótico. Jordi dice que debería dejarlo. Jordi es mi hermano mayor. O no, mejor, somos gemelos. Hermanos.

No me apetece que sea mi amigo, ni mi vecino. Quiero que Jordi me abrace y me diga que me quiere, sin condiciones ni complejos.

Jordi me pasa el brazo por el hombro y apoya su barbilla en mi cabeza. Nos dormimos.


Y alguna frase, imagen, o tal vez algún olor, perturbará su nítida imagen y lo difuminará.

La muerte de un hermano. La desaparición de alguien que durante unos instantes ha tenido carne y huesos, y un hombro en el que inventarme una historia.

La verdadera historia de un Jordi que queda para ir a cenar a algún indeterminado lugar y a última hora, no va.
01/05/2005 08:01 #. Tema: Voz Hay 1 comentario.

Egodeimos

Miedo. El miedo. Nuestro miedo.

Miedo a que tras los cristales de mi cuarto haya alguien observándome. Arañando con las uñas enguantadas mi reflejo en la ventana. Fijamente, clavando sus desposeídos ojos en el centro de mi nuca encoletada. Sonrisa media, tan sólo un extremo del gesto le sonríe. Va a entrar en mi habitación sin que le oiga y va a girar la silla para hundirme medio metro de puñal en el cuerpo. El iris se desencaja en mis pupilas al verle.

¿A qué tengo miedo? No es a la muerte.

Miedo a que en la oscuridad de mi portal, al subir los desgastados escalones que me conducen a la confortabilidad de lo reconocido, cansada y mojada por la lluvia, alguien surja de algún rincón y me amordace para empujarme a su oscuridad y torturar hasta la asfixia mi razón.

El miedo llega mucho antes que el dolor, y permanece siempre.

¿Qué es el miedo?

Pánico a no saber por qué calle correr si me persiguen, miedo irracional, adimensional. Miedo a la lógica suicida, miedo al miedo desbordado: una tormenta en plena mar, un objeto volador no identificado, o no volador. Lo desconocido, nuestra integridad, el antes y después del dolor.

Una vez traspasada la querencia a la vida el miedo pierde su dimensión y se simplifica. Supervivencia. El miedo te derrota antes del límite pero, si consigues llegar a la frontera del miedo, no hay derrota posible. El miedo deja de ser miedo porque nada asusta cuando sabes que, ante la pérdida inminente sólo una imposible no-pérdida representaría la victoria. El miedo es un callejón sin salida, pero hacia dentro. Un no saber, no entender, no poder. Una negación esdrújula, la usurpación del control mínimo necesario.

Así pues, cuando el pánico se apodera de nosotros, hasta los huesos, cuando el miedo es miedo tensado al límite y se mantiene a la espera del detonante definitivo, cuando el miedo es un reto, un paso en falso, una línea trazada fina entre tú y tu próxima decisión, es fácil preguntarse: ¿es esa explosión neuronal el fin? ¿está el fin del miedo en el justo centro del miedo?
06/09/2004 21:04 #. Tema: Voz Hay 3 comentarios.

Rima

Rima es la clase de loca que hace que dudes de tu cordura.

Ni un ápice de realidad en ese cuerpo diminuto y, de repente, una respuesta, un gesto, una mirada perdida o posada en algún lugar, toma forma y se crece. Una incorpórea certeza te cruje los huesos y la devuelve sabia, vestida de blanco.

No luz, descarga eléctrica. No olor, esencia.

La locura es principio inherente del verdadero orden de las cosas. Ya lo dijeron los griegos, al principio del universo, fue el Caos.

Rima cabalga entre dos realidades, una que empieza y otra que acaba.

Rima no es el desenlace de la decadencia, es el comienzo de la luz.

Rima es loca. Loca de amor, loca de vida, loca de luz, loca consentida, o loca resentida. Rima es loca, sin atributos.

En ella reside el desnudo de la razón. Y de la sinrazón.

Por eso el verso siempre nos devuelve a Rima loca. Loca de amor.
24/08/2004 17:25 #. Tema: Voz No hay comentarios. Comentar.

Canto de sirenas

Tres opciones. Taparme los oídos para no escuchar sus voces. Atarme al mástil para no privarme del placer de su canto. O, quedarme quieta con el timón en las manos. Decidida a saborear los tonos sobrenaturales de su melodía. Mi elegía.

Nuca supe cómo ensordecer mis oídos. Siempre navegué atada al mástil. Llegado el momento de aflojar las cuerdas, me siento fuerte, valiente. Dispuesta a naufragar a cambio de disfrutar, durante un segundo, del verdadero placer de este viaje.

Y me siento feliz.

Si este es el fin, qué mejor adiós que el canto de las sirenas.
21/06/2004 00:35 #. Tema: Voz Hay 2 comentarios.

Encuentro

Encuentro un palillo sin dientes y me lo guardo. Encuentro un botón dentro de un zapato y me lo guardo. Encuentro un papel en el suelo, lo cojo, lo leo y me lo guardo. Encuentro un peine en el bolsillo de un abrigo y me lo guardo. Encuentro tu sonrisa. Dudo, ¿qué hago? ¿me la guardo?

Tu sonrisa es escoba que barre mi alma. Pero, aún encontrándola en un desierto de sonrisas, no debería quedármela. Si lo hago jamás volveré a verla en tu rostro. No volveré a ver como juguetona se estira, se encoge, se abre, me enseña tus dientes, se mueve de un lado a otro, tiembla y se cierra.

Si me la quedo ¿qué puedo hacer con ella?

Puedo probar a cazar mariposas o jugar al escondite inglés con ella. Ponerla en mi mesita de noche para que alumbre con su destello mi madrugada. Y puedo sumergirla en mi sonrisa para que sea cómplice de mi esperanza. Podría regalar tu sonrisa a alguien que nunca haya tenido una, o cederla a una organización caritativa. Enmarcarla y colgarla en el pasillo por el que, entre tinieblas, camino. Robarle la magia y sacar con ella un conejo de una chistera. Desterrarla de emoción y hacer que me inunden las lágrimas. También puedo restarle el ápice de amargura y sería entonces una sonrisa llena, o… ¡pintarla de rojo pasión!

Qué suerte he tenido, he encontrado tu sonrisa tirada en esta escalera. ¿Me la guardo? Si lo hago, ¿qué será de ti cuando vuelvas a buscarla?

Quedarme tu sonrisa sería dejarte sin alma. Sin sonrisa tu rostro sería liso como el de una manzana. Ni emoción ni desesperación. Es más, si no hay risa, ¿habrá llanto? Es probable que si el llanto se encuentra sólo, sin sonrisa que lo amargue, ya no quiera resbalarse por tus mejillas, ya no encuentre el placer subversivo de rozar esa media luna con sus lágrimas amargas. Y tu llanto se pondrá triste. A lo mejor hasta se muere de tristeza. O se marcha y te deja.

Yo quiero tu sonrisa. Me la he encontrado y me pertenece. No todos los días encuentras una sonrisa. Mírala, qué grácil su figura, qué contorno distinguido. Cuando se abre parece que acabará helándome las pupilas con su frescura. ¡Qué aliento!

Tu sonrisa contagia. Incita. Da. —¿Da?— Sí. Tu sonrisa me da lo que me falta para ser completa.

Si no la cojo deberé resignarme a vivir a medias pero…, si me la quedo tú sólo serás una sombra. No te pondrás nervioso cuando te mire porque no tendrás la máscara horizontal que disimula el desconcierto. Incluso en el teatro las emociones de la interpretación estarán vedadas para tu conciencia austera. No habrá en ti el deseo de cumplir un sueño porque, ¿cómo indicarás al resto del mundo la felicidad que te embarga al alcanzarlo?

Serás un oscuro túnel de apatía, sin más alegría.

No habrá en tus ojos ironía porque la ironía necesita de la sonrisa de medio lado, sonrisa prepotente, segura de sí misma. No habrá en tus ojos timidez porque la timidez necesita de la sonrisa inocente, discreta, sonrisa adolescente. No habrá en tu horizonte miedo porque el miedo necesita de la sonrisa desencajada, exagerada, extrema. No habrá en ti locura, risa de locos, no habrá en ti amargura, sonrisa amarga, no habrá en ti sabiduría, sonrisa arcana, no habrá en ti dulzura, sonrisa acaramelada, no habrá en ti amor, sonrisa enamorada. No te morirás de risa.

No. No te quitaré la sonrisa —sigo caminando—.

Encuentro el cristal roto de una botella y me lo guardo. Encuentro una cinta de pelo azul marino y me la guardo. Encuentro una goma de borrar de colegio y me la guardo. Vuelvo a encontrar tu sonrisa. La miro. Parece que me mira, ¿debería habérmela guardado? Sigue en el mismo lugar.

A lo mejor no la necesitas. O tal vez ya no la quieres, por eso está aquí tirada. O…, ¿y si la has perdido?

No me puedo imaginar la tristeza tan profunda que se debe sentir al perder una sonrisa.

Un día, viendo un programa de televisión, se pudo quedar dormida en el sillón de tu regazo y no recordaste recogerla al marchar. Ella te buscó por todas partes con la desesperación de quién se cree abandonada pero no te encontró y desfallecida se recostó a descansar en este escalón.

O puede ser que, mientras leías un libro, la forzases tanto que se desprendió de ti, como una goma elástica cuando uno de los extremos que se estira de repente cede, y la goma vuela y se encoge. Tú notaste que se desprendía feroz y la has buscado, ciertamente con ahínco, pero es tan difícil encontrar una sonrisa que se ha perdido.

También pudo ser que se la prestaras a alguien y, ese alguien, en lugar de devolvértela la olvidara aquí. Nos olvidamos con tanta frecuencia de las sonrisas que nos prestan.

¡Tal vez está muriendo de desamor!

Cuando amas sonríes con frecuencia pero cuando no amas la olvidas y va muriendo. La rectitud de los labios la consumen y el no–brillo de los ojos hace que se apague, como cuando dejas una vela a los pies de una ventana.

Es posible que sea eso lo que pasa que tu espíritu no ame y ella se esté muriendo de desamor aquí tirada.

Debo devolverte tu sonrisa, —es urgente— para que os unáis en una carcajada.

De rodillas cual ritual religioso la miro, ahora más cerca, está muy débil. La envuelvo en mi bufanda. Busco un bolsillo vacío en mi abrigo, cerca de mi pecho, y allí la guardo.

Te busco y te encuentro.

A medida que me voy acercando a ti una tristeza enorme me embarga. Siento que a tu alrededor están falleciendo las madreselvas. Los jazmines enredados en tus ojeras no huelen a flor de primavera, ni si quiera a flor sin primavera.

Tu sonrisa te reconoce y se remueve nerviosa. Quiere salir corriendo a tus labios pero la retengo. Espera.

Me ves llegar, levantas las cejas, intentas arquearlas para que tu cara adquiera alguna expresión, aunque sea desprovista de alegría, pero el vacío es enorme. Tan amargo como el zumo sin azúcar de un pomelo recién exprimido.

Estoy tan cerca de ti que ya puedes verme y oírme, pero no me miras, estás muy lejos.

—Tengo tu sonrisa.
—¿Qué?
—Pues eso, que tengo tu sonrisa. La encontré tirada en una escalera y la recogí para devolvértela.
—Mi sonrisa.
Tus ojos siguen tristes. Ni un requiebro de emoción se trasparenta.
—Sí, tu sonrisa. Y un botón, y una piel de plátano, y las semillas escupidas de una sandia, y el cordón de unos zapatos y una goma de borrar de colegio, y...
— ¿Está ahí, contigo?
—Sí. Aquí está ¿la quieres?
—Dámela.
—Toma. Es tuya.
—Gracias.
—De nada.

Y tu sonrisa vuelve a ti.

Otra sonrisa que vuelve a su lugar, me digo. Y sigo caminando.

Encuentro unos zapatos de buzo y me los guardo. Encuentro un lápiz con la punta rota y me lo guardo. Encuentro una caja de pañuelos de papel y me la guardo. Encuentro una bolsa con migas de pan y me la guardo. Encuentro la pluma de un gorrión y me la guardo. Encuentro una lata vacía de conservas y me la guardo.
31/05/2004 22:17 #. Tema: Voz Hay 1 comentario.

Ojos marrones

Doctor, he venido a verle porque tengo un problema de adicción. No, no que va. No es el tabaco, ni al alcohol lo que me preocupa. Tampoco consumo ningún tipo de droga, esté usted tranquilo. Lo que sucede es que soy adicta a unos ojos marrones. Con ojeras, casi siempre. Yo creo que no duermen bien. Ah, no; el porqué no lo sé, esos dos ojos no se explican demasiado. Y cuando parece que lo hacen, lo único que consiguen es confundirme. Les clavo aquél interrogante de: “¿qué coño nos está pasando?” pero ellos no sueltan prenda. Me parecen tan tristes, a veces.

(Suspiro)

Ah, sí; mi adicción. Pues verá, los síntomas son los mismos que los de cualquier otra adicción. No es que yo tenga mucha experiencia en adicciones pero, cuando hace unos meses intenté dejar de fumar, me pasó algo parecido. Yo no quiero fumar porque sé que me perjudica pero, a la que imagino mi vida sin humo, siento una angustia que me desborda. No puedo dejar de pensar en el momento en el que volveré a fumar y me convierto en un combinado de excusas, mal humor, y tentaciones. Nada más existe, sólo el tabaco como único centro de mis actos.

Con sus ojos, me pasa exactamente lo mismo. Si siento que están cerca, que me observan, que me miman, que me sonríen, y me distinguen con su gesto del resto de la gente, estoy más o menos tranquila. Esa dosis es suficiente para mí. Pero, cuando noto que se alejan, que me esquivan, que me echan en cara algo que no entiendo o me rechazan, mi vida empieza a convertirse en ellos. No hay nada más que dos enormes ojos, marrones.

Y ese es el tormento, doctor. Esta adicción, cuando me arrebatan la dosis, duele. Duele horrores.

(Mirada baja, parpadeo rápido. La lágrima no se escurre, flota en el vértice del lagrimal).

¿Voluntad? ¿pero cómo voy a tener voluntad para hacer algo que no quiero hacer, doctor? Tiene que haber otra solución. Una que no dependa de mí. Usted no puede pedirme que los ignore. Ay, ¡si los viera! Dos ojos marrones, grandes. Y a veces se quedan tan pequeños. Tanta ternura, vitalidad, inteligencia, cabe en esa mirada. Si es que, son de esos ojos que cuando acompañan a un beso se te meten en la piel y te recorren y te erizan, y se te pone cara de pánfila. Doctor, no son unos ojos cualquiera como los que puede encontrarse usted cada día. Qué va, son ojos…, no se lo va usted a creer pero, son ojos nacidos para obsesionar.

Y claro, los síntomas de abstinencia cuando estoy más de dos días sin verlos pues, imagínese. Taquicardia, mareos, tensión por las nubes, sudores fríos. No sé, algo tiene que haber. Desobsesionadores, —¿hipnosis?— parches, inyecciones, una mirada de plástico que supla esa mirada.

¿Decírselo? Ni hablar. Las adicciones son muy caprichosas, doctor. A lo mejor, si se lo digo, dejan de interesarme esos ojos marrones. Y entonces ¿qué hago yo, doctor? ¿qué hago yo sin obsesiones?
28/05/2004 20:23 #. Tema: Voz Hay 3 comentarios.

Esto no es serio

A mi abuelo,

—Esto no es serio. A ver: ¿¿hay alguien aquí??

—Pero..., ¿qué son esos gritos? Se puede saber qué le pasa, ¿por qué grita?

—¿¿Por qué grito?? Pues verá, estaba acostado en la cama, intentando incorporarme para escupir en el orinal, cuando me sacudió un ataque de tos. Yo ya estoy cansado. Siempre es la misma historia ¿sabe? Toser, toser y toser. Un par de semanas con la mascarilla de oxígeno y, ¿ para qué?, tengo ya ochenta y seis años.

—Al grano, por favor, que tengo mucho trabajo.

—Pues eso, que he visto la luz y me he dicho: «Total, ¡qué más da!, si hay que morirse pues..., me muero ahora y me ahorro un ataque de tos». Y he empezado a subir, —¡tiene cojones, lo empinadas que son las escaleras!— al llegar a la planta cuarta la cabeza me daba vueltas y me he sentado a descansar en el rellano.

No se lo va a creer usted pero no habían pasado ni cinco minutos cuando una bandada de golondrinas —yo diría que eran golondrinas— ha salido del fondo del pasillo y se me ha tirado encima.

—Claro, va tan despacio que ha perdido el turno. Es bastante improbable cruzarse con alguien en esta fase pero si se entretiene... ¡ni que estuviera de vacaciones, Jesús qué hombre!

—Esto no es serio que quiere que le diga. Nadie me viene a buscar, ni si quiera he visto a San Pedro. Sólo escaleras, escaleras y más escaleras. ¿Qué se creen?, ¿o me están preparando para las Olimpiadas? Por si eso fuera poco, una colonia de pájaros negros se abalanza sobre mí a la que me descuido y, además, esta luz brilla demasiado y yo tengo cataratas, —¿no podrían bajarla un poquito?— ¡Qué cruz, señor!, pensé que morirse era más fácil. Así, en estas condiciones, no me extraña que la gente no quiera palmarla.

—Agáchese que vienen otra vez las golondrinas. Abajo, ¡venga! ¿Ve? Si es que pierde tanto tiempo que antes de llegar se cruzará con ellas veinte veces más. Son las mensajeras del jefe. Traen los deseos para el comité de súplicas. Y, tal y como está el mundo, imagínese las veces que cruzan el cielo al día.

—¿Sabe qué le digo? Que yo me vuelvo a mi casa, tienen ustedes esto muy mal organizado.

—¿Cómo que se vuelve a casa? No puede hacer eso.

—Qué sí, qué sí. Yo me largo. Y le dice al jefe de mi parte que cuando tenga ADSL en el cielo y reciba las súplicas por correo electrónico, venga otra vez a buscarme.

—¿Abuelo? Mama, el abuelo está abriendo los ojos.

—Catalina, ¿me oyes?

—Sí, abuelo. Dime. ¿Estás bien?

—Cansado hija pero, escucha, dile a esa señora de negro que deje de seguirme de una vez. No hace falta que se espere, puede irse. Ya le he dicho que mientras sigan allí esos pájaros yo, no pienso volver a morirme.
24/05/2004 20:19 #. Tema: Voz No hay comentarios. Comentar.

Querida

Querida —y no te digo querida por puro formalismo. Querida, porque te quiero— hoy, mientras has bajado a por la fruta, he estado a punto de tirarme por la ventana. Me he sentado en el filo, con una pierna colgando a cada lado. Desde allí arriba se veía la calle despierta, con ese movimiento frenético del mediodía. No creo que nadie haya reparado en mi medio cuerpo suspendido, formando parte del aire. Era como estar en el cielo y ser todopoderoso.

La sensación de paz era tan grande que no me he atrevido a saltar para no estropearla. He pasado allí más de una hora, hasta que te he visto doblar la esquina. Te has parado, has dejado las bolsas en el suelo y te has puesto las manos en los riñones, estirando la espalda. Se te ve cansada, pero nunca dejas de sonreírme.

¿Sabes?, a veces odio que me sonrías así, como si nada hubiera cambiado. Que entres en la habitación y abras las cortinas de par en par. Odio cuando pones Ain't No Sunshine y me pides que baile contigo, como si aún pudieras desear un abrazo de alguien que ya no soy yo, —¿de verdad lo deseas?—.

Ya no tengo michelines rebeldes —hay que ver lo poco que tardaron en desaparecer, ¿10 quilos en un mes?— Ahora las costillas dan forma a mis dorsales, ¿te has fijado que siempre cierro los ojos cuando me secas, al salir de la ducha? Encontrarme con mi imagen me horroriza.

Ahora estás sentada delante de mí. Tienes los pies encima de la mesa de café y haces que lees. Llevas horas sin pasar ni una sola página del libro. Me vigilas, pero así se nota menos. De vez en cuando nuestros ojos se cruzan. Los míos cansados, los tuyos llenos de energía que se apaga. Es culpa mía, mi enfermedad te está chupando la sangre a ti también.

No tardarás más de cinco minutos en preguntarme qué escribo y querrás que te lo lea. Cómo si todavía pudiera escribir un poema, o un solo verso. No tengo el suficiente valor para contestarte la verdad, que me estoy despidiendo de ti.

Querida —y no te digo querida por puro formalismo. Querida, porque te quiero— no te apagues aún porque esto se acaba. Y pronto podrás empezar a vivir. De nuevo.
18/05/2004 21:57 #. Tema: Voz No hay comentarios. Comentar.

El tic

No recuerdo su nombre, Alfonso o Alfredo. Álvaro, quizá. Es sabida la tendencia de los niños a inventar motes, el simple hecho de apellidarse Gordillo puede convertirse en motivo de interminables mofas infantiles. Yo me llamo Abril y, he sido todos los meses del año, desde enero hasta diciembre. Hay otros desafortunados que, por muy sugerente que sea su nombre o apellido, gozan de apodos más gráficos como: boliche, largo, o cabezón.

A Álvaro -Alfredo o Alfonso- gracias a su peculiar gesto, le tocó ser de éstos últimos. Por lo que se convirtió, el día que hizo su aparición en primaria, en el "tarao".

Cerraba el ojo izquierdo y torcía el cuello con insistencia. Sin previo aviso convertía un tic nervioso en una danza corporal desenfrenada. Había días que no le pasaba, al menos en horas de clase, otros sin embargo se le repetía hasta cinco o seis veces. Nunca le duraba más de un par de minutos.

Los niños no son crueles. No lo son cuando estiran a un gato del rabo, ni cuando se ríen de un compañero poco agraciado. Es un proceso de asimilación de experiencias. Para ser conscientes del efecto del dolor hay que interiorizar primero el propio sufrimiento. Y, a esas edades, muchos vértices de la crueldad son todavía ajenos. Su descubrimiento se torna, en consecuencia, en un aprendizaje moral. Con el tiempo, ese asentamiento, será pilar de la empatía, la comprensión, o la conciencia social. Aunque, es evidente que ésta sólo es la visión cóncava del asunto. La convexa, la que queda del lado del que recibe las burlas, es mucho más deprimente. Y resulta devastadora.

A mí, el tarao, me gustaba. No porque yo fuera más sensible que el resto de niños sino porque su peculiaridad, lo diferenciaba del resto. La soledad a la que le condenaron le envolvía de misterio, de posibilidades que yo podía explorar —y explotar— con mi imaginación. Su tic era para mí un recurso inagotable. Tan pronto le convertía en un príncipe de planetas inventados, que se comunicaba con su especie a través de esos extraños movimientos de cabeza, como en el experimento de un loco doctor, o en un espía infiltrado.

El tarao no era un solitario triste, o apático. Ni miedoso, o cobarde. Era un solitario gallardo. Se paseaba a todas horas con un libro entre las manos, a la altura de los ojos, y una pose casi altanera. Caminaba sin levantar la vista de los renglones, erguido, seguro de sí mismo, o no. Pero en ningún caso parecía un niño afectado, o inseguro.

Me gustaba observarlo, distante, aunque estoy segura de que si me hubiera acercado, no habría notado en absoluto mi presencia. De pronto, algo de lo que leía le angustiaba y empezaba a mover la cabeza sin poder contenerla. Ni siquiera entonces levantaba la vista. Y a pesar de las imitaciones exageradas del resto de niños, seguía entregado a su lectura, indiferente. Como muy lejos de allí.

A veces también sonreía.

El último día de curso decidí acercarme a su soledad.

—Hola.

Ni siquiera contestó. En esos cinco años no había tenido oportunidad de ver sus ojos tan de cerca. Eran claros, y vacíos. Tuve la sensación de que me miraba como quien no mira, o no ve.

—Podríamos quedar algún día para ir al cine, ¿no?

—Nunca iría al cine con una niña que tiene ortodoncia.

Y siguió leyendo.

Le he odiado durante muchos años. Y, con toda seguridad, me he odiado a mi misma durante muchos más, gracias a él. Me miraba al espejo y sólo veía un aparato enorme, hierros oscuros ocupaban, no sólo mis dientes, mi cuerpo entero. Mi personalidad, en pleno desarrollo, quedó reducida, a un montón de hojalata. Yo era, me convertí, en mis dientes. No había nada más.

Jamás sonreía, cuando algún chico se acercaba a hablarme era cortante, siempre a la defensiva. Esta actitud me ocasionó serios problemas de integración en el instituto y, más tarde, en la universidad. Esa austeridad me volvió irascible, fría, déspota.

Las palabras del tarao fueron mi aprendizaje, mi calvario.

Ya no le odio. Supongo que él no quiso ser cruel, ni hacerme daño. Logró permanecer tan distante a las burlas que éstas, no le sirvieron para crecer. Y sin sentirse herido, hirió.

Hoy ha venido a mi consulta.

A treinta centímetros de su boca he estado a punto de decirle quien era, recordarle aquél fin de curso, el día que rechazó a una niña por tener una prótesis dental y le marcó la adolescencia. Su mirada seguía teniendo el mismo gesto autosuficiente. No había otra opción, la decisión era irrevocable.

—Sólo hay una solución.

—¿Sólo una? ¿cuál es?

—Ortodoncia. Hay que poner una prótesis fija, de inmediato. Mira, ya que estás aquí, vamos a empezar ahora mismo.

Per molts anys!
12/05/2004 11:38 #. Tema: Voz Hay 1 comentario.

Bombón

Se empeñaba en quedarse allí. Un día detrás de otro, cada segundo –eterno– reposando en el mármol de granito de mi cocina.

Envuelto en un papel de celofán rojo, en momentos de extrema debilidad, se me aparecía iluminado por un letrero de neón, que sólo yo podía ver, en el que se leía: Cómeme.

La provocación, cuando se manifiesta ataviada con traje de luces, –o de pecado– se vuelve irresistible y peligrosa. Y él lo sabía.

Intenté suplantar el placer que me ofrecía con toda clase de manjares prohibidos pero, siempre que me daba la vuelta, él seguía allí. Sometiéndome al martirio de su presencia, a la tortura de imaginar su no–presencia.

Llenarme de él suponía, al mismo tiempo, condenarme a un vacío eterno.

Nunca supo que mis desaires no se debían a la indiferencia sino al deseo. El deseo más desgarrador que he sentido en mi vida. Más feroz, más despiadado, más sensual.

Mientras él siguiera allí, perverso y delicioso, yo seguiría deleitándome con su sabor, con su dulzura, incluso sintiendo esos pequeños trozos de almendra atascarse entre mis dientes.

Ni siquiera vi a Sergio acercarse a él, ni escuche el movimiento de sus manos en contacto con el celofán. Tomé conciencia de lo sucedido cuando le escuché decir:

¡Qué bueno está este bombón!

Si después de eso no hubiera hundido aquél puñal en su estómago, hoy no estaría aquí. Pero no me arrepiento de lo que hice. Ese bastardo mutiló mi vida de obsesión y, vivir sin ella, fue condenarme al mayor de los infiernos, en vida. De por vida.
29/04/2004 23:28 #. Tema: Voz No hay comentarios. Comentar.

Corazón de espuma

A menos de medio metro el uno del otro. Pensando en nada, porque todos mis sentidos viajan sobre las ruedas de tu coche blanco, hechos carne. Y ojos, y manos. Hechos cuerpo, en ti.

El roce de tu codo en mi codo –¿fusión de espacios vitales?–

Las nubes, no se ven.

Busco el camino de un suspiro y ni siquiera el aliento fluye. El fin del trayecto se acerca y la esperanza de que hoy, sea siempre, me sobrepasa en línea continua.

Odio este sentimiento inacabado y torpe.

–Se te ha caído una pestaña. Ahora tendrás que pedir un deseo. Y soplar.

Piensa en mí. Piensa en mí. Piensa en mí Piensa en mí. Piensa en mí. Piensa en mí.

Un beso, sólo uno. Rozar tus mejillas, moler mi lengua, surcar tus dientes. Ni un segundo más de lo necesario. Para una vez y jamás. Una lengua, la punta de tu lengua, un roce de gestos, un ojo que mira un ojo. Otro ojo. Ni siquiera una voz, ni una promesa, ni un remordimiento. Sólo un beso, más un beso.


Suena un teléfono. El semáforo está en rojo y, el polaco, se acerca a limpiar el parabrisas con una esponja. Dibuja en una esquina un corazón de espuma.

Bajas la ventanilla y le das una moneda –¿cara o cruz?–

Es espuma, me digo. No es más que un corazón, de espuma.
25/04/2004 22:03 #. Tema: Voz Hay 1 comentario.

Ella

Recuerdo nuestro primer encuentro.

Cada tarde, cuando la siesta se desperezaba, iba a sentarme al parque que hay delante de los Franciscanos. Entre sus sombras, mientras sostenía un libro de Julio Llamazares en mis manos y en mi gesto se adivinaba la avidez de un clímax perpetuado en sus renglones, la vi por primera vez.

Descarada, barroca en su figura, observando de frente mi tedio con el desafío de todo lo que es bello a secas.

Conmocionado la vi deslizarse ante mis ojos, majestuosa su traza, no podía dejar de mirarla. Sentí como se incrustaba en mi piel, como rozaba mis labios, como se trasformaba en aire volviéndose siseo para mí. Mi voz se fue fundiendo en ella.

La repetí en voz baja una y otra vez. Me dejé cautivar por su musicalidad, violé sus sílabas, las despedacé con dulzura y, allí mismo, la desnudé y me guardé en un pliegue del alma.

Se dejaba tocar. Juguetona se colaba entre mis dientes, se pronunciaba, me envolvía la lengua con sus redondeces hasta que conseguía que la nombrara una y otra vez, sin sentido, como un poseso quebrando el silencio del parque.

Fue entonces cuando supe que no sería capaz de vivir sin ella.

La buscaba a todas horas, libros, revistas, diccionarios, enciclopedias, en la lista de la compra. La invocaba en todos mis escritos y, cada vez que el azar la cruzaba ante mis ojos, mis agallas se removían feroces. Sudaban mis manos, se erizaban mis pestañas, los nudillos de mi corazón se adueñaban de su imagen, la convertían en poesía. El simple hecho de pronunciarla, la trasformaba en Arte.

Cuando el destino, en un descuido, me la retornaba en otros labios, sufría. Tan voluptuosa, carente de la sensibilidad con la que yo la pronunciaba, rota por los extremos y mutilada por voces que no eran la mía.
Me desesperaba cada vez que la sentía lejana. La empecé a escribir en pequeños trozos de papel que guardaba en mi bolsillo para llevarla siempre conmigo. Más tarde utilicé folios, pancartas, sábanas, las paredes de mi cuarto, me la tatué.

Se derramaba en mí.

La convertí en verbo y la conjugué, la adjetivicé, la articulicé, la conjuncioné. Dejé de utilizar el resto de palabras. Todo mi vocabulario se convirtió en ella derivada.

Crucé la frontera de la cordura.

Y, poco a poco, me fui convirtiendo en sílaba, me fui haciendo a su semejanza.

Ahora soy una palabra, sin rostro ni conciencia ni matiz.

No puedo explicar cómo sucedió, cada vez me cuesta más razonar porque implica dejar de ser ella unos instantes pero, antes de que esta metamorfosis sea irreversible, quiero dejar testimonio de esta locura de amor, de este sentir desesperado.

Al fin soy en ella. La palabra más bella del mundo.

Y soy feliz.
22/04/2004 21:26 #. Tema: Voz Hay 3 comentarios.


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